13 abril, 2011

SOBRE GENÉTICA, NEUROCOGNICIÓN, PENSAMIENTO MÁGICO Y RELIGIÓN (PARTE 1)

Por: Antonio Chávez
Resumen

A través de tres ensayos se argumenta que el pensamiento mágico tiene una base neurobiológica, y no es, no al menos importantemente, determinado por la cultura. Debido a que está íntimamente ligado a la religión, se analiza esta relación y se le aísla cognitivamente para identificar aspectos neurales, fisiológicos y evolutivos con mayor o menor probabilidad asociados a él. El estudio evolucionista de la religión tiene dos líneas teóricas: es un subproducto o es una adaptación. Para lo segundo deben identificarse mecanismos neuro-evolutivos específicos que estén bajo control genético, sin embargo, se mostrará que no es el caso (en la segunda y tercera parte). En cambio, uno de tales mecanismos tras la religión, el pensamiento mágico, sí cumple con esas demandas. Esta primera parte analiza diversos aspectos neurocognitivos y su base genética vinculados a la religión y el pensamiento mágico.

Introducción

Lo que se denomina ‘religión’ es en realidad un término paraguas que cubre «una colección entera de comportamientos y representaciones mentales que son encontradas en muchos grupos humanos diferentes» (Boyer & Bergstrom 2008), incluyendo, sobresalientemente, las creencias en dioses y espíritus y los rituales asociados.1 Como tal, la religión abarca un número amplio y disperso de capacidades, funciones y estados neuropsicológicos: agencia, Teoría de la Mente, reconocimiento facial, empatía, (ver p.ej. Boyer 2003 p. 122 Table 2: A framework for a cognitive neuroscience of religion). En esta primera parte se explorarán y discutirán algunos aspectos neuro-genéticos relevantes a estas capacidades y funciones, que se consideran críticas porque son las que posibilitan la ideación y la percepción de agencias, y escenarios imaginarios y sobrenaturales. Empero, otros aspectos, que podrían verse orbitando alrededor de los anteriores, se aglutinan en la religión: ritual, prosocialidad, compromiso costoso, muestra de credibilidad, personalidad, expectativa social e historia de vida.

Entre tanto, para efectos de aclarar algunos principios argumentales en este ensayo:
  1. Se asume que cualquier entidad sobrenatural de significado y definición religiosa es un agente sobrenatural personificado con el que interactúan de modo específico las personas individual o colectivamente (plegarias, sacrificios, ritos, dirigidos a ellos esperando algo a cambio: Dios -Yahvé, Alá-, dioses~deidades, ángeles, ancestros, espíritus, etc.), y este agente está más o menos involucrado en la observación de la conducta de sus seguidores y/o el control del mundo que les rodea.
  2. Estas son representaciones agentivas cuya descripción, definición y personalidad están construidas culturalmente, y son culturalmente transmitidas, adquiridas y asimiladas al esquema cognitivo del individuo. Se rechaza pues el concepto «gen de Dios» (Hamer 2004; cf. Zimmer 2004). (Sin embargo en la segunda parte se analizará la supuesta herencia genética de la religiosidad, y en la tercera parte la supuesta causación de la prosocialidad por la religión.)
  3. Cuando se sugiere que «la religión es natural» (Bloom 2007; en contraste p.ej. con el ateísmo), se hace referencia a que existen predisposiciones cognitivas que ayudan de modo más o menos directo a una, a veces extremadamente, fácil adquisición de los conceptos culturales religiosos (ver también Banerjee & Bloom 2013). No se hace referencia al concepto de que la religión es innata, ni a que exista algún aspecto genético-neural enfocado exclusivamente a ella. Aunque parezca confuso el tratamiento innatista y evolutivo que se le da a la agencia en la religión, debe estar claro que un asunto es la atribución de intención o de diseño y otra la creencia en dioses. 
Esquematización gráfica de la propuesta. Durante la percepción, en milésimas de segundo, los conceptos de origen antiguo evolutivo y socialmente relevantes intercambian contenidos para completar la información entrante ambigua o abrumadora. Por ejemplo, varias circunstancias problemáticas presentándose a la vez sin tener causas evidentes, son codificadas en una primera fase computacional cruzando la causalidad intencional y la construcción de posibles escenarios contextuales. El proceso incluye la activación de emociones. Se considera que esto es lo que simplemente se llama pensamiento mágico, de carácter intrínsecamente sobrenatural. En una segunda fase, sin embargo, esta información autogenerada interactúa con la memoria y el aprendizaje cultural, se construye narrativa para formar un juicio (una creencia) y se activan procesos inhibitorios y analíticos, que sin embargo pueden relajarse bajo la influencia de la dopamina. De esto depende que el individuo tome una decisión afirmativa o negativa respecto a una creencia mágica, como explicación ya consciente y verbalizable. 
(Hacer click en la imagen para ampliarla.)
En sentido global la cognición está bajo influencia genética (cf. Plomin & Spinath 2002, 2004; Koten et al. 2009; Bearden & Glahn 2017). Los rasgos de la personalidad también (Penke et al. 2007). La neuro-arquitectura que soporta la cognición, igualmente (Chiang et al. 2009). De modo más específico, una capacidad tan vital para el hombre como la Teoría de la Mente (ToM), de importancia en la religión (p.ej. Boyer 2003 p. 120; Pyysiäinen 2009 pp. 12-13, ver aquí o aquí), de hecho se puede considerar una especialización filogenética (p.ej. Allman et al. 2002). En pocas palabras, la atribución o detección de agencia (uno de los núcleos de la ToM —que con la agencia son conceptos intercambiables: Griffin & Baron-Cohen en Dennett 2002 p. 3) sería un mecanismo reflejo de tipo generalista (es subyacente tanto a la religión como a la ciencia, al arte o a la vida cotidiana) bajo importante control neuro-genético, mientras que las creencias y los rituales religiosos (p.ej. la Trinidad, la reencarnación cíclica o las almas) dependen del aprendizaje cultural. El aparentemente simple hecho de creer en la Trinidad o participar en el ramadán, está constituido por muchos aspectos neurales en diversos niveles jerárquicos de funcionalidad y así variadas modalidades de interacción entre ellos como con el medio sociocultural en determinado momento y circunstancia. Evidentemente, no es concebible que exista «una región», «una función», y en consecuencia «un gen», ni aún muchos, que puedan abarcar todo eso como una idea o una conducta unitaria simultáneamente para cada credo.

Sobre el cerebro y la influencia genética: relaciones confusas con la religión

Fig. 1. Imagen extraída de Thompson et al. 2002 p. 520, sobre el mapeo de las infuencias genéticas en el cerebro. «Nótese el significante control genético en una franja anatómica abarcando las cortezas parietal, sensoriomotora y frontal
Estando en pleno crecimiento la genética y la identificación del papel preciso del genoma en la formación del cerebro, y en consecuencia en la conducta y las capacidades cognitivas, la más fuerte evidencia previa a esta identificación proviene del estudio de gemelos (hermanos formados de un solo cigoto - MZ en la Fig. 1, siendo por tanto extrema la identidad genética, en contraste con los mellizos, que provienen de cigotos diferentes - DZ). P.ej., la elevada similitud que tiene el grosor del córtex (materia gris) o del conectoma (materia blanca) entre dos gemelos, se entiende como un formidable indicador, quizás el único que nos provee la naturaleza de un modo fácilmente accesible, de mayor determinación genética de aquellos. Entre tanto, desde el Proyecto Genoma Humano (1990-2003) se ha progresado hasta haber identificado toda una región de nuestro genoma que es significativamente diferente al resto de vertebrados, el HARs (Human Accelerated Regions). Varias de estas regiones muestran altos índices de mutación y se asocian al desarrollo cortical, como la HAR1 (Pollard et al. 2006). Entre tanto, los estudios recientes han podido ya identificar patrones cerebrales exclusivamente humanos, p.ej. el córtex perisilviano y el prefrontal, cuyos desarrollos se vinculan a cierta expresión genética que también va siendo perfilada (Clowry et al. 2010 p. 279).

De los no muchos estudios pertinentes, se ha mostrado que el volumen del hipocampo está menos asociado a regulación genética (Sullivan et al. 2001). Esto sugiere que el entorno puede influir fuertemente en su estructura anatómica, consistentemente con sus capacidades neuroplásticas y su papel central en la consolidación de la memoria y el aprendizaje (Toga & Thompson 2005 p. 10). Esto a su vez es consistente con el papel de esta región temporomedial del cerebro en aspectos como el mental time travel (MTT), puesto que es necesario que sea funcionalmente susceptible de modulación de acuerdo a los cambiantes estímulos externos que deben ser metarrepresentados espaciotemporalmente. P.ej. la maduración del MTT hacia una consciencia del tiempo dividido en períodos fijos implica la asimilación de conceptos culturales como el calendario (cf. Berntsen & Jacobsen 2008; Suddendorf 1994). Análogamente, este rasgo hipocampal tiene una especial importancia en el desarrollo de las creencias religiosas, en tanto que se conecta recíprocamente con el córtex prefrontal dorsolateral, cuya área frontopolar (área 10 de Brodmann) sustenta los mayores grados de abstracción cognitiva (Badre et al. 2009).2 Así pues, «la arquitectura psicológica responsable de la cognición religiosa es mejor vista como un mental time travel autoilusorio» (Bulbulia 2009 aquí o aquí), en tanto que existe una extrema facilidad confabulatoria para racionalizar y auto justificar simples inferencias, posibilidades meramente imaginarias, o por falta de acceso a procesos de hecho inconscientes y emocionales que soportan las elaboraciones lógico-narrativas en la autoconvicción o creencias «lógicas». En efecto, una confluencia de aspectos mnémicos, emocionales y de automonitoreo soportados por el córtex temporomedial, inferoparietal y prefrontal (también el correlato neural del MTT), con predominancia prefrontal izquierda en casos extremos (delirios), es el «intérprete» del cerebro, «un mecanismo para hacer interpretaciones y formar hipótesis» (Miller & Valsangkar-Smyth 2005; ver «EL HEMISFERIO IZQUIERDO: PATRONES, HIPÓTESIS E IDEAS DELIRANTES»).

La región temporomedial juega un papel importante en la consciencia espacial en conjunción con el córtex parietal medial/posterior (mientras la primera provee un sentido alocéntrico del espacio, el segundo provee uno egocéntrico), aportando la elaboración de un auténtico «mapa» donde se «ubican» representaciones de objetos, conceptos y recuerdos, probablemente en función de cómo sus «células de lugar» representan el espacio físico (Bird & Burgess 2008). Adicionalmente, el hipocampo está fuertemente conectado al córtex cingulado, formando ambos parte de un circuito que incluye los cuerpos mamilares y el tálamo, denominado Circuito Papez. Éste fue originalmente bautizado como el «cerebro visceral» en 1911 (Besada 2010 p. 135) y forma parte del llamado «Sistema Límbico», habiéndose extendido posteriormente para incluir la amígdala y el córtex prefrontal. Es aquí de interés que, estudiando la genética neurofisiológica de la depresión (el SLC6A4, gen transportador de serotonina), se ha encontrado que el acoplamiento amígdalo-prefrontomedial depende de la variación de este gen (Heinz et al. 2004). Ciertamente, se trata de un sistema no solo de representación visceral, sino de la emoción. Como analizado previamente respecto al córtex cingulado anterior (CCA), todo este sistema juega un papel importante en la religión, precisamente como soporte emocional (que es el aspecto que enfatiza p.ej. Ramachandran).

Nótese entonces cómo una representación agentiva (p.ej. Dios) puede en efecto poseer una dimensión más o menos emocional, una gradación de imputación emocional, y cómo esto mismo depende de qué tan abundantes sean las conexiones (o la abundancia de neuromoduladores) dentro del Circuito Papez. Aunque de hecho juegan un papel importante la lectura de símbolos religiosos de fuerte significado socioemocional (de lo que hay evidencia sugerente de tener un rol en la religión: Alcorta & Sosis 2005) o la indoctrinación (es decir el ambiente, que juega un evidente papel en tanto ya se comentó la neuroplasticidad hipocámpica y su menor regulación genética), la predisposición a imbuir de mayor o menor profundidad emocional un proceso cognitivo, adquiere una importancia primaria. Una ilustración de esto es que un aspecto específico como la meditación religiosa está soportada por una compleja interacción, neuroquímicamente controlada, entre el hipocampo y el córtex (cf. Newberg & Iversen 2003 p. 286): lo más probable es que tal control sea un rasgo fenotípico (neurofisiológico) variable entre individuos, y adquisiciones culturales como una específica técnica en meditación (que por cierto bien puede tener significado religioso como no tenerlo) simplemente la modulen.

El cuerpo calloso en su región anterior, denominada genu y que interconecta los lóbulos frontales izquierdo/derecho, es más susceptible a las influencias ambientales que p.ej. su región posterior (que interconecta los lóbulos parietales), «quizás reflejando la prolongada maduración del córtex frontal bien entrada la adultez» (Toga & Thompson 2005 p. 11, respecto a estudios de Pfefferbaum et al. 2001; Sowell et al. 1999; Gogtay et al. 2004). Este es un dato que resulta interesante respecto al natural desbalance prefrontal hacia la derecha en cuanto al sistema dopaminérgico y el pensamiento mágico (ver aquí) y hacia la izquierda en cuanto a interpretaciones narrativas como se comentó arriba. Nuevamente, resulta plausible pensar que la interrelación entre tales aspectos neurocognitivos puede ser fácilmente modulada socioculturalmente, p.ej. para así canalizar la funcionalidad prefrontal respecto a la evaluación de creencias hacia un esquema religioso dado.

Precisamente, antes en «EL VIAJE MENTAL EN EL TIEMPO (‘MENTAL TIME TRAVEL’) Y LA COGNICIÓN RELIGIOSA», se refirieron estudios mostrando que el grado de influencia genética varía en diversas regiones del cerebro. Resulta de fundamental interés que haya mayor tal influencia en lo que respecta al sistema espacial y motor (fronto-parietal), visual (occípito-temporal) y límbico (Schmitt et al. 2008 pp. 1742-1744). También, como de esperarse, Toga & Thompson (2005) mostraron que las clásicas áreas del lenguaje (Broca: habla, Wernicke: comprensión) tienen similares características neuro-genéticas, mientras que, por otro lado las regiones sensoriomotora y occípito-parietal, pero no frontal, aparecieron adicionalmente más influenciadas genéticamente en mellizos que en gemelos (ibid. p. 10); lo que indica que dentro de estas regiones mismas hay grados de asociación genética. Del mismo artículo sobre el MTT hay que recordar necesariamente que el conectoma o materia blanca, esto es el conjunto de fibras neurales que viajan de una región a otra y de un hemisferio a otro del cerebro, conformando un muy denso y complicado sustrato de auténticos cables orgánicos, muestra un patrón de incremento de la influencia genética de un menor grado en la parte anterior o frontal del cerebro, hacia un mayor grado en la posterior, justamente en el córtex parietal y visual (occipital) (Chiang et al. 2009), mientras que la interconexión entre el córtex parietal izquierdo y derecho también está bajo mayor influencia genética que el córtex frontal de ambos hemisferios (ver también la Fig. 3 del artículo mencionado).

Al respecto, se pude notar fácilmente que la selección natural ha resultado en un sistema ‘discriminación visual → acción motora’ rápido y efectivamente adaptativo a costa de interesantes errores como la ilusión óptica o los exagerados sesgos agentivos/causales bajo ciertas circunstancias, como ante la sensación de pérdida de control. Efectivamente, p.ej. respecto al grosor cortical se ha encontrado que el córtex visual primario (V1) tiene fuertes correlaciones genéticas con las regiones sensoriales posteriores y las áreas motoras; mientras la región temporal anterior correlaciona con la frontal anterior pero no con V1; y la frontal media con la parietal inferior (Rimol et al. 2010). En la segunda parte de este artículo se argumentará esta perspectiva de fundamentación biológica mediante el análisis de una demostrada «motivación implícita de control», que es lo que, en última instancia, nos predispone inadvertida, cotidiana y espontáneamente hacia el pensamiento mágico (Pronin et al. 2006), independientemente del marco sociocultural, geográfico, de edad, o de la educación científica (cf. Shweder 1977; Diaconis 1986; Harris 1997; Rosengren & Johnson 2000; Elkan 2001; Schultheiss & Brunstein 2010Passanisi et al. 2017Kiken 2019).

Se ha notado previamente (aquí y aquí) que el cerebro humano (con claros indicios filogenéticos observados en primates) muestra especializaciones lateralizadas para la conciencia espacial (hemisferio derecho) y el lenguaje (izquierdo), que responden a específicos tractos conectivos perisilvianos. En conjunto esto lo vengo sugiriendo como base neurocognitiva-evolutiva de la agentividad sobrenaturalista en tanto que consiste en un traslapado entre cognición espacial y social: atribución de significado social y emocional al espacio exterior (‘mente inmaterial’). Pues bien, este sistema perisilviano resulta correlacionar con la red por defecto (infra la Fig. 2 nos ilustra la correspondencia). En efecto, se trata de un asunto muy sugerente puesto en relieve también en ese artículo y en otro más reciente, la importancia que tiene para la agencia y el MTT la red por defecto: un circuito temporoparietal-frontomedial que tiene notoria actividad cuando no realizamos ninguna tarea mental o aún mientras estamos en reposo. Esto, sumado al amplio traslapado entre agencia/MTT/red por defecto sugiere que la agentividad es un proceso fundamentalmente automático (involuntario: Dennett 2011), espontáneo y constante.

Ciertamente, va a ser inevitable agentivizar mucho del mundo que nos rodea, cuando no enteramente y con alcances trans-espaciotemporales (debido a ese traslapado), tal como pasa en muchas cosmovisiones religiosas. Una función neurocognitiva de tal naturaleza compulsiva debería estar bajo regulación genética: en efecto, la red por defecto muestra una doblemente compleja influencia genética, tanto para la conectividad entre las subregiones que la componen, como para la variación neuroanatómica de las subregiones mismas (Glahn et al. 2010). Con un considerable muestreo de 333 individuos pertenecientes a árboles genealógicos vinculados (lo que otorga mayor precisión a la identificación del grado de herencia de los rasgos cognitivos), los autores concluyen que «factores genéticos, más que ambientales, influencian la conectividad a través de la red» (ibid. p. 1226). Este estudio abre las puertas al trabajo de identificar los precisos genes causales aquí, como p.ej. sobre el eje tálamo-cortical (Lokmane & Garel 2011). Luego de algunos comentarios retomaré este punto.

Fig. 2. Compárese (A) la red perisilviana del hemisferio derecho (adaptado de Gharabaghi et al. 2006) con (B) las regiones genéticamente heredables de la red por defecto (adaptado de Glahn et al. 2010; amarillo: cingulado posterior/precuneus, rosa: temporal/parietal, azul: prefrontal medial, verde: parahipocampo, rojo: cerebelo), y a su vez con los sustratos neurales de (C) la prospección y (D) la ToM (adaptado de Buckner & Carroll 2007).

Fig. 3. Nótese además en Gharabaghi et al. 2009 p. 3-4/Fig. 2, cómo la red persilviana muestra variaciones individuales (p.ej. Catani et al. 2007). Esto podría dar cuenta de las diferencias entre individuos respecto a la fuerza de su espectro agentivo-sobrenaturalista.
Todo esto, directa e indirectamente conforma nuestra capacidad de agencia. Adaptativamente, esto debe depender mucho de un mecanismo rígido con rutas y funciones preestablecidas previamente ya seleccionadas; p.ej. la «fórmula» seleccionada sería de acuerdo con Shermer así: «si usted cree que el susurro en la hierba es un depredador peligroso cuando es sólo el viento (...), tiene más probabilidades de sobrevivir que si usted cree que el susurro en la hierba es sólo el viento cuando se trata de un depredador peligroso (...).» ‘Sospechar y huir’ es un mecanismo sensoriomotor de patrones fijos de funcionamiento neurobiológico, codificables genéticamente. Esto no es un hecho demostrado, pero es del todo probable y me parece que necesariamente posible, del mismo modo en que los jugos gástricos se liberan al ingresar el bolo alimenticio al estomago o más dramáticamente palpable: como cuando ante un repentino ruido fuerte se pone en marcha todo un mecanismo de alarma. El que tal ‘sospecha’ se extienda a la atribución (‘sospecha’) de agencia sobre las tormentas eléctricas dado un cerebro social bastante complejo como el nuestro, es precisamente un asunto de exaptación (similarmente, Boyer & Lienard 2006).

Si enfocamos a esas regiones del cerebro social como estando bajo mayor control del genoma puesto que son el asiento de las capacidades locomotrices y comunicativas del hombre, se hace más fácil aún ver lo estratégicamente adaptativo de ello —todo lo que tiene que ver pues con eventos evolutivos cruciales como la bipedestación y el origen del habla. Pero más importante aquí es que, y me parece que subestimado a diferencia del valor dado al caminar erguido y al habla mismo, el circuito fronto-parietal no solo es la base de la cognición espacial, sino que dado que este proceso también se vincula a los procesos de categorización visual del córtex temporal, todo esto determina que veamos el «espacio externo como agente intencional». Hay muy buenas razones para pensar que venimos con un «numenware», un cableado neural que sostiene lo que sería un reflejo de atribución y detección de patrones, causalidad, intención y continencia de mensajes socioemocionales en el espacio que nos rodea. Esto es algo más que un efecto inevitable, un subproducto o una exaptación del carácter hipertrófico de la conducta social humana: parece que tenemos programada neuro-genéticamente esta espacio-agentividad, pero el significado evolutivo-adaptativo de ello aún es discutido. Esto debería implementarse en la teoría exaptacionista de la religión (que ésta es un subproducto evolutivo), en lugar de interpretarse como una teoría adaptacionista de la religión.

Ya que las referencias que usamos en nuestros artículos son en su 99% en inglés, ayudará saber que F. Rubia (catedrático de la Universidad Complutense y quizás el más importante divulgador neurocientífico en nuestro idioma) sugiere que «la espiritualidad parece ser algo inherente al ser humano desde que se pueden provocar experiencias espirituales o místicas estimulando determinadas regiones cerebrales.» Ciertamente, esto es algo bastante consistente con el estudio de Urgesi et al. (2010), quienes lograron aislar el córtex parietal posterior/inferior como el sustrato de la autotranscendencia o espiritualidad.3 Sugiero el concepto de «modularidad» en esto, apoyándome además en la alta similitud del grado de espiritualidad en gemelos y el probable factor neuroquímico (serotonina) asociado, como los autores notan. En otras palabras, la espiritualidad es pues inherente al ser humano y aquí es entendida como parte de la agentividad (el espacio como agente): tendría una base genética en tanto que sabemos de un fuerte grado de influencia genética en el córtex parietal. Siguiendo a Rubia y como se sostiene en nuestros artículos, el asunto de conceptualizar las experiencias espirituales atañe en cambio a aspectos de aprendizaje sociocultural, y se trata por tanto de un asunto de adquisición no biológica: «si es cierto que no existe religión sin espiritualidad, sí existe, por lo contrario, espiritualidad sin religión».

Tengo que hacer un paréntesis respecto a eso de «modularidad». Tomando como ejemplo a Chavez et al. 2010: «los estudios empíricos también han dado cabida a la hipótesis de que las funciones cerebrales dependen de la coordinación de un mosaico de regiones dispersas del cerebro funcionalmente especializadas (módulos), formando una estructura similar a una red de ensambles neuronales [...] Un módulo se define usualmente como un subconjunto de unidades dentro de una red, de manera que las conexiones entre ellos son más densas que las conexiones con el resto de la red.» Entre tanto, dada una clasificación de la conectividad neural en «estructural» (conexiones físicas como sinapsis y el cableado que conforma la materia blanca), «funcional» (patrones de interacción dinámica) y «efectiva» (efectos causales entre elementos neurales), «mientras que la conectividad estructural (al menos en escalas de tiempo de segundos a minutos) se mantiene bastante estable, la conectividad funcional y efectiva pueden someterse a una rápida reconfiguración del orden de cientos de milisegundos en el curso de la actividad espontánea o evocada mediante tareas» (Sporns 2010 p. 9). Esto puede darnos una idea de cómo el sistema de agencia, claramente modular, puede funcionar mecánicamente disparando outputs de categorización perceptual a nivel de conexión puramente estructural (p.ej. con cierta información sensorial del entorno construir/disparar una atribución de mentalidad), y sin embargo este mismo mecanismo no verse paralizado por la construcción de outputs mucho más elaborados o dependientes del aprendizaje, ya de naturaleza conectiva funcional o efectiva dado que implican la interacción entre varios módulos (p.ej. agencia + memoria + emoción + narrativa en el caso de asimilar una nueva creencia).

Con esto pretendo ilustrar, por un lado, que hay una influencia genética sobre la estructura física de la conectividad (de hecho es algo demostrado), pero que puede decrecer según el tipo, nivel de complejidad o la organización jerárquica de la conectividad (funcional y efectiva) y depender más fuertemente de la influencia del medio. Por otro lado, todo esto explica muy bien cómo es que un mismo cerebro podría internamente sostener esquemas de creencias dispares y cómo es que la investigación psicológica ha logrado identificar pensamiento mágico o conductas supersticiosas (‘espectro agentivo-sobrenaturalista’) en individuos calificados como escépticos y de abierto rechazo a lo sobrenatural. La hipótesis subyacente es pues que, primero, la agentividad tiene un carácter conceptualmente sobrenaturalista, y segundo, que es un mecanismo puramente reflejo soportado por conectividad estructural regulada genéticamente. Valga la contradicción semántica, la sobrenaturalidad de la agencia es natural.4
El circuito o eje fronto-parietal (FT) (aunque no excluyentemente sino también involucrando al córtex temporal y occipital) puede verse desde diversos enfoques jugando un papel importante en la hominización, sobretodo en la línea evolutiva directamente sapiens, es decir, en tiempos bastante recientes geológicamente. Aquí, las presiones de la selección natural se deducen en parte (1) por los datos de neuro-genética asociados a la estructura del conectoma (materia blanca) ya vistos, luego, (2) porque el córtex parietal de modo general sufrió una expansión volumétrica general más fuerte que el córtex frontal (de hecho mientras la diferencia es en cuanto a ‘cantidad’, en cambio ciertas regiones frontales, p.ej. cíngulo anterior y frontopolar o área 10 de Brodmann —BA10—, son notorias en cuanto a ‘calidad’ —complejidad celular, ver aquí y aquí), y (3) porque se sugiere que este eje, precisamente asociado a nuestra reciente evolución, sea el sustrato biológico de la inteligencia humana (definida como la «habilidad de entender complejas ideas, adaptarse efectivamente al entorno, aprender de nuevas experiencias, emplear diversas formas de razonamiento, superar obstáculos mediante la reflexión»: Jung & Haier 2007 aquí o aquí; ver gráfico de la derecha que ilustra el eje fronto-parietal FT).

Dando por sentado que no necesariamente el tamaño sino sobretodo la efectividad del cerebro humano es lo que determina nuestras altas capacidades cognitivas (p.ej. lenguaje) e inteligencia, es así fundamental la estructura del conectoma respecto al FT, por un lado, en tanto sabemos que, si precisamente las ballenas tienen cerebros más grandes (o que los elefantes tienen un córtex más grueso) que el nuestro, en cambio el cerebro humano gana en cuanto a cantidad total de neuronas y el modo más eficiente en que se envía la información entre éstas (ibid. pp. 136-137). Dos factores neuro-evolutivos aparecen pues como necesarios determinantes al respecto: la globularización parietal/temporal y la configuración del conectoma. Y al menos dos genes, microcefalin y ASPM, se han identificado como candidatos de la regulación de ello debido a que, una mutación del primero causa reducción del tamaño del cerebro (comparable al de los primeros homínidos) y retardo mental, mientras que el segundo también se asocia a la microcefalia, aparentemente asociado a la proliferación/diferenciación neural (ibid. p. 136). Es por tanto probable que estos genes, aunque seguramente no sean los únicos, regulen el conectoma y así las capacidades funcionales del FT. Adicionalmente, hay evidencia de presión selectiva sobre estos genes en tiempos tan recientes como entre 37,000 y 5,800 años, así «existe tentativo apoyo vinculando discretos genes candidatos, el tamaño cerebral, y el desarrollo cronológico de las habilidades cognitivas asociadas con los logros humanos relativamente modernos sobre el curso de la historia evolutiva» (ibid. p. 136).

Este modelo de la biología de la inteligencia humana de Jung & Haier (2007), es altamente consistente con el modelo propuesto en el artículo «EL VIAJE MENTAL EN EL TIEMPO…» (y antes en «NEUROCIENCIA DE LA RELIGIÓN» «VI» y «VII») como el sustrato neural de la cognición agentivo-mágico-religiosa, en buena parte conformado por el MTT, que se fundamenta directamente en un ‘sistema temporo-parieto-frontal’ (de acuerdo al sentido direccional del procesamiento de la información) del hemisferio derecho del cerebro como contrapuesto y paralelo al sistema izquierdo enfocado en el lenguaje (Gharabaghi et al. 2009; Karnath 2009). Como muestran Jung & Haier (2007), la inteligencia humana está, precisamente, lateralizada hacia el hemisferio izquierdo. Ahora bien, dado que se discute si el MTT es una facultad exclusivamente humana o no, como fuere, por un lado se ha sugerido como causal neurocognitivo de la religión (Suddendorf & Corballis 1997 resumenPDF; Bulbulia 2009 aquí o aquí), mientras que por otro, podría también vérsele como indisociable del desarrollo de la inteligencia humana, tal y como se piensa así del lenguaje (Suddendorf & Corballis 1997; Suddendorf, Addis & Corballis 2009; Corballis 2019). De hecho, en el modelo de Jung & Haier (2007) lenguaje e inteligencia están directamente asociados. Así, y de acuerdo al concepto vertido arriba, no parece que pudiera definirse la inteligencia humana sin considerarse vinculada al MTT. No podría, estimo, no ser vista la relación íntima entre la capacidad visuoespacial (básicamente del lóbulo parietal), el lenguaje (lóbulos temporal, parietal y frontal) y el MTT como «el zumo» que llamamos ‘inteligencia humana’, sin a su vez contemplar la fundamental importancia del modo en que se conectan estos lóbulos cerebrales para el efecto y la influencia del genoma en esto.

Conclusión
  1. Se propone el FT (eje fronto-parietal) como sustrato del «espacio externo como agente intencional»;
  2. se ha mostrado que la región temporoparietal soporta de manera específica (¿modular?) la espiritualidad o autotrascendencia (Urgesi et al. 2010);
  3. vemos que la arquitectura y funcionalidad neural involucrada (tanto la estructura y regionalización del córtex como la materia blanca que lo interconecta) están regulados genéticamente; 
  4. por lo tanto se sugiere que estos «canales» cognitivos (‘espectro agentivo-sobrenaturalista’ o ‘agentividad mágica’) que propician y/o facilitan el aprendizaje de la religión, están de modo notable determinados neuro-genéticamente;
  5. empero, la religión no es un asunto biológico. 
En tanto que tales canales o ya el espectro agentivo entero está ciertamente caracterizado como ‘pensamiento mágico’, y que se vincula a un motivo implícito (necesidad de control), en la segunda parte se propondrá la base biológica de ello, y su relación con la respuesta de estrés. Finalmente, en una tercera parte se explorará un sustrato neurobiológico para la prosocialidad, y así llegar a un tentativo marco explicativo global. Los puntos débiles aquí son: por un lado, ciertos vínculos que se establecerán tienen pobre evidencia empírica causal directa; y por otro lado, puede resultar confusa o forzada la equivalencia entre términos ajenos a la biología (agentividad, mentalización, viaje mental en el tiempo, pensamiento mágico, sobrenatural, y aún otros que ciertos autores acuñan a su criterio), que sin embargo refieren prácticamente a un mismo principio cognitivo. Por esto se considera que el argumento es plausible: el pensamiento mágico, y no la religión, tiene raíces biológicas adaptativas.


NOTAS:

1. Recientemente, Boyer discute sobre el término ‘religión’, que, en tanto refiere a un fenómeno cultural reciente y aún visto en términos de religión occidental (p.ej. las diversas religiones definidas de modo cristianocéntrico), además de entendida como idea/conducta adaptativa por un sector académico (una supuesta base genética para un sistema entero de diversos aspectos desde neurobiológicos hasta puramente culturales pero que servirían exclusivamente a la religión), es un término vacío científicamente. Ver en Aletheia.

2. La memoria y el mapeo espacial hipocampal conforman un circuito junto con la región frontopolar, mediante el que convergen en la toma de decisiones. Y como ya sabemos, el área frontopolar está vinculada directamente a la evaluación de creencias religiosas (ver «CORRELATOS NEURALES DE LAS CREENCIAS RELIGIOSAS Y NO RELIGIOSAS»). Este circuito temporomedial-frontodorsolateral, evidentemente, confiere al sistema de agencia una enorme capacidad de extender la atribución de intencionalidad a través de ideaciones altamente abstractas, p.ej. entidades que trascienden el tiempo y el espacio, pudiendo así haber jugado un papel decisivo en la aparición de las creencias religiosas (Suddendorf & Corballis 1997 resumenPDF).

3. La definición de Urgesi et al. para la autotrascendencia es: «la tendencia duradera de trascender las representaciones sensoriomotoras contingentes e identificar el yo como una parte integral del universo en total» (p. 310).

4. P.ej. Bulbulia 2009 (aquí o aquí) sugiere que lo sobrenatural «es un género natural». (Aún, esto implica que las proposiciones categorizadas como de contenido sobrenatural pueden de hecho ser testeadas científicamente: Fishman 2009).


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16 febrero, 2011

LA CIENCIA COGNITIVA DE LA RELIGIÓN Y EL DILEMA EPISTEMOLÓGICO DE LA PSICOLOGÍA Y LA PSIQUIATRÍA

Jorge L Tizón1 escribió en 1978 que «Toda ciencia constituye tarde o temprano su propia crítica epistemológica y esto es lo que está comenzando a suceder en el terreno de la psicología y psiquiatría.» Sin embargo, en aquellos años la autocrítica era más bien «cosmética», como lo era la postura anti-psiquiátrica, es decir, estaba realmente dirigida a conceptos que sustentaban las definiciones de «enfermedad mental.» Por ejemplo, la agonizante exclusión de la homosexualidad de los listados de enfermedades mentales, removida por completo del Manual Estadístico Diagnóstico hasta 1987 (fecha de publicación del DSM III-R).  El objeto de estudio de la psicología y psiquiatría no era de momento contendido. Al respecto afirmaba contundentemente Tizón: «Creo que hoy hay que proclamarlo abiertamente: utilicemos la perspectiva y el modelo que utilicemos, el objeto de la psicología (y de todas sus ramas) no es hoy “el alma”, “la mente”, “el psiquismo”, sino la conducta del organismo en tanto que observable.» Para superar el fisicalismo implícito a esta definición la complementó agregando: «La psicología es la ciencia de la conducta (significante), es decir, de la conducta que (automáticamente) está dotada de significación por el mero hecho de existir…» De alguna forma, las críticas de éste autor conservaban el elemento reaccionario para con los modelos biológicos de la conducta, a lo que él llama «imperialismo del modelo médico.»

Y aunque la psicología podía operar relativamente bien con estas definiciones, la psiquiatría –como disciplina médica que es- continuaba reclamando su propio «objeto» (biológico) de estudio. Y evidentemente que no podía ser el cerebro como un todo, dada la diversidad de procesos y funcionalidades que coordina. Si revisamos el listado vigente de «enfermedades mentales» constataremos esta «fractura» neurofisiológica. Algunos desórdenes tienen que ver con la capacidad de aprendizaje, el manejo de información y capacidad cognitiva (ej. Subnormalidad Mental, Trastorno matemático), otros con el impulso sexual, la conducta alimenticia, el procesamiento del lenguaje (ej. tartamudeo), las capacidades sociales, e incluso con la destrucción masiva del cerebro (demencias). Prácticamente el único común denominador que encontramos a lo largo de todos estos criterios consensuados es que se trata de síndromes conductuales descritos en términos de manifestaciones específicas para el ser humano.

La Ciencia Cognitiva de la Religión, materia de este blog, apunta a una posible solución a la confusión epistemológica de psicología y psiquiatría,  en tanto que ha sido una vía alternativa para aislar componentes neurobiológicos que son relevantes al «Cerebro Social.» Es decir, ha puesto de manifiesto que existen un conjunto de funcionalidades innatas sobre los que se desarrolla la singular capacidad ultrasocial del ser humano, la cultura misma. Un buen número de los desórdenes psicopatológicos exhiben de una forma u otra alteraciones de estos submódulos cerebrales: la detección de agencia, la Teoría de la Mente, «Mental Time Travel» (Viaje Mental en el Tiempo) -el desplazamiento alternativo entre la memoria episódica y escenarios futuros hipotéticos- la empatía, la capacidad para establecer vínculos afectivos (bonding), o las «intuiciones morales». En realidad, esta es una propuesta que data cuando menos del 2002, cuando el Group for the Advancement of Psychiatry (GAP) propuso2 lo siguiente:
Tal fundamento [el cerebro social] consideraría a los desórdenes comúnmente tratados por los psiquiatras en términos a la base fisiológica de la cual se desvían, tanto como las enfermedades del corazón son entendidas como desviaciones de la función cardíaca normal. El área fisiológica clave para la psiquiatría es el cerebro social.
[...]
En contraste al modelo biopsicosocial convencional, la formulación del cerebro social enfatiza que todos los factores psicológicos y sociológicos son biológicos. La psiquiatría No-biológica y No-social no puede existir.
Mucho de lo que conocemos como mentalidad es realmente el Cerebro Social en acción. Ciertamente una propuesta de este tipo podaría el dominio material de psicología y psiquiatría, el universo de posibles objetos de estudio a que se refieren,  pero ganarían consistencia interna y un lugar más claro en el conjunto de las ciencias.  El resto de «conductas» exclusivamente humanas irían a sus respectivas áreas en neurociencia, y otras quizás conformarían una verdadera «etología humana» (enfoque conductista).

Notas:

1. Tizón L Jorge, 1978, “Introducción a la Epistemología de la Psicopatología y la Psiquiatría”, editorial Ariel, España.

2. The Social Brain: A Unifyng foundation for Psychiatry. LETTER TO THE EDITOR.


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11 febrero, 2011

LO QUE NOS DISTINGUE DE LOS SIMIOS...


Por: Antonio Chávez

La región frontopolar y los alcances de la Teoría de la Mente

Un estudio reciente que compara 4 regiones del cerebro (visual primaria, frontopolar, somatosensorial primaria y motora primaria) entre las especies homínidas vivientes, enfocando ciertos detalles a nivel celular en estas regiones del córtex, arroja más luz sobre las genuinas diferencias entre los seres humanos y los demás simios. Sobresalientemente, el córtex frontopolar humano resulta tener el más alto índice de organización espacial de las neuronas. Estos resultados perfilan detalladamente el patrón evolutivo del cerebro humano, y en lo que sigue exploraremos el impacto de estas características citoarquitectónicas y su desarrollo ontogénico en la cognición social humana, en tanto que indisociables de ésta, a través de varios aspectos concretos (Agencia, Teoría de la Mente y Mental Time Travel), viendo así cómo éstos permiten extender la cognición humana más allá de la interacción directa entre individuos reales. Así, la sofisticación de la cognición social humana y los aspectos culturales que resultan de la complejidad neural y cognitiva, como la de por sí sobresaliente citoarquitectura, también son prominentemente diferentes respecto a cualquier aspecto cognitivo y conductual que observamos en otros simios.

Lo que se puede apreciar en este cuadro (pinchar para ampliar) es un cladograma de la distancia inter-neuronal en el córtex de los grandes simios (incluyendo obviamente al ser humano). Las barras de los gráficos representan las regiones corticales del polo frontal o frontopolar (Área 10 de Brodmann, o BA10), motora primaria (BA4), somatosensorial primaria (BA3) y visual primaria (BA17). «Esta reconstrucción evolutiva incluye cambios propuestos en el ancestro común compartido con los simios. La mayor parte de la historia evolutiva de los simios y los seres humanos incluye minicolumnas estrechas y un creciente empaquetamiento celular en el córtex visual primario (BA17), seguido de cerca por el polo frontal (BA10) y el córtex somatosensorial primario (BA3), con el córtex motor primario (BA4) teniendo el mayor espacio neuronal. Es sólo después de la separación del último ancestro común con los chimpancés que en el BA10 la separación neuronal se convirtió en la más grande en comparación con las otras áreas del cerebro humano y con los otros simios» (Semendeferi et al. 2010 p. 10 Fig. 7).

«El lóbulo frontal, un sitio común de investigación neuroanatómica comparativa debido a su participación en los procesos cognitivos de orden superior, tales como el lenguaje y la función ejecutiva, es tres veces más grande en tamaño absoluto en humanos que en los grandes simios, pero no es desproporcionadamente más grande en humanos cuando se escala con el tamaño del cerebro (...) Cuando la materia blanca se considera separadamente de la materia gris, el lóbulo frontal humano también sigue siendo indistinguible de los simios en términos de volumen relativo global (...)» (ibid. p. 1). Aún, el índice de circunvolución frontal es 25% mayor en humanos que en simios, y notoriamente, sin embargo, el BA10 humana resultó sí ser desproporcionadamente más grande respecto a las BA10 de otros simios. Más allá de los aspectos volumétricos estudiados en el lóbulo frontal, a nivel celular se descubrieron nuevas diferencias que son significativas. Esto ha sido analizado con mayor profundidad en artículos previos (p.ej. aquí y aquí), y ahora se agregará el interesante dato de que una de esas diferencias a nivel celular consiste en que «en humanos y chimpancés, BA9 y BA32, que están envueltas en la memoria de trabajo y la Teoría de la Mente, respectivamente, poseen un alto número de aferencias dopaminérgicas (...) y mayor densidad de axones transportadores-inmunoreactivos de serotonina» (ibid. p. 1). Esto es de relevancia en el marco de la hipótesis dopaminérgica de la cognición humana de Previc (2006 resumen / completo; 2009: ver en Tercera Cultura una buena reseña de su libro The Dopaminergic Mind In Human Evolution And History).

Pues bien, el BA10 juega un interesante papel en la cognición social (Teoría de la Mente – ToM): su región medial está implicada en la atención hacia los propios sentimientos y pensamientos, la adopción de la perspectiva en primera persona vs. tercera persona, la codificación de la memoria en términos de relevancia personal, y también en la atención a los estados mentales de otros (Raposo et al. 2010). De hecho, ya había evidencia de que el BA10 (córtex medial prefrontal) estructura el sentido del «yo» (Moran et al. 2006). Mientras tanto, su región lateral participa en los procesos de sesgo atencional hacia la información internamente generada, la implementación de metas jerárquicamente estructuradas, y la comparación e integración de relaciones abstractas (Raposo et al. 2010). Así, la inferencia de las intenciones y emociones de otros (es decir un agente externo), sobretodo en una perspectiva en tercera persona, requiere el procesamiento y la integración de múltiples relaciones: se trata pues de un proceso de abstracción en la cognición social, de hecho, la ToM sería un logro de la cognición humana «altamente abstracto» (Saxe 2009 p. 12).

Aunque se ha encontrado evidencia sugerente de una posible ToM en bebes, específicamente, de que a los 7 meses de nacidos «la mera presencia de un agente automáticamente dispara fuertes procesos de computación que pueden ser parte de un “sentido social” crucial para las sociedades humanas» (Kovács et al. 2010), de que a los 18 meses parecen representar las metas e intenciones de los adultos (Meltzoff en Hertzig et al. 1996), o de que los infantes de 2–3 años pueden diferenciar una conducta intencional de una accidental (interesantemente pasaron la misma prueba chimpancés y orangutanes, con los niños humanos «presentando los más robustos resultados»: Call & Tomasello 1998), se acepta que la ToM ciertamente aparece entre 3–4 años en el infante; esto basado en que a partir de esa edad logran pasar la prueba de la falsa creencia (cf. Tirapu-Ustárroz et al. 2007 p. 481), es decir, cuando ellos manifiestan ‘saber’ que otra persona no sabe de un engaño hecho sin el conocimiento de ésta –antes de tal edad, los niños erróneamente intuyen que una persona sabe dónde encontrar un objeto sin equivocarse aún viendo el niño que sin presencia de la persona el objeto fue cambiado de lugar (ver video).


Antes de los 4 años un ser humano es capaz de reconocer perfectamente a las personas como diferentes de los objetos inanimados e interactuar muy bien con ellas. Como sabemos, los infantes antes y después de esa edad además son capaces de interactuar con amigos imaginarios como parte fundamental de su desarrollo (Taylor 2001; Trionfi & Elaine 2009). Sin embargo tienen a su vez esa seria limitación inferencial sobre lo que un agente externo puede o no saber sobre su entorno respecto a otro agente, es decir la metarrepresentación de primer orden de la agencia (cf. Valdez 2001). En cambio, los niños de 6–7 años, quienes son ya capaces de un segundo o tercer orden («él piensa que ella cree que él quiere»), también son capaces de «considerar los acontecimientos arbitrarios como simbólicos y declarativos de los estados mentales de un agente sobrenatural» (Pyysiäinen 2009 p. 19), lo cual es un notorio salto de complejidad metarrepresentacional. Evidentemente, la ToM tiene un desarrollo, de tal modo que los niños después de los 7 años de edad son análogamente incapaces de entender la obra El Túnel o los constructos filosóficos como el problema del mal (ambos de hecho fundados en el alcance de la ToM). ¿Qué produce este desarrollo, que bien parece un salto cognitivo? ¿Por qué los infantes menores de 4 pueden tener amigos imaginarios, pero no superar el primer orden de agencia? Atenderé neurocognitivamente estas cuestiones, ya que las respuestas ciertamente están allí en las características tanto celulares como funcionales ya adelantadas de el BA10, y los aspectos neuroanatómicos de conexión de esta región con otras que ayudan a construir la ToM y otros aspectos cognitivos, que veremos determinan qué tan única puede ser la cognición humana respecto a los demás primates.

Teoría de la Mente y neurodesarrollo

La complejización de la ToM está asociada a la maduración neural: esa cronología infantil ciertamente correlaciona con los procesos de mielinización y expansión de la materia gris (el córtex y sus capas) y blanca (el conectoma) en regiones que veremos son cruciales aquí, y que de acuerdo a su desarrollo permiten expandir la ToM. P.ej. «como regla general, la mielinización [...] en los hemisferios es vista primero parietalmente, luego occipital, frontal y temporalmente» (MRI of Neonatal Brain). En efecto, una de las regiones cerebrales que más tarda en madurar, hablando de un lapso de décadas, es el córtex dorsolateral y aún la última región en hacerlo es pues el BA10 (Gogtay et al. 2004). De este estudio extraigo el siguiente gráfico de maduración cerebral entre 5 a 20 años de edad, donde el azul indica las regiones que maduran más tardíamente y hacia el rojo las que ya mostraban mayor madurez:


Como puede notarse en el gráfico de arriba (pinchar en la imagen para ampliarla, véase también la imagen animada de la izquierda), el estado de crecimiento de la materia gris o córtex a los 5 años de edad muestra que en efecto el BA10 aún no está desarrollada lateralmente, pero sus regiones mediales, internándose hacia la fosa interhermisférica, muestran ya algún desarrollo. De hecho, los autores notan que la expansión cortical de las regiones mediales en el córtex temporal y frontal «parece haber empezado tempranamente (ontogénicamente) ya hacia la edad de 4 años» (ibid. p. 8177). La web MRI of Neonatal Brain nos ofrece muy interesantes y abundantes datos e imágenes del desarrollo cerebral durante los 2 primeros años de vida. P.ej. en la Tabla 4.4 vemos que inmediatamente luego del nacimiento, habiendo ya progresado enormemente la migración y la proliferación neural prenatalmente, el desarrollo de la materia blanca muestra un patrón de la médula hacia el cerebelo y luego el cerebro (Barkovich 1988 p. 180), y de la parte posterior hacia la anterior del cerebro. Dentro de este patrón, se ha observado que en los primeros 5 meses de vida se desarrollan rápidamente las regiones motora (surco postcentral), hipocampal y de conexión interhemisférica (el cuerpo calloso, que por cierto se mieliniza empezando por la región posterior y subsecuentemente la anterior: Barkovich 1988 p. 178), a los 6 meses «la mielinización está casi madura en el centro de los lóbulos parietales [...] está presente en las porciones anterior y posterior de los lóbulos parietales y empieza a aparecer en los lóbulos frontales» (MRI of Neonatal Brain, Fig. 4.11). Entre 6–10 meses se arboriza conectivamente el sistema visual occipital y el motor (paracentral); entre 11–12 meses prolifera la arborización del córtex parietal hacia el frontal, y a los 15 meses se inicia el cableado del córtex temporal. Así, al finalizar los 2 años, «el cerebro tiene una apariencia adulta» (ibid. Fig. 4.15).

Todo este desarrollo y sus patrones por cierto son una auténtica recapitulación de la evolución del cerebro homínido. Hill et al. (2010) mostraron que, comparando el cerebro de bebes y adultos, la expansión volumétrica cortical es el doble en las regiones laterales temporal, parietal y frontal, que en la occipital, insular y medial, y comparando los cerebros del humano y del macaco, el patrón evolutivo humano es bastante similar al neurodesarrollo postnatal. Interesantemente, los autores descubrieron que las áreas de mayor expansión muestran por contra un lento desarrollo celular, metabólico y funcional. P.ej., mientras que al término de la gestación, como se dijo arriba, prácticamente toda la migración neural hacia ciertas regiones futuras del cerebro está completa, regiones de baja expansión como las cortezas visual y auditiva (véase por cierto que hay asociación entre STS y córtex auditivo/visual: Ghazanfar et al. 2008; Liebenthal et al. 2010; Nath & Beauchamp 2011 – y también junción tempororoparietal/audición: Knight et al. 1989; Matsuhashi et al. 2004; Plaze et al. 2010) tienen en cambio 50–100% mayor densidad sináptica que una región de fuerte expansión como el giro frontal medio. Consistentemente, los neonatos muestran un fuerte metabolismo (glucosa) en regiones de baja expansión como el córtex visual en comparación con el expansivo córtex prefrontal dorsolateral. «En consecuencia, los circuitos corticales en las regiones de alta expansión pueden ser más sensibles a la experiencia postnatal» (ibid. p. 3).

Siguiendo a Hill et al. (2010), los cerebros adultos comparativamente exhiben una alta complejidad celular en las regiones más expansivas, como el córtex temporolateral y prefrontolateral (BA10), que consecuentemente maduran a menor velocidad. Luego del nacimiento, la madurez de la densidad sináptica y el límite del espesor cortical son alcanzados más tempranamente en las regiones de baja expansión (p.ej. córtex visual/occipital y auditivo/supratemporal), luego en las de expansión intermedia (BA10 y parietodorsal), y al final en las de alta expansión (prefrontodorsolateral). Así, en el cerebro de los bebes de 2 meses de nacidos se puede detectar mediante neuroimagenología las respuestas al sonido (córtex supratemporal) y el reconocimiento facial (córtex temporomedial); o a los 3 meses de nacidos se les puede registrar el aumento de activaciones en el córtex visual primario; mientras que nada notorio se registra en el córtex frontodorsolateral ni en el expansivo sistema motor hasta los 2 años de edad (Hill et al. 2010 pp. 3–4).

Entre tanto, en cuanto a la proliferación de sinapsis Huttenlocher & Dabholkar (1997) mostraron que, igualmente iniciada prenatalmente, ella se incrementa más rápidamente en el córtex supratemporal (auditivo), donde el máximo es alcanzado a los 3 meses de nacimiento; mientras que el giro frontal medio lo alcanza después de los 15 meses. La proliferación sináptica, que se produce concurrentemente con la arborización dendrítica y la mielinización, es seguida de una poda que empieza primero en el córtex auditivo (este estudio comparó solo estas dos regiones supratemporal/prefrontal) y termina a los 12 años de edad, mientras que en el córtex prefrontal este proceso se extiende hasta la adolescencia. Otros datos interesantes tienen que ver pues con la poda sináptica, que es parte importante del neurodesarrollo y cumple una función regulatoria del mismo. P.ej., si la máxima densidad sináptica es alcanzada antes del primer año de edad en las cortezas auditiva y visual, a los 3.5 años lo es en el giro frontal medio (Blakemore 2008 p. 272 abstracto/completo). Esta autora sugiere que «una posible consecuencia de la relativamente tardía eliminación del exceso de sinapsis en el córtex prefrontal humano y otras regiones corticales es que sea menos eficiente el procesamiento de información en las regiones relevantes del cerebro»; mientras que «el exceso de proliferación sináptica durante la infancia puede resultar en el incremento de los niveles de actividad en la región cerebral relevante» (ibid. p. 274). Estos dos gráficos serán de enorme interés:

El cuadro de la izquierda (pinchar para ampliar) muestra la densidad sináptica en el córtex auditivo primario (rojo), visual primario (verde) y en el giro frontal medio (cruces) en cerebros post-mortem de diferentes edades. El eje x muestra la edad conceptual en días (1500 ~ 4 años, 10000 ~ 27 años). El cuadro de la derecha muestra la diferencia en densidad sináptica entre el córtex auditivo y el giro frontal medio (círculos violetas). Extraído de Blakemore (2008 p. 273, Figure 4.a).

Es evidente que el desarrollo cortical a nivel celular/metabólico debe asociarse al progreso en el orden de metarrepresentación de la agencia (de hecho «la evolución de las sinapsis puede agudizar nuestra visión de la diversidad de especies y la organización del cerebro», Emes et al. 2008). Lo que es pues de interés es que, como de esperarse, tanto la proliferación como la poda sináptica coinciden con la cognición infantil. Por un lado, lo primero explica el poder del así llamado «Núcleo de Agencia», innato y anterior, que ciertamente podría sostener la capacidad infantil de tener amigos imaginarios aún sin una sofisticada ToM. De hecho, ésta «puede emerger más tarde, tal vez construida sobre un más primitivo núcleo del sistema de agencia que se comparte con muchas otras especies» (Horst 2010). Tal como vemos en las imágenes de arriba elaboradas por Gogtay et al. (2004) y luego en las de Blakemore (2008), el correlato neural de este núcleo, en la región supratemporal posterior (que incluye las subregiones inmediatas entre sí del surco temporal superior posterior, el giro temporal superior y el córtex auditivo) no solo está operativo muy tempranamente, sino que dada su elevada densidad sináptica, debe considerarse de funcionalidad hiperactiva. Por otro lado, la poda sináptica, que podemos ver en el cuadro izquierdo de Blakemore (2008), muestra una notoria depresión entre 2–4 años de edad, que es fuertemente consistente con que a esa edad los infantes no puedan superar el primer orden de metarrepresentación de agencia.

Agencia abstracta sin ToM, y alcance de la ToM hasta la agencia sobrenatural–religiosa

Con los datos de los procesos de maduración del córtex y habiendo hecho notar su correlación con el desarrollo de la cognición social, nos acercamos hacia los otros aspectos neurocognitivos que antes señalé como componentes posibilitando la complejización de la ToM. Se trata del propio «Núcleo de Agencia», y el «Mental Time Travel».
En tanto que agencia, ToM y «folk psychology» son conceptos intercambiables (Griffin & Baron-Cohen en Dennett 2002), existe efectivamente un proceso sensorial, la ‘detección~reconocimiento de movimiento biológico’ (MB), que aparece claramente como el núcleo neurocognitivo de todo ello (ver nuestro artículo al respecto), en la parte posterior del surco temporal superior (STS), una región de procesamiento multisensorial en tanto su directa asociación con los procesos visual/auditivo de los que vimos su temprano desarrollo. Una manera de ilustrar qué es el MB consiste en que podamos distinguir sin problemas en esta imagen de la derecha, una forma humana en movimiento. Como Frith & Frith (2010) argumentan, es a partir del STS–MB que la ToM se construye, y posteriormente se extiende hasta muy complejos y sofisticados niveles de metarrepresentación mediante diversos aspectos cognitivos, como desde empezar por reconocer al agente (MB per se), inferir que posee una mente, anticipar su conducta e inferir que infiere lo que sabemos, hasta llegar a la formación de lazos sociales superiores y puramente abstractos p.ej. reciprocidad, mutualismo, cooperación altruista, identificación grupal a través de constructos morales y señalización ostensiva.

En efecto, la agencia~intencionalidad es extraída del MB (Mar et al. 2007), mientras que, otro asunto muy importante: la información emocional también (Dittrich et al. 1996; Clarke et al. 2005). Más aún, el juicio moral se sugiere como «el ejercicio de una capacidad para la agencia» (Gerrans & Kennett 2009) y hay pues evidencia neurocognitiva de la fundamental relación entre agencia y moral (Young et al. 2010). Y aunque esto confirma la naturaleza nuclear del MB sobre la agencia, la ToM, también la moral, y aún la atribución de estados emocionales, ciertamente estas cinco referencias no tratan sobre infantes. Sin embargo, consistentemente con el neurodesarrollo visto, se ha mostrado que a pesar de lo reducida que pueda ser la información disponible para detectar una forma humana, el MB es suficiente para que un niño de 3 años reconozca con exactitud un humano de un no–humano, y aún, los niños de 5 años exhiben un nivel tope de reconocimiento (Pavlova et al. 2001). El MB–agencia luce indiscutiblemente innato y es fácil dilucidar su carácter adaptativo, p.ej. dada su filogenética: detectar depredadores, presas, pareja, congéneres; todo lo que nos dice que «forma–humana», aunque nos parezca de hecho un concepto complejo, parece claramente un concepto preprogramado en el STS (del mismo modo en que otras especies también reconocen una forma familiar con mínima información sensorial), es decir, una predeterminada (neurogenéticamente al parecer) configuración de una red específica de sinapsis que se activa ante específicos estímulos sensoriales.

A todo esto pues, MB–agencia involucra también a la junción temporoparietal (Mar et al. 2007). La región supratemporal del STS, inmediata a la inferoparietal y occipital en una zona del córtex donde limitan los 3 lóbulos, es decir un foco fundamental de procesamiento multisensorial, forma parte de un «sistema nuclear» (identificación inmediata de ‘lo que es una cara’) y «extendido» (aspectos de información cognitiva y emocional y otros aspectos memóricos que dispara la identificación facial) del reconocimiento~detección facial (Todorov et al. 2011 p. 41, Fig. 3-1). Por lógica entonces y como en efecto demuestran diversos estudios incluyendo neuroimágenes, puede haber un número de procesos computacionales cuyos sustratos neurales sean variables aún involucrando al STS, como se puede apreciar en este gráfico.

Por supuesto ya sabemos que la ToM abarca un más amplio número de regiones, como vemos en este esquema superior. En marrón: junción temporoparietal (movimiento biológico, agencia, distinción yo/otros), verde: córtex prefrontal ventromedial (regulación socioemocional), azul: giro frontal medial (incluye BA10), amarillo: córtex prefrontal dorsolateral (también incluye BA10), rosado: cingulado anterior («detector de errores», integración emoción/cognición), y en naranja: cingulado posterior (integración memoria/imaginación/emoción). Como se dijo, esta enorme red también soporta las inferencias y los juicios morales. P.ej. Saxe et al. (2003; 2006a; 2006b; 2010) ha prácticamente aislado dos regiones nucleares, la junción temporoparietal y prefrontal medial, y distinguido las inferencias mentalistas de la ToM o de la moral, que es precisamente a lo que me refiero cuando decía que diversas redes, con ciertamente diversos outputs cognitivos, se elaboran involucrando la región supratemporal (STS/junción temporoparietal). Saxe et al. diferencian la región limítrofe inferoparietal/supratemporal como sosteniendo específicamente la atribución de contenido mental a un sujeto, del córtex prefrontal medial como implicado más generalmente en la representación de información social o emocionalmente relevante de un sujeto. Con toda la evidencia que han obtenido, parece que la representación de la presencia de una persona es algo diferente de la representación de sus contenidos mentales (la ToM propiamente dicha). Adicionalmente, la empatía y la reorientación de la atención también dependen de la junción temporoparietal (Decety & Moriguchi 2007; Hooker et al. 2009).

Nótese pues que la agencia es ciertamente una función pan–cognitiva y que estructura la conducta social humana en cualquiera de sus dimensiones, alcances y sus más elevados niveles de abstracción. Aún, a diferencia de cualquier otro rasgo humano consabidamente exclusivo como el lenguaje articulado o la ciencia, resulta que nuestra capacidad metarrepresentacional agentiva de la cognición social en realidad no solo sirve a esta, sino que más bien parece ser el fundamento cognitivo que hace posible, p.ej., la acumulación de conocimiento que somos capaces de manipular y compartir con otros: precisamente, el lenguaje y la ciencia lucen así como «aplicaciones derivadas» de esta capacidad. El sustrato neural del lenguaje, en las cortezas contiguas y traslapadas con el sistema de agencia y el sistema motor, y así directamente asociado a éstos (p.ej. Pulvermüller 2005), se puede perfilar como una extensión de la agentividad hacia el sistema motor. Como comparación tentativa, mientras un animal que identifica un congénere (MB–agencia) ejecuta cierta acción motriz que funciona como código de comunicación, el ser humano en la misma situación es capaz de hablar y hacer complejas manipulaciones internas de la interacción social en desarrollo. Mientras tanto, en vista por un lado del traslapado de la agencia con el cálculo numérico (y la empatía y la causalidad), y del modo en que el córtex parietal maneja la información, por otro lado, es así como se explicaría nuestra habilidad de «manejar espaciotemporalmente» no solo los números o de rotar imaginariamente objetos, sino así poder construir elaboradas ideas que también manejamos «espaciotemporalmente».

Sin embargo, mientras puede ser menos difícil rastrear los orígenes del lenguaje, el cálculo o el manejo de herramientas en nuestros parientes homínidos vivientes (p.ej. Donald 1991), esto no ocurre con las creencias religiosas. Luego veremos que los chimpancés pueden manifestar ciertas conductas notables ante la muerte de un congénere, pero aún así esto en realidad no es ni remotamente parecido a, por lo menos, las creencias religiosas explícitas sobre la muerte y la vida eterna. Claro que, todo ello se basa en una especie de concepto instintivo de que la mente es independiente de cualquier sustrato material (p.ej. Guthrie y a mi parecer su correcta identificación del animismo con la agencia: «el sentido de atribución de agencia a objetos que no la tienen», con lo que neurocognitivamente ‘animismo = MB–agencia’) y así podemos en efecto retrotraer el animismo hacia los animales cual rasgo cognitivo filogenético, pero aún este evidente fundamento no logra explicar muchas otras elaboradas creencias religiosas. Ciertamente, todavía teniendo en mente que la religión tal como la vemos hoy es un producto cultural reciente, la Ciencia Cognitiva de la Religión y otras investigaciones nos ha mostrado que en efecto existen fundamentos mentales específicos que sin ser religiosos, en cambio podemos justificadamente calificar como ‘dualistas’, ‘mágicos’ o como ‘supersentido’. La ToM como extensión de la agencia estructura la agencia sobrenatural de estricto significado religioso, en tanto que entidades como ancestros, ángeles, dioses o demonios actúan por igual como un agente intencional, una persona, que ‘dirige’, ‘protege’ o ‘castiga’ la vida de quien así lo cree. El papel del BA10 aquí es implícito, así p.ej. Kapogiannis et al. (2009 pp. 2–3) la registraron al observar el cerebro de creyentes religiosos en tales pensamientos sobre Dios; mientras que Schjoedt et al. (2009) lo hicieron durante el rezo, y Epley et al. (2009) en cuanto compararon la autorreferencialidad con la creencia en ‘Dios’ (córtex prefrontal medial). La agencia sobrenatural, que también puede parecernos dramáticamente complicada de idear debido a que está asociada a la metafísica, a las experiencias anómalas de la consciencia, a la doctrina religiosa y muchos otros constructos puramente culturales, no es sino un orden superior de agencia, no algún fenómeno «extraño» del córtex como tampoco algo que no pueda precisamente explicarse mediante la ToM. Definitivamente, este alcance de la ToM es algo totalmente diferente a cualquier indicio de cognición social, aún sofisticada, en otros primates.

De hecho, Bering (2001) analizó extensamente la evidencia empírica disponible respecto a la cognición social del chimpancé y tentativamente concluyó «que los humanos, a diferencia de los grandes simios, podrían representar la distinción entre los objetos animados e inanimados a niveles crecientemente sofisticados de conciencia, con atribución de agencia no solamente dirigida a las cosas vivientes sino también a las intenciones, deseos y creencias de orden superior» (ibid. p. 129). El autor identifica tres vectores cognitivos que hacen posible la emergencia del concepto teísta: agencia–ToM, juego imaginario y cognición de la muerte. Ya hemos visto sobre la ToM, ahora agregaré que los humanos de 34 meses de edad (2.8 años) pueden basar su juego imaginario en un «como si» (representación perceptual) diferentemente de un «parecido a» [«stand for»] (representación segregada), en cambio la evidencia convincente de juego imaginario en los grandes simios indica que este se limita a la similitud perceptual del objeto con su representación (ibid. p. 130). Es decir que el juego imaginario de los infantes humanos es verdaderamente simbólico, y por lo visto, único. Por otro lado, el autor concluye, «dado lo que sabemos [de otras especies] sobre su aparente incapacidad para imputar estados mentales, que su entendimiento [de la muerte] está limitado a la muerte biológica» (ibid.). El autor entre otras anotaciones finales sugiere investigar a diferentes edades infantiles la cognición de la muerte, lo que en efecto realizó posteriormente: mostró que los niños de 4 años ven los estados psicológicos (mentales) como el deseo y los sentimientos, pero no los biológicos, activos después de la muerte (Bering & Bjorklund 2004). Aún algunos niños, de hecho los más jóvenes, negaron inmediatamente que el personaje del experimento estuviera muerto y, como he notado, esto tiene alguna relación con el nexo empático que se establece entre el individuo y el agente que repentinamente muere.

Si bien se han observado recientemente conductas en chimpancés respecto a la muerte de alguien muy cercano (hijo, madre), que son ciertamente sorprendentes (p.ej. se ha sugerido que experimentarían la muerte igual que nosotros), un análisis minucioso plantea que, dado que la ToM humana llega a ser única por razones neurobiológicas, un sistema cognitivo restringido a la convergencia de la agencia y la empatía podría por sí solo sostener la (aparente) agencia de la muerte en chimpancés, similarmente a los infantes humanos de 4 años de edad. En tanto vemos que las emociones y las intenciones son «extraídas» tan solo del reconocimiento de la familiaridad de un objeto, si aún este objeto es de hecho un individuo empáticamente cercano, es entonces del todo posible que el «Núcleo de Agencia» (con su vinculación con la empatía) soporte tal conducta vista en chimpancés, sin necesidad pues de una ToM. Y adicionalmente esto significa que los chimpancés no experimentan la muerte igual que los humanos: una mayor concurrencia de procesos perceptuales, narrativos y ejecutivos brindada por el aporte funcional de una enorme BA10, es lo que dice que definitivamente no podemos experimentar igual la muerte, por lo menos a partir de nuestro cuarto año de vida, creciendo esta diferencia a medida que sigue madurando tal región, así hasta llegar a ser los humanos adultos capaces tanto de disparar espontáneamente como de absorber culturalmente las intuiciones y creencias explícitas (respectivamente) sobre los conceptos ‘alma’, ‘reencarnación’ o ‘vida eterna’.

Con esto llegamos al otro aspecto cognitivo que indiqué como necesario para una ToM verdaderamente sofisticada: el Mental Time Travel (MTT). Se trata de un concepto muy útil que designa de acuerdo con diversos investigadores nuestra capacidad de «viajar mentalmente» en el tiempo, haciendo posible que estemos constantemente ‘proyectándonos’ hacia el futuro (p.ej. Berntsen & Jacobsen 2008, nótese que los autores dicen que las proyecciones más distantes en el tiempo se asociarían más a la cultura). De hecho, cuando digo ‘constantemente’ me estoy refiriendo exactamente a eso: el MTT forma parte de una red siempre activa, por defecto, aún cuando estamos en reposo (es en parte este hecho el que permite ver otras facultades humanas neuroanatómicamente asociadas como las posibles «aplicaciones derivadas» que comentaba antes). Como se mostró en el referido artículo nuestro sobre el MTT, éste se traslapa extensamente con la agencia, la empatía y con la ToM y de hecho, sus aspectos prospectivos más abstractos están íntimamente ligados a la funcionalidad del BA10, así pues entre más hacia el futuro viajemos menos detallado será lo imaginado (más abstracto). Con esta facultad, combinada con la ToM, la agencia y la empatía, o bien sirviéndose mutuamente entre ellas como herramientas, la cognición social llega a ser trascendental (p.ej. como sugerido por King).

«Mientras la memoria implícita (p.ej. condicionamiento, priming) parece ser funcional muy tempranamente en la infancia, la mayoría de estudios indican que la memoria para los episodios del pasado se desarrolla entre 3–4 años [...] A los 2 años y medio de edad [los infantes] pueden invocar algunos fragmentos de remotos eventos pasados, pero solamente a la edad de 3–4 años los niños parecen empezar a viajar mentalmente hacia su pasado, p.ej. a reconstruir mentalmente episodios pasados como narrativas organizadas. Por la misma edad los niños adquieren gradualmente las habilidades de reconstruir mentalmente los episodios pasados y atribuir estados mentales a otros y a ellos mismos» (Suddendorf 1994). «Más tarde aún, entre 4–8 años, los niños adquieren un conocimiento explícito sobre los patrones temporales culturalmente dependientes (p.ej. semanas, meses, años) que soportan la estructuración de las experiencias de uno mismo» (ibid.).

Entre tanto, mientras los monos manifiestan una capacidad de imitación que es en realidad limitada, por su incapacidad para imputar motivos a otros diferentemente de su yo, o aún una falta de consciencia del yo, los chimpancés sí ejercen una imitación verdadera, pueden performar la conducta de otros y aún simular juegos (aunque hay cierto escepticismo sobre esto, ibid. p. 10, ya viendo atrás que no es una verdadera simulación). Los chimpancés parecen pues, al menos, capaces de atribuir algún estado mental a otro; sin embargo, se muestran incapacitados para representar sus propios estados mentales pasados como opuestos al tiempo presente, y en este aspecto nos recuerdan a los infantes humanos de 3 años de edad (ibid. p. 14). El autor elaboró una tabla (p. 15, Table 1) donde compara las etapas del desarrollo mental humano con otros parientes filogenéticos: en un estado de segundo orden de representación, poseer autoconsciencia y una capacidad para imaginar otros mundos, los niños humanos de 2 años son probablemente igualados por los grandes simios adultos; luego, estos son quizás similares a nuestros niños de 3 años en cuanto a agencia pero con interferencia del estado propio presente, y en la reconstrucción de eventos pasados, pero con interferencia del estado propio presente en la simulación; los niños humanos de 4 años, ya mostrando agencia y MTT sin interferencias, serían según el autor igualados por Homo erectus; finalmente, desde los 5 años en adelante los humanos, Homo sapiens, estamos solos en cuanto a la abstracción de la ToM y la concepción abstracta sobre el pasado.

En una perspectiva más amplia sobre los animales, se puede notar una sofisticación de la conducta respecto al medio ambiente: de la anticipación de la conducta de los otros de tipo «instintiva», dependiente del contexto, a la anticipación «inteligente» independiente del contexto en tanto que manipula la memoria para elaborar escenarios futuros. Dado lo observado en chimpancés adultos comparados con los infantes humanos, y entre los propios humanos comparando a los niños con los adultos, es evidente que aún esa segunda modalidad de agencia tiene sus propios estados evolutivos de complejidad, en donde el desarrollo mental humano parece recapitular la evolución homínida, p.ej. también comparando los logros materiales de otros ancestros directos (Homo erectus: herramientas, vivienda, dominio del fuego) con los propios (Homo sapiens: tecnología, ciudades, religión) (ibid. p. 30). Así pues, Bloch (2008) p.ej. sugiere que «los fenómenos que llamamos ‘religión’ en general son una parte inseparable de una única adaptación clave del hombre moderno. Esta es la capacidad para imaginar otros mundos», lo que, aunque el autor no lo explicite, evidentemente se trata del MTT; mientras que este ya se ha propuesto directamente asociado a la religión (cf. Atran 2002; Bulbulia 2009) y aún posibilitando su origen (Suddendorf & Corballis 1997).

Observaciones finales

De entre las conexiones neuroanatómicas del BA10, estudiando las conexiones prefrontales en el macaco (Petrides & Pandya 2007), un importante circuito, la cápsula extrema, la conecta con el núcleo STS–MB–agencia. Esto nos muestra el soporte neural del control ejecutivo (BA10) sobre esta región de procesamiento multisensorial, e implica que ha medida que madura esta región, ya sabemos que posteriormente al STS, en humanos, madurarán la ToM y el MTT. También significa, teniendo en mano las funciones del STS, áreas adyacentes y BA10, cómo el cerebro puede realizar procesos de metarrepresentación abstractiva, dada la conectividad en doble sentido: reprocesando la información y segregando lo relevante autorreferencialmente. Una consecuencia directa de esto es que los outputs metarrepresentacionales que resultan de la combinación del MB–agencia con el MTT son a mí entender implícitamente ‘sobrenaturalistas’: mentalidad abstraída –intencionalidad– imputable a objetos inanimados o meros eventos del entorno. Es ciertamente un asunto conceptual, tanto si como lo define Boyer: agencia invisible, o como Pyysiäinen: mente humana descorporeizada (o la mente inmaterial), la intuición o ideación espontánea de que hay intenciones y deseos en el medio ambiente que no están soportados por cerebros ni están dentro de cráneos, puede (y debería, salvando los prejuicios conceptuales) legítimamente calificarse como intuición sobrenaturalista (o también se le podría denominar naturalmente mágica).

Hay además que agregar, en el asunto de las neuroconexiones del BA10, que, significativamente, ésta no las tiene con el córtex parietal (ni con el occipital ni inferotemporal, de acuerdo con Petrides & Pandya 2007). Esto redunda en que el carácter abstracto de la agencia (y del reconocimiento facial) es implícito e independiente de los procesos asumidos como propiamente abstractos del BA10 (ibid. p. 11584). Recordemos pues el temprano neurodesarrollo supratemporal–visual/auditivo y parietal (1-2 años de edad), regiones ambas que, respectivamente, detectan agencia y la ubican en el espacio que nos rodea, precisamente en función del input multisensorial que reciben directamente del entorno. La distinción yo/otros involucra además de la junción temporoparietal al córtex frontomedial (p.ej. Yoshida et al. 2011) y recordemos también que esta región (BA10) es fundamental en la autorreferencialidad; así, mientras que esta región madura tardíamente, esto significa que los infantes humanos se representan así mismos de modo precario por lo menos antes de la ToM/MTT, mientras simultáneamente manifiestan una poderosa pan–agentividad: hiper–atribución de intención – juego simulado/amigos imaginarios. Esto especialmente puede dar cuenta de una serie de datos interpretados como p.ej., que «los niños menores de 5 años atribuyen omnisciencia a todas las personas en su ambiente inmediato» y que «piensan teleológicamente» (Voland en Voland & Schiefenhövel 2009 p. 12), que los infantes sean «animistas» de acuerdo con Piaget (cf. Sugarman 1990), o que sean «dualistas natos» (además porque, como Bloom propone para soportar su afirmación, en efecto hay procesos segregados animado vs. inanimado evidentemente innatos: Mahon et al. 2009).

Finalmente, ese mentalismo implícitamente abstracto se redimensiona al madurar el BA10 y el surgimiento del MTT (aparición del reprocesamiento de la agencia): «los niños no ven los eventos inesperados del ambiente como siendo símbolos de intenciones comunicativas hasta que tienen aproximadamente 7 años de edad [...] entre tanto [...] los de 5 años de edad también fueron capaces de detectar agencia intencional detrás de aquellos eventos inesperados. Pero estos niños un poco más jóvenes fallaron al diagnosticar la intención comunicativa de aquellas señales. Por lo tanto, no es la capacidad de detectar agencia detrás de los eventos inesperados lo que es tardío en el desarrollo, sino la capacidad de ver el sentido comunicativo en los eventos inesperados» (Bering & Parker 2006 p. 259). Como de esperarse, los niños entre 3–4 años de edad no vieron ningún sentido agentivo–comunicativo en los eventos inesperados. Los autores suponen que la diferencia entre los niños de 5 y 7 años se debe a la posesión de una ToM de segundo orden, la inferencia de que «los estados epistémicos de otro agente y el yo son recursivamente representados (“Como ella puede ver en mi conducta, la Princesa Alicia sabe [yo no se] donde está realmente la pelota escondida; así, en este evento ella me informa que tengo una falsa creencia”). Antes de alcanzar un segundo orden de entendimiento de los estados mentales, los niños parecen ver los eventos como siendo intencionalmente causados por un agente abstracto pero no captan la naturaleza declarativa o referencial del evento» (ibid. pp. 260-261). Nótese pues que este segundo orden de metarrepresentación en realidad se asocia al MTT sobre un agente: se «proyecta» la mentalidad de un agente hacia un posible escenario futuro/pasado –sin esto no sería posible inferir que un agente sabe de un evento del pasado o que eventualmente brindará información, como en este experimento de Bering & Parker (2006), aún sea que esto se exprese verbalmente en tiempo presente.

Conclusión: la pan–agentividad/MTT

Como ya argumentado antes, la evolución del cerebro humano muestra dos aspectos de mayor relevancia que dan notoriedad a la cognición humana sobre los primates y demás animales: la expansión volumétrica temporoparietal y la sofisticación a nivel celular del BA10 (y el córtex cingulado anterior). Esto resulta en una cognición social de extraordinaria (léase contraintuitiva) abstracción. De hecho, la evolución del cerebro primate y especialmente el humano, es el paradigma de la evolución del cerebro social (Dunbar & Shultz 2007). Entre tanto, la aparición del lenguaje, la matemática, la tecnología de herramientas, la moral, todos correlacionan en mayor o menor grado con tractos perisilvianos que han sufrido un creciente desarrollo en tiempos evolutivos recientes. Ontogénicamente, parece que la proliferación sináptica extrema en la región temporoparietal, durante los 2 primeros años de vida, marcan la hiper–agentividad, al punto que los infantes son capaces del juego simulado y amistades imaginarias aún sin una ToM, por lo menos aceptada como tal (pasando la prueba de la falsa creencia después de los 3–4 años de edad). La agencia es ya una capacidad abstractiva resultante del directo procesamiento de la información visual entrante.

Y en la medida en que sugiero, tentativamente, que otros rasgos humanos notoriamente diferentes de otros homínidos vivientes, lo son precisamente porque de una u otra manera se sirven de la convergencia funcional de agencia, ToM y MTT, el BA10 juega un papel central aquí. Encuentro muy plausible que el MTT permita iluminar cognitivamente la así llamada «mente extendida» (p.ej. De Cruz & De Smedt 2007 respecto al registro arqueológico cual producto de aquella): en tanto que los humanos están en un permanente estado de prospección y tienen un incomparable sentido «espaciotemporal» para manejar la información, su interacción con el mundo externo es verdaderamente «inteligente» como decía Suddendorf (1994). Y aún como nota Saxe (2010; ver video aquí abajo - se pueden activar subtítulos en español), la esencia misma de esta notoria inteligencia es la capacidad «de ir más allá de las estadísticas visibles del medio ambiente para inferir las causas ocultas que explican lo que vemos».


Hay que tener presente, entre tanto, que esta misma «mente extendida», ya viéndola en paralelo al MTT (o mejor aún: como sinónimos), es simultáneamente dependiente del aprendizaje cultural, como arriba notado por Suddendorf (1994) y Berntsen & Jacobsen (2008). Este feedback no habría hecho sino, durante la emergencia del MTT en la hominización y llegando hasta el presente, extender progresivamente nuestra cognición, también entendida más adecuadamente como cognición pan–agentiva (el cerebro social). Sin estos aspectos agencia/ToM/MTT mutuamente traslapados y en principio inmanentes (recordemos que prácticamente conforman la red por defecto, especialmente el MTT: Buckner et al. 2008 pp. 20-24), de nada serviría poseer un pulgar oponible y otras afinaciones motoras: se necesita representar internamente una piedra como una posible (futura) herramienta cortante. Tampoco serviría de mucho poseer capacidad de cálculo numérico: sin el traslapado con la agencia y el MTT no podríamos construir el concepto ‘ley natural’ en el entorno ni concebir alguna ‘direccionalidad temporal’ (de hecho, violando virtualmente cualquier pretensión naturalista, podemos elaborar inferencias sobre el «antes» del Big Bang, incluso incorporando mentalidades propiamente dichas como ‘Dios’). Sin una pan–agentividad/MTT no habría aparecido el precepto moral ni el concepto ‘nación’ o ‘patria’. La cultura humana en términos generales, notablemente inmaterial y virtual pues, es así extensible debido a lo que no es sino una ‘pan–agentividad/MTT por defecto’ que la ha hecho posible.

Más que la neuroarquitectura propiamente dicha de esta red por defecto, en tanto que en principio es la misma en otros primates (ibid. pp. 8-11) excepto el BA10, es la enorme complejidad de sus outputs lo que es un logro exclusivamente humano, debido precisamente a la complejidad citoarquitectónica de tal región. Dentro de lo que por lo menos ahora consideramos un espectro de neurocognición típica, sana y normal, el orden superior de esta extensión intelectiva es pues la agencia sobrenatural–religiosa, extraña o inexplicable solo a los ojos del profano en todo este creciente conocimiento aquí explorado. Ciertamente, es bastante natural representar a ‘Dios’ en el cerebro: los correlatos neurales de ello, en tanto que soportados por la ToM (recordemos los resultados de Kapogiannis et al. 2009; Schjoedt et al. 2009; Epley et al. 2009), están pues ampliamente integrados a la red por defecto. Lo verdaderamente extraordinario aquí y que nos separa totalmente de los demás simios, es que la ‘pan–agentividad/MTT por defecto’ es en sí misma extraordinaria por partida doble: primero, según las leyes naturales el tiempo es irreversible, sin embargo «la excepción singular es proporcionada por la capacidad humana de recordar acontecimientos pasados» (Tulving 2002), y segundo, «cuando vemos algo complicado o extraño la causa invisible que más a menudo se infiere es otra persona o por lo menos otra mente» (Saxe 2010, en el video).

Valga la ironía, la naturaleza de la cognición humana es (virtualmente) sobrenaturalista.


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