25 mayo, 2010

EL VIAJE MENTAL EN EL TIEMPO (‘MENTAL TIME TRAVEL’) Y LA COGNICIÓN RELIGIOSA

Por: Antonio Chávez
hnc.correo@gmail.com

En diversos artículos se ha mencionado el ‘mental time travel’ (MTT), aportando su definición y refiriendo estudios al respecto. De hecho, en nuestro análisis neurocognitivo de la religión se le ha considerado como probablemente implicado (ver neuromapa 2 de la creencia sobrenatural). En 2009 la Royal Society publicó un artículo donde se revisan los datos acumulados sobre la memoria episódica (ME) posibilitando el viaje mental, tanto hacia el pasado como el futuro, y cómo esto se involucraría en la evolución humana, p.ej. realzando la aptitud biológica (fitness) mediante la potenciación de las conductas de supervivencia y reproducción (Suddendorf, Addis & Corballis 2009). Los autores sugieren que el lenguaje habría aparecido íntimamente vinculado a esta capacidad cognitiva: se desarrolló para expresar el planeamiento de eventos futuros y estructurar narrativas puramente ficcionales. Resulta obvio el efecto de esto en la sofisticación de la conducta social humana. Mientras tanto, más de una década atrás los autores ya habían sugerido que el pensamiento religioso también pudo aparecer debido a esta capacidad (Suddendorf & Corballis 1997).1 Lo que se hará en este artículo es profundizar en el MTT y así encontrar su relación con la cognición religiosa.2

1. ‘Mental Time Travel’ y memoria episódica

Como el nombre advierte, el MTT es una capacidad mental humana que consiste en recordar, pensar, idear e imaginar de tal modo que se alteran el espacio y el tiempo en los que se circunscriben tales aspectos psicológicos. El MTT implica emplear nuestras vivencias del pasado para visionar el futuro; de hecho, lo futuro está constituido por lo pasado, mientras que puede afirmarse que no existe la imaginación pura cual acto mental que emerge de la nada: todo cuanto el hombre pueda fantasear está en realidad constituido por algo ya vivido (memoria), por un lado, y/o está restringido por el propio alcance de asociación funcional entre diversos sistemas intuitivos, por otro. Buckner & Carroll (2007) en su revisión muestran que «los datos acumulados sugieren que prever el futuro (prospección), recordar el pasado, concebir el punto de vista de otros (teoría de la mente) y posiblemente algunas formas de navegación reflejan funciones de la misma red nuclear cerebral» (cf. Spreng et al. 2009). Esta red no solo es fundamentalmente el sustrato neural del MTT, sino que, como notan Buckner & Carroll (p. 52 «Box 2»; ver Figura 1) y se verá luego, conforma un estado funcional ‘por defecto’ de la cognición humana. El MTT nos permite imaginar a alguien en alguna situación ficticia en otro sitio, o aún, evocar un recuerdo y «proyectarlo» hacia una circunstancia hipotética que podemos incluso saber, o intuir, que es imposible que ocurra. Es desde ya fácil suponer la importancia de esto en la cognición religiosa (p.ej. ideación de agentes intangibles que existen en mundos extra-ordinarios), sin embargo hay que notar que el alcance ordinario o mundano del MTT podría verse como extraordinario en sí mismo, ya que, p.ej., podemos imaginar a una cuarta persona pensando sobre una tercera persona que piensa sobre uno en un lugar ficticio en el futuro, y esto, aunque pareciéndosele mucho no es pensamiento religioso en sí mismo3 y tampoco se trata de elucubraciones puramente abstractas sin sentido adaptativo, sino que de hecho puede formar parte de la interacción social cotidiana, haciéndola más eficiente, p.ej. en cuanto a coordinación y planificación intra- e intergrupal. Aún, tal extraña sofisticación cognitiva hace posible los más altos y distintivos aspectos humanos, como la ciencia, la tecnología o el arte (Suddendorf & Corballis 1997).

En principio, esta capacidad de metarrepresentar o fantasear aún contrafactualmente tiene relación con la agencia y la cognición visuoespacial: en efecto, la orquestación de todas estas funciones estructura lo que se denomina ‘imaginación’ y su alcance ficcional, en tanto que están fuertemente traslapados en cuanto a sustratos neurales.

Endel Tulving, psicólogo de la Universidad de Toronto ampliamente reconocido por enfocarse en el estudio de la memoria, modeló el concepto del MTT a partir de los estudios clínicos que le permitieron identificar la llamada ME como diferente de la memoria semántica (Tulving 1987 -él mismo comentando sobre el surgimiento del concepto en 1972; Tulving 1983). La ME es autorreferencial y autobiográfica: un registro de las experiencias que vivimos, selectivamente codificando la información espacial/temporal concerniente a ellas y su dimensión emocional y afectiva, integrando así los procesos perceptuales ‘qué’, ‘dónde’ y ‘cuándo’. Sobre todo, la ME consiste en el proceso mismo de evocar esta información sobre el pasado para planificar y enfocar la conducta hacia futuro. En resumen, un notorio rasgo implícito de la ME es la llamada ‘cronestesia’: «una forma de consciencia que permite a los individuos pensar sobre el tiempo subjetivo en el cual viven y que les permite “viajar mentalmente” en tal tiempo» (Tulving 2002a). El autor comenta que de acuerdo a las leyes físicas, el fluido del tiempo es irreversible, sin embargo «la excepción singular es proporcionada por la capacidad humana de recordar acontecimientos pasados» (Tulving 2002b).4 Es por esto que se ha hecho notar el carácter intrínsecamente extraordinario del MTT, o en otras palabras: es naturalmente contraintuitivo. Así pues, el MTT sostiene la ‘imaginación contrafactual’ (Boyer 2008).

Es muy probable que el MTT propiciara el salto evolutivo humano hacia poder manejar la conducta impulsiva y oportunista, conduciéndonos así a una modulación compleja (cognitivo-emocional) de la toma de decisiones que ha incidido, precisamente, en la sofisticación de nuestra conducta social. Como se dijo, el hecho de poder imaginar a otros individuos humanos en situaciones futuras es algo que influyó ventajosamente en la cooperación y la coordinación social (Boyer 2008). Y la religión, o dicho con propiedad, la emergencia de la ideación de agentes invisibles/intangibles que se interesan en los hombres - generando así conductas rituales específicas (formas de coordinación social enfocada explícitamente hacia tal agencia), entonces resulta convertirse en un elemento constitutivo de tal influencia.5, 6 Esta relación consiste, en último término, en el hecho de que los mapas neurales que sostienen el MTT se traslapan con aquellos de los sistemas cognitivos sugeridos como soporte de la creencia sobrenatural, tal como la agencia (Boyer 2003, p. 122: «Table 2. A framework for a cognitive neuroscience of religion»).

2. Sobre Mental Time Travel, sus bases neurales y la agencia

2.1. Sustrato neural

En principio, un cúmulo de datos tanto de humanos como de monos y de roedores demuestra que la región medial del lóbulo temporal es fundamental para la memoria de hechos y eventos (Squire et al. 2004).7 Artículos nuestros («Neurociencia de la religión IV» y antes aún «Neurociencia de la religión II») refirieron los resultados de Schott et al. (2006) que confirman previos datos obtenidos mostrando regulación neurogenética (involucrando a la dopamina) de la codificación de estímulos nuevos, esto es, la ME. Las zonas del cerebro registradas con mayor actividad en tal estudio fueron el hipocampo (región medial del lóbulo temporal) y el córtex prefrontal. Otros estudios coinciden en que la interacción de éstas regiones conforman la ME. La amplia literatura psiquiátrica respecto a pacientes amnésicos y que simultáneamente tienen dificultades para elaborar eventos futuros, ya nos indicaba que tanto el pasado como el futuro debían tener correlatos neurales similares (p.ej. Hassabis et al. 2007).

Entre tanto, el MTT definido como «una combinación de memoria episódica e imaginación bajo el control ejecutivo que permite a una persona proyectarse así misma hacia delante y atrás en el tiempo», nos remite, neuropsicológicamente, a la asociación entre el hipocampo (memoria) y el córtex prefrontal (función ejecutiva). Más específicamente, algo tan complejo como la superposición del viaje hacia atrás y hacia adelante en el tiempo implica un mayor sistema en el lóbulo temporal abarcando otras regiones mediales, como el parahipocampo, y la región frontopolar o área 10 de Brodmann (BA10) en el córtex prefrontal dorsolateral (Okuda et al. 2003). Este estudio registró mayor actividad en el BA10 respecto al futuro, que aumentó a medida que creció la distancia de tiempo desde el presente. La imaginación de eventos futuros más distantes temporalmente implica un incremento del sentido de abstracción de lo imaginado, p.ej. entre más hacia el futuro viajemos menos detallado será lo imaginado (más abtracto), y los eventos emocionalmente positivos son los más cercanos en el tiempo, lo que sugiere que el MTT se circunscribe a objetivos propios actuales (D’Argembeau & Van der Linden 2004). Esto es consistente, primero, con el vínculo entre el BA10 y el mayor grado de abstracción del pensamiento (Hollmer 2009, nota de prensa Brown University News; Badre et al. 2009). Segundo, en tanto que mayor distancia en el tiempo implica mayor abstracción, la región prefrontal dorsolateral (CPFD) derecha es, consecuentemente, el sustrato del sentido del tiempo en un rango «macro-temporal» (4-90 segundos, mientras que el rango «micro-temporal» de fracciones de segundo involucra al cerebelo y los ganglios basales), junto con el córtex parietal posterior/inferior derecho integrando tiempo y espacio (Wittmann & van Wassenhove 2009 pp. 1810, 1811; Koch et al. 2009 pp. 1912-1914). A las atribuidas funciones de orientación espacial y exploración de la red parieto-frontal derecha (e incluyendo las porciones superior/medial del córtex temporal derecho), revisadas previamente (aquí y aquí), se suma el sentido del tiempo.

Así, en el CPFD confluye información de espacio y tiempo ya integrada proveniente del córtex temporal y parietal, que es procesada ejecutivamente en altas funciones cognitivas. P.ej. se ha identificado dentro del CPFD el BA46, inmediato al BA10, con la retención y manipulación de información espacial durante secuencias de aprendizaje (Robertson et al. 2001 pp. 632, 633). Esto muestra que el CPFD trabaja con información espaciotemporal enfocándola hacia metas conductuales y subsecuentemente, nos provee de una capacidad de abstracción sobre tal información. Aquí será sugestivo notar que cuando aprendemos una habilidad y estamos enfocados en ello, tenemos simultáneamente la experiencia subjetiva de proyectarnos realizándola y aún, imaginarnos así en tiempos y escenarios ficticios generalmente futuros, lo que de hecho es autoestimulante, motivador para el propio proceso de aprendizaje y en lo que el sistema dopaminérgico de expectativa de recompensa está pues involucrado (Schott et al. 2006 p. 1407). Mientras tanto, un estudio más reciente encontró que el hipocampo (bilateralmente) también responde con mayor actividad a mayor distancia en el tiempo futuro (Addis & Schacter 2008). La actividad hipocampal posterior izquierda se incrementa al aumentar el detalle de las representaciones; probablemente reflejando así la recuperación de información destinada a imaginar eventos. En cambio, los detalles del futuro activaron más el hipocampo anterior izquierdo, que reflejaría la recombinación de detalles para dar coherencia a un episodio imaginado.

Otras áreas del cerebro contribuyen en el MTT además del córtex prefrontal y el hipocampo. En un estudio que pudo distinguir dos fases, de ‘construcción’ y de ‘elaboración’, Addis et al. (2007) mostraron que durante la fase inicial de la imaginación de un evento del pasado o del futuro aparecen unos pocos sustratos comunes de actividad significante, en el lóbulo temporal medial (hipocampo izquierdo sobre el pasado/futuro y derecho sobre el futuro), lóbulo parietal inferior derecho (CPId), córtex somatosensorial derecho, giro occipital superior izquierdo y giro occipital medio derecho (p. 1368). Lo primeramente notorio de esta fase del MTT es que es exclusivamente posterior en el cerebro y como parece, anterior a la actividad prefrontal. Luego, estas pocas regiones neurales comunes durante la construcción pasado/futuro evidencian un traslapado específico en cuanto a procesamiento visuoespacial, reconocimiento de objetos y sentido autorreferencial. P.ej., las áreas occipitales identificadas conforman el córtex visual secundario, la representación de escena visual y la divergencia de las vías de discriminación perceptual ‘qué’ y ’dónde’ enviadas respectivamente hacia los córtex temporal y parietal; mientras que las áreas parietales registradas denotan el carácter autorreferencial y agentivo de esta fase de construcción: la actividad somatosensorial primaria nos remite a la representación del yo corporal, y el CPId funciona como un «comparador» yo/otros (Preston & Newport 2008). Además, el CPId se asocia al redireccionamiento de la atención hacia un estímulo destacado en la atribución de agencia (Decety & Lamm 2007) y está involucrado en la extracción de causalidad a partir de la información visual dinámica (Fugelsang et al. 2005). Todas estas funciones nos dicen que la construcción de episodios consiste en ‘visualizar espacialmente’ nuestros recuerdos tal como agentes autorreferenciales hacia los que se dirige la atención, y en esto es evidentemente importante la integración espacio/temporal que sustenta el córtex parietal como vimos arriba, para así colocarnos en el mundo e interactuar eficientemente con él. Consecuentemente, el CPId está implicado en la agencia sobrenatural (AS) p.ej. en aspectos místicos (d’Aquili & Newberg 2000) y espirituales (Urgesi et al. 2010) de la religión.8

Cuando se hace explícito el evento generándose tantos detalles como sea posible, esto es, la fase de elaboración del MTT, una amplia red neural funciona igualmente para el pasado y el futuro, involucrando así otras regiones del lóbulo parietal (CPI izquierdo más activo para el futuro que el pasado, precuneus izquierdo), temporal (área polar izquierda, giro medio derecho solo en eventos futuros, parahipocampal bilateralmente) y adicionalmente, el lóbulo prefrontal (área medial y polar izquierda) y el córtex cingulado anterior (CCA) (Addis et al. 2007 p. 1368). Esta red incide en el carácter autorreferencial y autobiográfico del MTT, conformando un circuito ya conocido en la recuperación de memoria autobiográfica (Maguire et al. 2001). La asociación de esta red con eventos futuros es de esperarse dado que mediaría aspectos centrales del MTT independientemente de la orientación en el tiempo, p.ej. el área parahipocampal sostiene el procesamiento contextual (tanto visual como social) y solo estuvo activa durante la generación de detalles tanto para el pasado como para el futuro (Addis et al. 2007 p. 1374). El cingulado juega un papel en la autorreflexión e integración emoción/memoria durante la recuperación de episodios pasados, mientras que el precuneus se asocia a la imaginación de eventos (también a la estructuración del yo) y el área temporopolar a la recuperación de información semántica personal (ibid.). El CPI izquierdo aquí jugaría un papel prominente en cuanto a imaginación del futuro, y menor sobre el pasado, a pesar de habérsele asociado previamente a la consciencia de qué tan antiguo sea un recuerdo, debido precisamente a sus funciones como orientador de la recolección selectiva de detalles de los eventos, en tanto que la elaboración de un episodio futuro que sea coherente implica pues recombinar correctamente la información mnémica (ibid.). Aquí ‘correctamente’ significa que el proceso sea suficientemente autorreferencial.

Como hemos visto, el MTT se sustenta en diversos ejes de circuitos neurales, inicialmente temporo-parietal (incluyendo el córtex visual occipital) respecto a recuperación y ‘visualización’ de vivencias, e inmediatamente temporo-parieto-frontal respecto a procesos abstractivos de la generación imaginativa.

2.2. Neurocognición traslapada MTT/agencia sobrenatural


Figura 1. Véase que en el cerebro todo lo que implica ‘autoproyección’ (recuerdo, prospección y teoría de la mente) es prácticamente la misma red neural, abarcando un eje posterior/anterior medial en el cerebro que incluye ciertas regiones parietal/temporal (precuneus, inferoparietal, junción temporoparietal, temporomedial) y frontolímbicas (frontomedial, cingulado anterior); que además constituye el modo de funcionamiento ‘por defecto’ del cerebro, por ejemplo, activo cuando no realizamos tareas mentales y aún teniendo los ojos cerrados (adaptado de Buckner & Carroll 2007).


Figura 2. La agencia y los procesos directamente relacionados con ella en el cerebro. A. Numerosos estudios han reportado una notoria actividad en el córtex inferoparietal y supratemporal (junción temporoparietal) en el hesmiferio derecho, entre otras regiones del cerebro, en agencia, intención y causalidad: (1) Montague & Chiu 2007; (2) Farrer et al. 2003; (3) Ruby & Decety 2001; (4) Jackson & Decety 2004; (5) Blanke & Arzy 2005; (6) Decety et al. 2002; (7) Farrer et al. 2004; (8) Hamilton & Grafton 2006 sobre representación de meta; Blakemore et al. 2003 sobre detección de (9a) contingencia mecánica y (9b) contingencia intencional; (10) Andersen & Buneo 2002 sobre «mapeo de intenciones»; (11) Lou et al. 2004; (12) Preston & Newport 2008; (13) Desmurget et al. 2009; (14) Fugelsang et al. 2005; (15) Vogeley et al. 2001; (16) Tsakiris et al. 2008; (17) Decety & Lamm 2007; (18) Tankersley et al. 2007. B. Diversos aspectos de autoprocesamiento en los que la junción temporoparietal derecha juega un papel prominente (adaptado de Blanke & Arzy 2005). Nótese pues que tanto la ‘autoproyección’ como el estado ‘por defecto’ se traslapan con la agentividad. Todo esto evidencia que, en otros términos, el cerebro es un procesador agentivo por defecto.
(Pinchar en las imágenes para ampliarlas.)


Amplios aspectos neurales del MTT se traslapan con los sustratos de diversos componentes religiosos, empezando por la relación entre la interacción temporo-parietal y lo que se denominará «el espacio-tiempo intencional» de la experiencia mística. Se sabe que mientras el córtex parietal provee de un marco ‘egocéntrico’ - el sentido autorreferencial escénico y episódico, el córtex temporomedial (hipocampo/parahipocampo) lo hace de uno ‘alocéntrico’ - la consciencia del contexto escénico en sí mismo (Burgess, Jeffery & O’Keefe 1999; ver en googlebooks), estructurando así un «andamio para la experiencia y la imaginación» que es de naturaleza espacio-contextual (New York Times 2007; Hassabis et al. 2007). Amplia evidencia entre animales y humanos demuestra que la interacción hipocámpico–parietal es fundamental para la representación y la navegación espacial (Save & Poucet 2000, 2009; Whitlock et al. 2008). De hecho, el córtex parietal (posterior - CPP) y sobretodo el complejo hipocampal (incluyendo el córtex entorrinal, que sirve como interfaz entre el hipocampo y otras áreas cerebrales) contienen neuronas que se activan específicamente según la ubicación del individuo en el entorno (las denominadas ‘place cells’ –células de lugar, descubiertas en 1971), conformando auténticos «mapas cognitivos», es decir, rutas de disparo neurona→neurona que se corresponden con el recorrido real del individuo (Whitlock et al. 2008). Una serie de datos adicionales indican que el complejo hipocampal transferiría información de ubicación espacial hacia el CPP, desde donde se proyectaría al sistema de planificación motora (ibid. p. 14760).

Esta interacción hipocámpico–parietal incluye un efecto mediante el cual el hipocampo se activa en relación inversa a la actividad cortical. Como se ha visto en la meditación, la hipoactivación del CPP/CPI izquierdos y frontolateral/medial derechos se corresponde con una hiperactivación hipocampal (Mohandas 2008 pp. 68-70), lo que a su vez estimula a la amígdala y subsecuentemente al hipotálamo, conformando así los profundos rasgos emocionales, subjetivos y relajantes de tal experiencia religiosa (ibid.). Así pues, la sensación de unión con el universo, con el nirvana o con Dios, o de desaparición de los límites del yo, podría tener el siguiente esquema: (I) inicialmente, el aumento de actividad prefrontal (mayor hacia la derecha, reflejando el enfoque de la atención con el que comienza la meditación) estimula el tálamo y éste al CPP (y ambos a su vez al hipocampo) mediante el glutamato, sin embargo la excitación talámica provoca que otra región suya (el núcleo reticulado) pueda inhibir el envío de información sensorial al CPP mediante GABA, esto como parte del propio proceso hiper-atencional, lo que redunda en la sobre-estimulación hipocampal (Newberg & Iversen 2003 pp. 284-286), (II) en consecuencia, se produce un hiper-alocentrismo (las vivencias autorreferenciales propias del hipocampo son sentidas como si más bien fuesen extrarreferenciales), mientras que, (III) la hipo-funcionalidad en el CPP/CPI (el segundo implica además la junción temporoparietal) sobre intención/agencia y distinción yo/otros incide en la externalización agentiva (en otras palabras: el mundo alrededor se vuelve vívidamente intencional y pleno de contenidos mentales, habiendo incluso una específica sensación de presencia de agente externo), (IV) el desbordante sentido emocional simultáneo a todo lo anterior (debido a la fuerte estimulación hipocampo → amígdala) es, por último, lo que da el sentido «real» a la experiencia y no solo porque esta pueda adquirir coherencia racional (esto debido al registro de actividad prefrontal izquierda y su propia función lógico-narrativa: véase «El hemisferio izquierdo: patrones, hipótesis e ideas delirantes»).

V. Ramachandran ya había propuesto antes que cierta conexión entre el córtex temporal inferior y la amígdala confiere el profundo significado (emocional) a la experiencia religiosa (McKay 2004 pp. 3-4). A pesar de lo subjetivamente extraordinario de la experiencia, todo lo que implica no es otra cosa que una alteración específica de la representación social del entorno como ya varias veces se ha intentado mostrar en artículos previos (ver Neurociencia de la religión V, VI, VII), donde la AS aparece como un aspecto neurocognitivo de grado, una clase concreta de metarrepresentación dentro del sistema. Cabe aclarar que, a pesar que el estado meditativo evidencia que el MTT provee los recursos necesarios para ello, la cognición específica y suficientemente «realista» de la AS o el momento más profundo del éxtasis místico implica configuraciones precisas en el modo en que tales recursos funcionan y se interrelacionan, siendo así aún tema abierto para la neurociencia cognitiva, difícil por cierto, explicar evolutivamente porqué existen tales configuraciones.9

Entre tanto, el CPI y la región supratemporal inmediata adyacente conforman la junción temporoparietal, que sobretodo en el hemisferio derecho es un área ampliamente asociada al sentido de agencia (Decety & Lamm 2007) y que juega un rol específico en el pensamiento sobre los contenidos mentales de otros (Saxe & Kanwisher 2003; Perner et al. 2006; Scholz et al. 2009). Siendo fundamental en la ToM y la empatía, esta región consistentemente se asocia a conductas religiosas comunes (Schjoedt et al. 2009; Epley et al. 2009) y a experiencias extracorporales o agencia ilusoria (Arzy et al. 2006; Blanke & Arzy 2005; cf. Blanke et al. 2005). Y como se mencionó antes, parece claro que juega un papel específico y determinante en la espiritualidad (Urgesi et al. 2010; ver «EL «MÓDULO» DE LA ESPIRITUALIDAD EN EL CEREBRO»). Por otro lado, es de esperarse que la junción temporoparietal, en tanto que envuelta en MTT y agencia, juegue un papel en la conducta moral. El juicio moral respecto p.ej. a una acción implica la toma de decisiones, que «es el ejercicio de una capacidad para la agencia» (Gerrans & Kennett 2009) y en tanto ésta es central para la capacidad de inferir los estados mentales del actor, la junción temporoparietal es pues necesaria para tales juicios, sobre todo en el caso de intento de daño (Young et al. 2010). Al parecer esta región del cerebro representa un punto crítico de asociación neurocognitiva MTT/agencia.

Tal asociación se extiende a otras áreas temporales y adicionalmente, prefrontales. Identificamos previamente las áreas temporales medial e inferior con el reconocimiento facial y la pareidolia religiosa, notando que el reconocimiento corporal y facial comparten sustratos neurales (el surco temporal superior, que nos remite a la detección de movimiento biológico, y el giro fusiforme: Pinsk et al. 2009), hecho sugerente de que podemos percibir la agencia aún con rostro y cuerpo: dado que el lóbulo temporal tiene un papel fundamental en la AS (Boyer 2003, p. 122; cf. «Neuromapa 2»), consistentemente registrándose activo tanto en la experiencia religiosa (d’Aquili & Newberg 2000; Newberg et al. 2001; Beauregard & Paquette 2006) como en aspectos comunes de la religión (Kapogiannis et al. 2009; Schjoedt et al. 2009; Epley et al. 2009), entonces «ver» la AS se explicaría por estas funciones del córtex temporal (y también «oírla» en tanto que el plano temporal procesa la espacialidad del sonido: Deouell et al. 2007). Aquí la asociación MTT-AS es complementaria: el sistema de reconocimiento facial/corporal provee de ‘corporeización’ al viaje espaciotemporal. Nuevamente, imaginar la AS implica MTT en tanto que el área temporopolar, como se observó arriba vinculada a la recuperación de información semántica autorreferencial, es común al propio MTT, al rezo y las inferencias sobre Dios.

Respecto al córtex prefrontal ya vimos arriba que el área frontopolar (BA10) determina el grado de abstracción de los procesos autorreferenciales en cuanto a factor tiempo. Kapogiannis et al. (2009) registraron activación BA10-BA8 en las creencias «la voluntad de Dios dirige mis actos » o «Dios protege la vida de uno», explicando que el entendimiento de las acciones de agentes requiere autorreferencialidad, y que esto implica procesos de la Teoría de la Mente (ToM) precisamente sostenidos por estas áreas. De hecho, las regiones dorsal y ventromedial del córtex prefrontal juegan papeles decisivos, respectivamente, sobre la representación de estímulos autorrelevantes y la evaluación de estímulos autorreferenciales (ibid. p. 3). Así, Urgesi et al. (2010 p. 316) para resaltar que la autotrascendencia sea fundamentalmente parietal y ciertamente independiente de las creencias religiosas, notan que la segunda es predominantemente frontotemporal, el sistema dedicado a las representaciones de otros agentes. Previc (2006) similarmente propuso «un eje cortical ventral para el comportamiento religioso, envolviendo principalmente a las regiones frontal y temporal ventromediales» (aunque él no indica mayor distinción entre espiritualidad y religiosidad). Mientras tanto, las experiencias religiosas efectivamente se asocian de modo prominente a un eje frontodorsolateral-parietal (véase este cuadro que resume varios estudios). Ahora bien, el hecho de que un ateo padeciendo epilepsia del lóbulo temporal y los casos de pacientes con lesiones parietales estudiados por Urgesi et al. tengan experiencias místicas, cósmico-trascendentales, extracorporales o de sensación de presencia, evidencian que el fenómeno de hiper-agentividad externalizada es eminentemente (aunque no exclusivamente) posterior en el cerebro (córtex temporal y/o parietal o específicamente en la junción temporoparietal)10 y ciertamente independiente del córtex prefrontal.

O sea que, aparentemente hay dos mayores ejes asociados a la religión: uno frontoparietal y otro frontotemporal, el primero enfocado en procesos visuo-espacio-agentivos (p.ej. representación de ‘el espacio externo como agente intencional’) y el segundo envuelto sobretodo en la ToM (implicando subcomponentes como empatía y detección de señales sociales). La cognición religiosa se da en la unidad de ambos tanto en sentido dorsal/ventral como posterior/anterior. Así, los aspectos de integración de ambos sistemas estarían constituidos por el MTT y sentados en el circuito fronto-límbico (p.ej. el CCA y el hipocampo integran un circuito dedicado a regular las metas conceptuales abstractas), este último permitiendo sobredimensionar los rasgos socio-emocionales y de influencia extramental predominantemente prefrontales ventral/medial, marcando así una importante diferencia entre la cognición religiosa y el MTT. Este permite que la agencia se dimensione trans-espaciotemporalmente. Es decir, el simple reflejo perceptual de atribución de intención/causalidad, predominante o inicialmente posterior en el cerebro (occipital → temporal/parietal) adquiere los rasgos de metarrepresentación abstracta del circuito hipocámpico-prefrontal, a su vez que dimensionándose socio-emocionalmente.

3. Sobre evolución humana, encefalización, MTT y el origen de la religión

Si en efecto podemos distinguir entre espiritualidad (autotrascendencia) y religión (definida previamente como una diversidad de aspectos constituyentes que sin embargo se integran alrededor de la AS, cf. Guthrie en Andresen 2001, pp. 95-97, sobre la identificación de la religión con los dioses), ésta resulta fuertemente co-determinada por las funciones prefrontales lógico-narrativas, ejecutivas y de asociación sensorial/emocional/cognitiva, y por el propio grado de modulación de todo esto a través de la interacción con el medio (aglutinando tanto agentes externos tangibles o no, p.ej. personas o dioses, como objetos y circunstancias que disparan la agentividad, p.ej. amuletos o rituales sagrados). Parece que este es el caso de tales componentes como la moral, la conducta ritual y la sistematización/organización (p.ej. doctrina e institucionalidad religiosa), es decir, todo lo que implica interacción social explícita con significado emocional y altamente simbolizada, más los productos de esta interacción que pueden influenciar retroalimentativamente tal interacción social, p.ej. cuando los preceptos morales ‘divinos’ o la doctrina logran modificar el pensamiento y la conducta de grupos enteros de individuos. Y en tanto que esto implica una alta capacidad de ToM y de coordinación inter-individuos, es evidente el papel central del MTT y la agencia. Hay que recordar que los aspectos citados como la moral o la institucionalidad no son rasgos universales de la religión (esto en realidad se limita a unas pocas religiones aunque ciertamente sean las más extendidas –p.ej. las abrahámicas-; véase CONCEPTOS ERRÓNEOS SOBRE LA RELIGIÓN) y que sus componentes mínimos auténticamente universales son las creencias en y sobre agentes sobrenaturales y la interacción con ellos (p.ej. conductas rituales): el núcleo básico de la religión es pues el sistema MTT-agencia.

De todos modos, si bien la religión puede ser el subproducto de un conjunto de procesos cognitivos (habiendo por tanto que suponer que estos quedaron conectados durante la evolución humana, de lo contrario no sería posible que se integren alrededor de la AS), los aspectos socio-emocionales involucrados (p.ej. comunicar a otro individuo un sueño o una pareidolia) bien han podido «capturar» tales procesos para generar un tipo de cognición propia, es decir, los aspectos socio-emocionales son capaces de modular desde fuera ciertas funciones cognitivas (sistematizarlas y reorganizarlas). En tanto que las ideas contraintuitivas «capturan la atención, activan la intuición, y movilizan las inferencias en modos que facilitan enormemente su retención mnemónica, transmisión social, selección cultural, y supervivencia histórica» (Atran & Norenzayan 2004 p. 723)11, piénsese entonces en una circunstancia en la que la propia necesidad de tales narraciones en personas alrededor puede ser un poderoso estimulante para quien las genera (advierto que esto no es el popular mito secular de que la religión apareció porque a alguien se le ocurrió justamente eso mismo para sacar provecho de potenciales creyentes). De este modo, componentes religiosos que nos remiten a una dimensión fuertemente individual-privada p.ej. la autotrascendencia y ciertos estados perceptuales (desde ilusión óptica y pareidolia hasta delirio psicótico), al ser estimulados externamente pueden estructurar sólidamente una dimensión más bien pública-colectiva y aún, estructurarían el crecimiento de sistemas enteros de creencias y subsecuentes conductas dirigidas a estimularlas (ritos).

El desarrollo de la religión y su divergencia en diversas líneas de creencias y conductas debe implicar el concurso de muchos factores, que afectan el proceso de culturización comentado, y que pudieron presentarse independientemente y en momentos diferentes o relacionados y simultáneamente (algo que seguramente dependería de la propia ubicación espaciotemporal del individuo/grupo, así p.ej. en las sociedades amazónicas, fuertemente comunitarias, no se han dado espíritus asociados a la nieve ni el monoteísmo), abarcando siempre contingencias del espectro mental/conductual patológico y normal pero además circunstancias accidentales (p.ej. ingesta de sustancias que inducen estados alterados de consciencia). Dados algunos paralelos arqueológicos/geológicos y todo lo que sabemos sobre la agencia y el lenguaje, una circunstancia crítica como la catástrofe de Toba (hace ± 70,000 años) podría ilustrarnos un factor fundamental: los estados perceptivos (ciertamente privados) pudieron estar sometidos a una presión tal que terminaron haciéndose públicos. Juegan como sugerentes ejemplos la presencia de pareidolia en situaciones de sobrecarga emocional (Araguz et al. 2002 p. 638), el incremento del pensamiento mágico, conducta supersticiosa y causalidad bajo condiciones de estrés (Keinan 2002; 2005) y por supuesto, ver los eventos naturales como manifestaciones de intencionalidad (Bering & Parker 2006 pp. 253-254). Este hecho luego estructuró lo que hoy conocemos como religión, aunque no significa que algo más primitivo similar al animismo y de hecho aspectos como la autotrascendencia o el pensamiento mágico sean pre-existentes. A la catástrofe de Toba se han asociado aspectos como el cuello de botella genético humano - la reducción de la población humana a incluso unos pocos miles de individuos (hace ± 50,000 años), la migración fuera de África (60,000/70,000 años) y el surgimiento de estrategias conductuales más eficientes vinculadas al aumento poblacional. Una idea tentativa, aunque hasta cierto punto especulativa (creo que no puede ser de otro modo), es que, dado un elevado grado de mortandad, reducido número de individuos y consecuentes necesidades urgentes de conducta social eficaz y mayor precisión cognitiva respecto a la consecución recursos alimenticios, p.ej. conocer y predecir patrones de conducta de presas y depredadores, aspectos como la agencia y el MTT debieron estar bajo una enorme presión selectiva. Con todo esto es bastante razonable que entre otros resultados como el lenguaje y la ampliación de la ToM, estuviese el surgimiento de las ideas sobre la vida después de la muerte como parte de una general hipertrofia visuoespacial-agentiva.

Para Suddendorf & Corballis (1997), la evidencia de entierros realizados por neandertal entre 100,000 y 35,000 años atrás señala quizás un paso final en la madurez del MTT, el punto en que se pueden idear viajes en el tiempo corporalmente o al menos con algún sentido de corporeización, tal como ocurre con la idea de agencia humana trascendiendo la muerte: los espíritus. Una vez que adquirimos la posibilidad de idear escenarios y agentes trans-espaciotemporales capaces de dar asiento a creencias de vida después de la muerte, para los autores, nació la religión. Habría que precisar que los entierros neandertales son difícilmente aceptados como de naturaleza ritual (p.ej. Wunn 2000) y estos pertenecen más bien al Homo sapiens (el consenso entre los expertos es que los entierros de indudable carácter ritual comienzan hace 30,000/40,000 años); lo que no quita validez a la hipótesis, sino que, como se verá más adelante, es ciertamente consistente con diversos datos sobre la encefalización sapiens. Así pues, en apoyo del argumento se pueden hacer sugerentes paralelos neuroevolutivos y arqueológicos que involucren la encefalización homínida, el consecuente incremento y sofisticación de las capacidades y procesos cognitivos asociados a la religión y la aparición de pruebas indiscutibles de cognición religiosa (modestamente limitadas al tema del entierro). Suddendorf & Corballis ya adelantaron que, en tanto que el MTT se asocia de igual modo al hipocampo y al córtex prefrontal, la expansión de ésta última región cerebral probablemente durante el pleistoceno indicaría el surgimiento del MTT (Suddendorf, Addis & Corballis 2009 p. 1321). Aunque, parece que el asunto es bastante más complejo e implica no solo aspectos de expansión de volumen cortical prefrontal, sino de otras regiones cerebrales y además fundamentales cambios en el tejido neural. Dado que la conectividad entre diferentes regiones/funciones cerebrales es un presupuesto en este artículo, hay datos que muestran que es precisamente la capacidad neuro-conectiva (p.ej. mayor volumen de materia blanca en el córtex frontal y temporal) algo distintivo en el hombre en comparación con los grandes cerebros cetáceos como entre primates (Jung & Haier 2007 pp. 136-137). «Así, las capacidades cognitivas compartidas entre cetáceos, primates no humanos, y humanos –incluyendo autorreconocimiento, comunicación basada en símbolos, abstracción, y estructuras sociales complejas- están asociadas más con rasgos cerebrales remarcadamente diferentes que con el tamaño solamente» (ibid.).

En «NEUROCIENCIA DE LA RELIGIÓN (III): PALEONEUROLOGÍA, MATEMÁTICAS Y CREENCIA SOBRENATURAL» vimos que es en realidad la zona cerebral comprendiendo los lóbulos temporal y parietal la que aumentó volumétricamente durante la hominización, sobretodo en tiempos recientes post-ergaster y casi exclusivamente sapiens; esto de modo más significativo en proporción al aumento total del cerebro comparado con el resto de primates vivientes y respecto a la expansión frontal. No serán pues sorpresivos los resultados paleoneurológicos de Bruner et al. (2003), sino que son del todo esperables. Estos autores (participa J.L. Arsuaga) hallaron un patrón de encefalización durante la hominización de modo parejo hasta llegar al linaje neandertal, que sin embargo cambia en la línea evolutiva hacia el Homo sapiens: se produce una globularización parietal. La clásica referencia a la «frente alta» en cuanto a la hominización es ciertamente menos notoria que la forma redondeada de la cabeza humana. Incluso se ha hipotetizado que el desarrollo parietal tuvo un rol en la radiación de los primeros homínidos debido al consecuente incremento de sus potenciales visuoespaciales y de integración de información sensorial, esto como prerrequisito para el lenguaje y de hecho como la base directa de una mayor competencia socio-comunicativa (Holloway en Changeaux 1995 pp. 42-54). De inmediato es evidente que esto se asocia a la sofisticación de la conducta social humana (lo que incluye la posterior evolución del lenguaje articulado), en tanto que allí se sientan aspectos como la atribución de agencia (p.ej. se ha denominado al CPI derecho «comparador» yo/otros: Preston & Newport 2008), ampliamente reconocida como pieza clave de la conducta humana.

Los datos pertinentes se hacen aún más interesantes al saber que es hacia el hemisferio derecho donde se ha producido la mayor expansión temporal-parietal y que además, por neuroanatomía comparada con especies vivientes, sabemos que cerebros más grandes implican mayor interconexión entre redes neurales que procesan información (Schoenemann 2006), en lo que vimos que el cerebro humano es superior. Aunque no hay ningún dato indiscutible de que eso sea la causa neuroevolutiva de la religión, toda información que tenemos a disposición así lo sugiere. P.ej., si esta expansión significó conectar neurocircuitos como los dedicados a la memoria, la ubicación espacial, la agencia y aspectos somatosensoriales, o aún, si significó el surgimiento de una nueva red sensorial dedicada al tiempo (el ‘when’: Battelli et al. 2007) desarrollada a partir del procesamiento visual y traslapada neurofuncionalmente con las funciones anteriores, entonces un efecto esperable es, precisamente, que sea posible representar la agencia trans-especiotemporalmente.

Tal expansión pudo consistir concretamente en un sistema perisilviano de cableados (imagen de la izquierda) corriendo paralelamente en los hemisferios izquierdo y derecho, especializándose respectivamente en el lenguaje y una mayor capacidad visuoespacial; a esto apunta la evidencia del mayor volumen de materia blanca en el cerebro humano (que es precisamente la que conforma las conexiones entre regiones corticales). Otro cuerpo de datos que sería relevante mencionar muestra un alto grado de control genético (de la materia gris o córtex) «ampliamente restringido al córtex asociativo perisilviano lingüístico y espacial», esto es, que las regiones más condicionadas genéticamente son la occipito-temporoparietal (incluyendo el área de Wernicke), sensoriomotora, supratemporal y en un notorio menor grado el lóbulo frontal excepto las áreas de Broca y orbitofrontal derecha (Thompson 2001 p. 2 Fig 1; Toga & Thompson 2005). Mientras que respecto a la materia blanca y el control genético, este es el más alto en la parte posterior del cerebro, en el lóbulo parietal, y nuevamente menor en el lóbulo frontal (Chiang et al. 2009); consistente con esto el cuerpo calloso en su parte posterior (el esplenio, conectando interhemisféricamente los lóbulos parietales) presenta mayor control genético, mientras que su parte anterior (el genu, interconectando los lóbulos prefrontales) es más susceptible de influencia ambiental (Toga & Thompson 2005 p. 11). Adicionalmente, el volumen del hipocampo muestra una baja regulación genética, lo que sugiere que una interacción genético/ambiental ejerce una prolongada influencia en el tamaño hipocampal, compatible con su plasticidad y función capital en el aprendizaje y la codificación de la memoria (Toga & Thompson 2005 p. 10). Lo mismo podemos decir sobre el córtex prefrontal respecto a su función de planificación y ejecución de la conducta en tanto que esto implica la interacción con otros individuos, con la notable excepción de sus funciones narrativas (área de Broca) y de modulación emocional (área orbitofrontal).

Todo esto nos evidencia un rol específico de la selección natural en estas regiones, por un lado, y por otro el grado de predeterminación evolutivo-adaptativa que puedan tener sus funciones, indicándonos además que en el cerebro hay una direccionalidad posterior (occipital, parietal, temporal) → anterior (prefrontal) correlacionada con la gradación de mayor a menor influencia genética e inversa a la influencia ambiental. Esto, respectivamente, da consistencia a las sugerencias de que la agencia y la visuoespacialidad debieron sufrir una fuerte presión selectiva, y de que hay una direccionalidad neuroanatómica posterior→anterior de los componentes de la cognición religiosa (a través de una red perisilviana en el cerebro, ver el «Neuromapa 2») que ahora la enfoco a la luz de su consistencia con el grado de regulación genética/ambiental que muestra pues un patrón mayor→menor/posterior→anterior. Esto se vincula al papel prominente de las regiones temporal/parietal en cuanto al carácter modular y automático de la atribución de agencia, asociada al MTT, que son subyacentes a aspectos como la autotrascendencia y el pensamiento mágico, vistos estos como más primitivos y generales (es decir que se manifiestan de modo global en una amplia gama de rasgos humanos y no exclusivamente en la religión). Entre tanto, el que la parte anterior del cerebro sea más sensible a la influencia ambiental se asocia a la sugerencia de que el córtex prefrontal (y el hipocampo) estén envueltos en la interacción con aspectos externos (socioculturales) y que por tanto juegan un papel decisivo en los aspectos más altamente organizados de la religión (moral, ritual, institucionalidad), papel que implica que durante tal proceso estas regiones anteriores pueden modular los procesos asociativos posteriores (cf. Harris et al. 2007 p. 141, respecto a que la influencia prefrontal sobre la conducta implica un proceso de arriba-hacia-abajo). Para remarcar este punto y con lo hasta aquí expuesto, está claro que el cerebro homínido terminó convirtiéndose en uno potentemente prospectivo y social: hizo posible expresar y comprender «quién hizo qué a quién» (Suddendorf, Addis & Corballis 2009 p. 1320).

Los autores notan que nuestra capacidad predictiva, un resultado directo de poseer sentido secuencial de episodios y un identificador de causalidad y patrones - una indudable estrategia de supervivencia, por sí sola genera una serie de errores y sesgos y que una sencilla solución fue comunicar a alguien más sobre qué o hacia quién nos estamos proyectando para pensar o actuar. El intercambio implícito de pareceres será, por regla general, una mejor guía que las propias simulaciones parciales. Así, una función adaptativa del lenguaje puede ser permitirnos mejorar nuestro MTT utilizando las descripciones que otros nos pueden ofrecer sobre el futuro (ibid. p. 1322). Mientras tanto es fácil, por un lado, ver en este contexto comunicativo cómo podrían haber surgido las creencias religiosas y por otro lado es ampliamente sabido que sobre la religión, típicamente, se busca explicarla mediante su carácter socio-cohesivo. El lenguaje y la religión prácticamente cumplirían la misma función adaptativa o por lo menos habría que suponer que aparecieron paralelamente - recordemos lo de la especialización interhemisférica de las grandes redes perisilvianas: la confluencia de sistemas cognitivos pudo permitir la cognición religiosa, mientras el lado izquierdo se dedicaba al lenguaje. Y aunque hay suficientes razones neuroanatómicas y cognitivas para sostener esta idea (p.ej. suele asociarse el hemisferio derecho a la religión: Spilka 2003 p. 265), sin embargo es mucho menos consistente, o simplemente inexistente, el aspecto genético asociado a la religión. Además, resulta más plausible pensar que las creencias religiosas compartidas sean posteriores al lenguaje, ya que sin una capacidad comunicativa eficiente es dudoso que aparezcan creencias explícitas y públicas transmisibles generacionalmente. Sin embargo aspectos que llamaré proto-religiosos bien pudieron existir en una dimensión individual y/o no necesariamente comunicable a otros. Buenos ejemplos, como arriba comentaba, pueden ser el pensamiento mágico (que podría simplemente verse como un natural procesamiento hiper-causal de la percepción) y los estados alterados de consciencia. Volveré a notar que mientras es muy probable que haya una base genética de la autotrascendencia o del pensamiento mágico, lo que llamamos ‘religión’, como si fuese un todo integrado o «un rasgo» de la personalidad, sencillamente no puede ser algo genético, no al menos directa ni específicamente. Asumimos pues que ‘religión’ es «una colección entera de comportamientos y representaciones mentales» (Boyer & Bergstrom 2008), «una multitud de comportamientos, creencias, y experiencias que son el output de ciertos mecanismos cognitivos» (Pyysiäinen 2006 p. 9). Por tanto, ella es altamente probable un efecto derivado o el subproducto de la expansión temporal-parietal y la especialización prefrontal en cognición social, narrativa y abstracción, incluyendo pues el MTT.

Para reforzar esta hipótesis, es fundamental notar que si bien la expansión del córtex frontal humano no resulta tan grande respecto al tamaño total del cerebro (comparando tal proporción con las de otros primates), en cambio dos aspectos sientan su importancia en la cognición humana; primero, su área más anterior, la frontopolar o BA10, sí es desproporcionadamente más grande que en el resto de primates vivientes (Allman et al. 2002). P.ej., mientras la región frontoinsular es 1.5 veces más grande en humanos vs. póngidos, la BA10 lo es 6.6 veces más. Segundo, cambios a nivel no tanto volumétricos sino de significativa reorganización celular (neuronas en huso) han afectado exclusivamente a específicas áreas frontolímbicas (CCA y córtex insular -CI), lo que se ha asociado al surgimiento de altas facultades cognitivas. Allman et al. (2002) muestran la asociación directa entre ambas áreas (CCA/BA10) a efectos evaluar, dirigir y ejecutar adaptativamente la conducta, en tanto que el CCA hace consciente las discrepancias entre el estado actual y los deseos del individuo e inicia la conducta para mejorar tal estado (como un detector de errores integrando emoción y cognición: Bush et al. 2000; Botvinick et al. 2004), mientras que el BA10 compara el estado actual con las experiencias pasadas, calcula probabilidades de recompensa, formula estrategias y hace elecciones basadas en tales cálculos (Allman et al. 2002 p. 343). Ahora bien, otro tipo de neurona, la piramidal, resulta igualmente fundamental en el aumento de la complejidad cognitiva, habiendo p.ej. un claro patrón de incremento en la conectividad interneuronal dado por el correlativo incremento de espinas dendríticas de esta neurona, patrón que progresa de las regiones posteriores hacia las anteriores del cerebro y es el más alto en el córtex prefrontal. Jacobs et al. (1998) hallaron dos áreas presentando la mayor arborización dendrítica piramidal, BA10 y BA18 (la última en el lóbulo occipital, ambas implicadas en el procesamiento visual), siendo aún mayor en la primera, y luego confirmaron que en la BA10 se registra el más alto índice de espinas dendríticas y sinapsis piramidales del córtex cerebral, comparado con otras áreas de jerarquía funcional como la somatosensorial/motora y la del lenguaje (Broca + Wernicke) en cuanto a integración de información, lo que demuestra el incremento y la jerarquía posterior→anterior en los altos procesos asociativos (Jacobs et al. 2001). Los resultados de Elston (2003) volvieron a confirmaron tal patrón.

Para Allman et al. (2002 pp. 343-344) el incremento del tamaño del BA10 (agregando el asunto de la máxima reorganización citoarquitectónica en él) y de la densidad de neuronas en huso en el CCA en humanos, fueron parte de un conjunto de adaptaciones relacionadas a las nuevas necesidades económicas que implicó el aumento de individuos dentro de la familia, esto considerado como una especialización clave en la conducta humana; lo que nos remite al escenario hipotético de la catástrofe de Toba y lo argumentado. En esta hipótesis, los autores se refieren a que los humanos encontraron estrategias alternativas para la transferencia de alimento e información de tal modo que redujera esfuerzos (p.ej. minimizando el consumo de calorías en el proceso), correlativo al aumento del número de individuos dentro de la familia. El CCA se vincula a muchas funciones de naturaleza muy diversa ampliamente compartidas entre los mamíferos, desde la conducta social hasta la modulación visceromotora, p.ej. aspectos humanos como el aprendizaje emocional condicionado, la asignación de valor emocional a los estímulos externos y las relaciones madre-hijo, o aspectos distantes como la salivación y la sensación de hambre (Devinsky et al. 1995), por tanto, y de hecho como parte del sistema límbico, es una región filogenéticamente antigua y tal parece que su reorganización neuroevolutiva implicó que las funciones visceromotoras cedieran paso a aspectos conductuales y socio-emocionales. En todo caso, el evidente traslapado de funciones significa que la vinculación cognición/emoción/visceromotora pudo moldear el desarrollo de la conducta social humana (p.ej. la adquisición de comida asociada a cambios en la expectativa de recompensa activa el CCA en monos: Allman et al. 2002 p. 345; otro tanto se puede decir de la sensación hambre/saciación en humanos: Tataranni et al. 1999 pp. 4572-4573). La eficiente cacería y búsqueda de comida implica aprendizaje, conocimiento y apropiada aplicación de técnicas especializadas, que requieren la recuperación de memoria episódica y la evaluación de probabilidad que activa tanto al CCA como al BA10. Esto, agrego, debe involucrar al sistema de recompensa. Además, en esta hipótesis debe tener especial relevancia el altruismo, que mientras constituido por la empatía y la percepción de intenciones de otros (Tankersley et al. 2007), tiene por tanto como prerrequisito la agencia en el surco temporal superior, especialmente el derecho (ibid.; Montague & Chiu 2007).

Hemos visto más arriba el papel del BA10 y el CCA en el MTT y luego cómo la asociación entre ambas áreas pudo jugar un papel clave en el desarrollo de la conducta humana. Y en otro artículo vimos la asociación BA10/cognición religiosa (cf. NEUROCIENCIA DE LA RELIGION (VII) al respecto); de hecho, a la luz de sus funciones y su neuroevolución, tal área representaría un aspecto complementario en la religión pero determinante en cuanto a aspectos de construcción de conceptos abstractos. P.ej., ciertas creencias modernas sobre ‘Dios’, que obviamente parten del cristianismo, sin embargo estipulan que (él) no interviene en nuestras vidas o en las contingencias del universo y que puede incluso «ubicarse» fuera del propio universo, en una «dimensión» inescrutable que casi «escapa» a nuestro propio entendimiento, o que es una especie de «energía» indeterminable pero que está presente en todo como propone la teología cuántica, todas estas ideaciones no pueden ser sino productos agencia + MTT fuertemente determinados por las funciones del BA10 o más extensamente la red CPP/CPI/temporomedial/frontopolar. Es probable que estas ideas de ‘Dios’ altamente abstractas solo puedan aparecer muy tardíamente en la historia humana (teniendo en cuenta que la especie surge hace ± 200,000 años), con la madurez de sistemas enteros de pensamientos dentro del desarrollo cultural. El panteísmo o el taoísmo tienen reminiscencias animistas: hay un subyacente sentido numinoso del mundo en último término, sin embargo la multitud de agentes (espíritus) que constantemente interactúan con las personas parece haberse abstraído a una única entidad. Mientras que en el animismo los espíritus son claramente «personas» descorporeizadas, el panteísmo supone una aún mayor abstracción de la AS, al punto de que consiste en una vaga intencionalidad. O sea que en última instancia, el panteísmo o el Qi se trata de «una mente sin espacialidad», una abstracción extremadamente contraintuitiva (Pyysiäinen 2009 pp. 29-30, 67), y seguramente por ello este tipo de agentes están envueltos en un aura de inconmensurabilidad cognitiva (solo una «profunda iluminación» permitiría aprehenderlos). Lo que intento es proponer que la agencia y el MTT se combinan de diferentes modos o existen diversos grados en que confluyen y se traslapan junto con otros sistemas como la ToM o la cognición moral, y que esto puede identificarse y demostrarse en la enorme variedad de agentes sobrenaturales, desde los espíritus y las hadas hasta las sociedades jerárquicas de dioses, el Dios único y el Qì. Hay pues una evolución agencia → AS canalizada por el MTT, esto es, el paso del simple reflejo cognitivo de detectar/atribuir animación que podría ser inherente a un extenso grupo de animales (como propone Guthrie), a la cognición de intencionalidad de los primates superiores y la hiperdetección/hiperatribución de mentalidad exclusiva en el hombre, posiblemente solo en la última fase de la hominización (Pyysiäinen 2009 p. 68).

No podemos saber cuándo ni con qué forma surgió la religión. Sin embargo, si a la luz de la ciencia cognitiva parece claro que «no pueden haber representaciones de agentes sobrenaturales a no ser que hayan representaciones intuitivas de animación y mentalidad (conceptos de “alma”)» (ibid.) y si se pone en evidencia el paralelo entre la hipótesis sobre la aparición del MTT (sustrayendo el asunto de si es o no exclusivamente humano) y las hipótesis de la religión en el pleistoceno (p.ej. Lieberman 1991 p. 163), parece que la AS surge junto con el MTT.

Adicionalmente, la región frontolímbica también experimentó cierta expansión significativa (Bruner 2003) y vimos que el CCA forma parte del MTT (como se comentó, asociado al hipocampo), y se ha mostrado que en calidad de detector de errores participa de modo fundamental en la modulación de la reacción ansiosa ante un error: el grado de convicción religiosa correlaciona proporcionalmente con la hipofunción del CAA (Inzlicht et al. 2009). Esto significa que «una supresión de la reacción ante la incertidumbre parece ser un mecanismo por el cual las creencias religiosas pueden ayudar a reducir la angustia» (ibid. p. 6). Aunque este mecanismo debe funcionar respecto a la convicción en cualquier tipo de creencia, el asunto es que esta modulación de la credulidad en el CCA debe ser parte de la estrategia adaptativa asociada a la expansión poblacional: el aumento de la credulidad implicando estados ansiolíticos de hecho cohesiona a los individuos. Consistentemente con Inzlicht et al. antes Harris et al. (2007) no encontraron activación del CCA en cuanto a la aceptación de creencias en general (no solo religiosas), sino prefrontal ventromedial, y sí en cuanto en cuanto a descreencia e incertidumbre.


Hay más detalles a notar respecto a la expansión frontal. La encefalización humana muestra un patrón de crecimiento asimétrico hacia adelante en el hemisferio derecho, denominado ‘petalia frontal’, y hacia atrás en el hemisferio izquierdo - ‘petalia occipital’ (ver el gráfico de la derecha, donde el cerebro se muestra ventralmente; y Figura 4, con el cerebro visto dorsalmente). Nuevamente, este fenómeno se puede asociar a diversos aspectos neurofuncionales y neurofisiológicos subyacentes a la cognición religiosa. Como observado en Neurociencia de la religión (III), la petalia frontal-derecha es mayor en las áreas frontales orbital (CPFO) y dorsolateral (CPFDL), el surco temporal superior y la ínsula (CI). En ese artículo se refirieron 3 puntos y referencias adicionales que es necesario retomar aquí: la asimetría volumétrica hacia la derecha del CI y la directa conexión entre ésta y CPFO/CCA/lóbulo temporal, la conexión BA10-CAA, y el ya apuntado elevado contendido de neuronas en huso en CCA/CI y piramidales en BA10. Todas estas regiones conforman el ‘cerebro social’ o ToM, o aún en otros términos el ‘cerebro moral’, consistiendo fundamentalmente en intuir qué hay en la mente de los demás (cf. Blakemore 2008 pp. 267-268; Tirapu-Ustárroz et al. 2007), y es evidente que ha sido favorecido neuroevolutivamente. Tal como se dijo, de hecho esto se considera una especialización filogenética tras una revisión del data acumulado: Allman et al. (2002). Más aún, se ha visto un eje medial en el cerebro (regiones cingulado posterior/anterior, precuneus, prefrontal medial, CPI, CPFO) como el «modo por defecto» del funcionamiento cerebral (exhibe mayor metabolismo que el resto de regiones en estados pasivos o de descanso), cuyas diversas funciones hemos venido notando se vinculan al procesamiento autorreferencial, ToM, discurso interior, recuperar/manipular memorias y desarrollo de futuros planes (Greicius et al. 2003; Crespi & Badcock 2008 p. 255). Este modo por defecto no es sino un permanente MTT. Entre tanto, el circuito BA10/CCA/CI sostiene la evaluación de las afirmaciones religiosas (Harris et al. 2009) junto con otras regiones propias del MTT: nótese en este estudio (p. 4, Figura 2 «Religious versus nonreligious statements» y Tabla 3 «Religious minus nonreligious statements») que la mayor actividad se registra en el lóbulo parietal (precuneus/surco intraparietal) seguida de las regiones frontopolar y frontolímbica. Algunos de estos autores mostraron previamente que el córtex prefrontal medial (ventromedial) e insular, funcionan como un filtro verdadero/falso de modo más amplio, sobre cualquier proposición (Harris et al. 2007), comentando que «aunque muchas áreas de la cognición superior tienden a estar involucradas en la evaluación del valor de veracidad de las proposiciones lingüísticas, la aceptación final de un enunciado como “verdadero” o su rechazo como “falso” parece basarse en algo más primitivo, el procesamiento hedónico en el córtex prefrontal medial y la ínsula anterior.» Esto nos remite a la expectativa de recompensa (ibid. p. 145), el sistema dopaminérgico prefrontal-gangliobasal.12


Figura 3. Esquema que ilustra los ejes sugeridos estructurando la cognición religiosa. CPP: córtex parietal posterior; CPI: córtex parietal inferior; JTP: junción temporoparietal; CTS: córtex temporal superior; CF: córtex fusiforme; GPH: giro parahipocámpico (CF y GPH se ubican en la cara ventral del lóbulo temporal); Hi: hipocampo (ubicado internamente en la región medial del lóbulo temporal); CCA: córtex cingulado anterior (ubicado internamente en la región frontomedial); CPO: córtex prefrontal orbital u orbitofrontal; CPVM: córtex prefrontal ventromedial; CPDL: córtex prefrontal dorsolateral; BA10: córtex frontopolar o Área 10 de Brodmann.


Figura 4. Ilustración de algunos rasgos evolutivos y de especialización hemisférica en el cerebro asociados a la religión. La flecha bidireccional color blanco indica de modo simplificado «el tracto» neurocognitivo de la religión. I: hemisferio izquierdo; D: hemisferio derecho.


En otras palabras, la neuroevolución ha formado un cerebro que permanentemente viaja en el tiempo y siente placer cuando tiene una certeza, cosa que no puede dejar de asociarse al hecho de que este cerebro sea precisamente un buscador de patrones, causalidades y agencias en lo que necesita pues, estar seguro de lo que percibe, intuye o idea para actuar. El alto valor adaptativo que esto encierra, como permitir elaborar estrategias cada vez más eficientes de búsqueda de alimento (p.ej. conocer al patrón de la conducta migratoria de las presas o de la frutescencia) o capacitar para la formación de redes sociales más sofisticadas (p.ej. agudizar nuestras intuiciones sobre los deseos de otros sujetos), se puede elucidar mediante ciertos datos mostrando un desbalance hacia la derecha en cuanto a la modulación dopaminérgica/prefrontal del pensamiento mágico. Retomando el concepto previamente apuntado de que el pensamiento mágico «primariamente compromete una tendencia a asumir significados ocultos en configuraciones aleatorias y a insistir en una determinación causal de coincidencias» (Mohr et al. 2003), podemos entonces ver que lo denominado «patronicidad» y «agentividad» (Shermer 2009; ver artículo traducido en nuestro foro) tiene una gradación funcional: en tanto que «la selección natural habría favorecido aquellos animales que más apropiadamente suponen que todos los patrones son reales», el pensamiento mágico no es sino un punto medio-alto en la imaginaria curva funcional de la agencia - en el extremo superior se ubicaría el delirio paranoide,13 mientras que la hipoagentividad se asocia al autismo.14 Y de acuerdo a lo demostrado a través de varios estudios, la hiperdopaminergia lateralizada hacia la derecha modula el propio nivel de pensamiento mágico (Brugger & Graves 1997; Nalçaci et al. 2000; Mohr et al. 2003), definiéndose incluso tal gradación como resultado y a la vez indicador del normal desbalance hemisférico, hacia la derecha, en la actividad de la dopamina (Taylor et al. 2002; Brugger et al. 2007).

Para Previc (2006) la dopamina es de entre los muchos neurotransmisores recurrentemente asociados a la religión, el más importante. De hecho el autor hipotetiza que, notando la laguna de tiempo entre la aparición del hombre moderno (± 200,000 años) y la repentina evidencia abundante de arte y religión (± 40,000 años, el supuesto «big bang» de la evolución humana), otros factores además del tamaño y la forma del cerebro deben haber jugado aquí: la expansión del sistema dopaminérgico. La creciente «proyección» hacia el espacio distante de Previc es un concepto equivalente al MTT, siendo ambas capacidades deficientes en chimpancés, cuya conducta se limita al espacio peripersonal (lo cercano e inmediato al campo visual y de acción) y claro, en humanos el sistema dopaminérgico tiene prácticamente el doble de extensión en comparación con chimpancés (ibid. p. 525). Por cierto, de la tribu Pirahã, con su prácticamente nula referencia lingüística sobre el futuro, se dice similarmente que «viven en gran parte en el presente» (Suddendorf & Corballis 2009 p. 1321). Aunque no hay ningún estudio sólidamente concluyente, no puede dejarse pasar el vínculo, que precisamente observa Previc, entre la imaginación, las creencias religiosas, el genio creativo y el espectro patológico conformado por la esquizofrenia y la manía, tal como si todos integraran un continuum en el que la dopamina aparece como un factor clave. Básicamente es lo mismo que aquí se sostiene sobre la gradación de la agencia+MTT; sin embargo, esto implica la ampliación de la arquitectura neurocognitiva de la religión a más regiones cerebrales que las propuestas por Previc (2006), de hecho, considerando que sin la red temporoparietal no sería posible la religión, en tanto que extensión de la agencia (de acuerdo con Guthrie). De todos modos, lo de primera importancia es simultáneamente la expansión volumétrica y la creciente neuroconectividad (tanto cantidad como velocidad de conexiones) que experimentó el cerebro en la hominización.

4. Conclusión

El ser humano normalmente y en óptimas condiciones es capaz de alcanzar el cuarto o quinto orden de metarrepresentación de la intencionalidad, a comparación de los chimpancés que con esfuerzo logran un primer orden (Pyysiäinen 2009 p. 19). Esta potenciación del cerebro social o la extensión de la capacidad de ToM no parece posible sin la existencia de una cronestesia o MTT. Este nivel de ToM se ha asociado a la capacidad de recursividad (ibid.), con lo que ello, el lenguaje y el MTT quedan íntimamente relacionados, en tanto que hablamos de cognición que parece exclusivamente humana. Ya capaces de un tercer orden de metarrepresentación de intencionalidad («él piensa que ella cree que él quiere»), los niños de 6-7 años «son también capaces de considerar los acontecimientos arbitrarios como simbólicos y declarativos de los estados mentales de un agente sobrenatural» (ibid.). Así, estando ante un cerebro definitivamente hipersocial, de modo básico el ser humano resulta ser un «mentalista», es decir, para este cerebro prácticamente todo es agencia o por lo menos es susceptible de serlo, mientras que paralelamente la metarrepresenta en diversos grados u órdenes de espaciotemporalidad. Esto, más que una capacidad discretamente relevante a ciertos aspectos conductuales, es un estado general y por defecto de la cognición humana: estamos programados pues para ver caras en las nubes, oír voces en el viento e intuir intencionalidad en circunstancias emocionalmente significativas, que entre más involucren estados emocionales más excitarán la hiperagentividad. En tanto que la agentividad/patronicidad, el MTT y la expansión dopaminérgica o en suma, el «mentalismo», es fundamental para el arte, el lenguaje, la religión y la ciencia, asumo que todo lo expuesto y comentado no es exclusivamente sobre religión sino sobre lo que nos distingue de los animales; mientras que la esquizofrenia parece ser el siguiente grado, pero inmediato, en la escala de mentalismo. Esto explica el contenido mayormente religioso del delirio psicótico.

La evidencia paleoneurológica está lo suficientemente correlacionada con la arqueológica (aún a pesar de la pobreza de evidencia sobre religión prehistórica), como para hipotetizar de modo plausible sobre posibles factores y escenarios que causaron la aparición de la religión. La reorganización citoarquitectónica prefrontolímbica (BA10/CCA) ha hecho que el MTT esté asociado a la integración cognitivo-emocional y la recuperación de la memoria, que mientras pudo esculpir las directrices de nuestra conducta social, permitió además, conjuntamente con la expansión temporoparietal, la antropomorfización del mundo que nos rodea. Considero que el MTT como concepto es muy útil para reforzar la sugerencia de que la cognición religiosa es una expresión de la intersección de las funciones visuoespaciales y sociales. Una ‘pechina evolutiva’ pues, en palabras de Gould. Ahora bien, en un sentido cronológico evolutivo, la agencia (en tanto que neurobiológicamente simple, p.ej. modular y bajo mayor control genético que influencia ambiental), es anterior al MTT. Esto lo comento debido a que los citados Gerrans & Kennett (2009) argumentan que la agencia es posible con el MTT, es decir que parecería implicar lo contrario a lo dicho. Sin embargo los autores nos están hablando precisamente de aquella capacidad para metarrepresentar a otros individuos trans-espaciotemporalmente, que es pues en base a lo que se pueden emitir juicios morales. Es decir que la conducta moral humana habría emergido debido a la implementación del MTT en aspectos socio-conductuales pre-existentes como p.ej. la empatía, que de modo más claro es filogenéticamente antigua. De modo análogo y de hecho directamente relacionado, siguiendo en una perspectiva evolutiva he intentado mostrar que el MTT implementa un más simple ‘reflejo de agencia’ (p.ej. retrotraída a la detección de movimiento biológico) para producir una, en comparación sofisticada, ‘agencia humana’ (la extensión de la ToM hasta un quinto orden de metarrepresentación agentiva), que es exclusiva pues de nuestra especie y que no es sino un «mentalismo» fuertemente autorreferencial y ciertamente exagerado pero funcionalmente permanente e inmanente. Esto define la cognición humana, o más aún, la «naturaleza humana», muy probablemente debido a dos factores de carácter neuro-evolutivo (la expansión temporo-parietal y la reorganización citoarquiectónica BA10/CCA). Ambos factores redundan en la potenciación de la neuroconectividad, la multiplicación del procesamiento de la información y la representación asociativa de los estímulos. Todo esto conduce, considero que inevitablemente debido a la asociación BA10-CAA, a la metarrepresentación de objetos, eventos y circunstancias no animadas como agentes intencionales. Esta es la base del pensamiento mágico, la agencia sobrenatural y por extensión la cognición religiosa.

Notas:

1. En el artículo «Antropología y religión 2: dos hipótesis antropológicas y la ciencia cognitiva» se buscó asociar el concepto de ‘imaginación trascendente’ del antropólogo Maurice Bloch para explicar la religión, con el MTT. Bloch no muestra tener conocimiento de este concepto psicológico, sin embargo su idea resulta equiparable al MTT o bien es lo mismo: p.ej. la religión emerge de la «la capacidad para imaginar otros mundos» (Bloch 2008 pp. 2055), tal y como para Suddendorf & Corballis (1997): la religión nació cuando se pudieron crear escenarios imaginarios que posibilitaron la vida después de la muerte.

2. Este término hace referencia al concepto de que la religión es «como un tipo de interpretación del mundo» (Guthrie en Andresen 2001, pp. 94-95). El autor: «creo que la religión es una forma de interpretación y acción correspondiente que acredita el mundo con varios seres parecidos a un humano pero que no son humanos, p. ej., con dioses y sus relativos. Como tal, la religión es sólo un aspecto de una amplia visión humana del mundo como parecido a un humano, una visión que es general, profunda, y variada. La religión también es un aspecto de una todavía más amplia tendencia animal a ver el mundo como animado

3. Aunque sí es una perfecta ilustración de ello. Por ejemplo, el psicólogo Ilkka Pyysiäinen en su reciente libro «Supernatural Agents. Why We Believe in Souls Gods and Buddhas» (Oxford University Press US, 2009), nos muestra una perspectiva de la religión como un complejo agentivo-metarrepresentacional consistente en «las ideas de él de las ideas de ella de las ideas de ellos…» (pp. 3-42).

4. Evidentemente, el MTT es por naturaleza contraintuitivo o contrafactual. Esto es comparable al caso de que la agencia invisible/intangible, de acuerdo con el antropólogo Stweart Guthrie como vimos antes, tampoco es, necesariamente, contraintuitiva. El hecho es que son aspectos comparables porque neurocognitivamente, la agencia y el MTT se traslapan ampliamente en un circuito temporal superior/medio – parietal inferior – frontal dorsal/inferior. El MTT se extendería aún más hacia adelante abarcando la región frontopolar.

5. La evolución del córtex prefrontal se vincula de manera fundamental aquí. En tanto que integrando aspectos como el sistema motor, aprendizaje, memoria, generatividad lingüística, expectativa de recompensa, empatía, cooperación social y funciones ejecutivas, esta región del cerebro actúa controlando/inhibiendo los impulsos (p.ej. sexo, alimentación) y planificando/enfocando la conducta hacia una meta específica. Así pues, el córtex prefrontal sustenta la formación de patrones conductuales restrictivos (costosos en cuanto a consumo de recursos cognitivos) que se pueden representar y simbolizar como códigos de membrecía grupal, que es lo que ocurre en el ritual religioso. De hecho, este es el más interesante aspecto neuropsicológico de la hipótesis adaptacionista de la religión (cf. MacNamara 2006, p. 189-198). Otra propiedad prefrontal fundamental, precisamente el MTT, facilita visualizar y colocar la recompensa de tales costos conductuales en planos/sitios/tiempos imaginarios potencialmente contrafactuales.

6. Ahora bien, esto parece en sí mismo un efecto derivado en lugar de que ‘la religión’ estuviera específicamente codificada para promover la cooperación: puestos en un escenario evolutivo hipotético, si la agencia intencional pero invisible/intangible (o en cierto sentido, ‘mágica’) se desarrolla a partir de la identificación visuoespacial de depredadores y presas ocultos (Barrett en Buss 2005 pp. 200-223; Boyer & Barrett 2006 p. 14), entonces el que ello promueva la cooperación sería algo aunque existente, secundario. Más aún, la ideación de AS-religiosa propiamente dicha, esto es, aquella entidad no solo invisible/intangible sino que en esencia es una ‘mente humana’ descorporeizada pero ciertamente ubicua espaciotemporalmente y muchas veces omnisciente (cf. Pyysiäinen 2009 pp. 30-31), solo podría ser posible como consecuencia (posteriormente) al desarrollo del MTT.

7. En tal artículo de revisión los autores afirman que «el data disponible no apoya las dicotomías simples entre las funciones del hipocampo y el adyacente córtex temporal medial, tales como memoria asociativa versus no-asociativa, memoria episódica versus semántica, y recolección versus familiaridad». Sin embargo, Suddendorf, Addis & Corballis (2009) indican que los hallazgos sobre ME y MTT cambian la idea de que el hipocampo contenga la memoria episódica por un período limitado de tiempo hasta su consolidación en otras áreas neocorticales: la visión alternativa más consistente con estos y otros resultados es que «el hipocampo siempre es necesario para la recuperación de experiencias episódicas detalladas, incluyendo las remotas. En esta perspectiva, el grado de participación hipocampal probablemente depende de lo vívido que sean las representaciones internas, sean episodios del pasado o imaginados en el futuro.» Los resultados referidos de Addis & Schacter (2008), confirman esto.

8. Adicionalmente, la presencia de una amplia red temporo-parieto-frontal proporciona una base neural con fines explicativos para la Ciencia Cognitiva de la Religión. El MTT puede ilustrar el sentido direccional del proceso MTT/agencia: posterior→anterior. En sendos artículos se han tratado extensivamente los papeles del lóbulo temporal y parietal en la AS: la cognición visuo-espacial-agentiva sustenta de modo nuclear ‘lo religioso’.

9. Aunque es una idea especulativa, parece necesario suponer que en algún momento del pasado evolutivo, durante la hominización o aún antes, cierto mecanismo homeostático y el sistema de agencia debieron asociarse. Dado que la meditación no muestra rasgos perjudiciales orgánico-psicológicos, sino que estimula la ‘Respuesta de Relajación’ (Lazar et al. 2000; Dusek et al. 2008), parece probable que subyacente al estado meditativo, que por cierto no necesariamente tiene un significado religioso, exista un mecanismo anti-estrés seleccionado adaptativamente.

10. Datos del espectro patológico confirman esto. Frederikse et al. (2000) mostraron que en hombres esquizofrénicos el CPI tiene un tamaño inversamente proporcional al de hombres sanos: reducción del CPI izquierdo. Tanto porque esta anomalía implica una dominancia contralateral (CPI derecho) como por la propia hipofunción del CPI izquierdo, una consecuencia es la hiper-agentividad externalizada o en otros términos, la hiper-mentalización, es decir que todo lo externo adquiere contenido mental, de ahí los típicos delirios psicóticos y paranoides p.ej. que las ideas o las conductas propias son controladas desde fuera. Entre tanto, los resultados de Urgesi et al. (2010) sobre la asociación entre autotrascendencia y CPP/CPI son consistentes con estos.

11. Véase «CONTRAINTUITIVIDAD MÍNIMA».

12. Véanse nuestros artículos dedicados al estudio de Harris et al. 2009 y a la implicancia del sistema de recompensa en la cognición religiosa.

13. Ver al respecto varios datos interesantes en «NEUROCIENCIA DE LA RELIGIÓN (II): DOPAMINA, PENSAMIENTO MÁGICO Y RELIGIÓN».

14. Véase una muy completa revisión de datos sobre el espectro autista (y esquizofrénico) hecha por Crespi & Badcock (2008).


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