26 noviembre, 2009

NEUROCIENCIA DE LA RELIGIÓN (VII): EL PAPEL DEL LÓBULO PARIETAL

Por: Antonio Chávez
hnc.correo@gmail.com

Este artículo, en el que veremos la importancia del lóbulo parietal en la experiencia religiosa y aún aspectos más comunes de la religión, hay que considerarlo como indisociable del anterior enfocado en el lóbulo temporal y estos aspectos religiosos.

En principio y en sentido global, la literatura científica muestra ampliamente al lóbulo parietal como el sustrato neural de la asociación de información sensorial proveniente del cuerpo, del tracto visual dorsal (constituyéndose en el «dónde», específicamente a partir del input visual occipital de sus áreas superior/posterior) y del córtex auditivo. Está directamente vinculado al lóbulo frontal en el control motor y la planificación de la conducta, participando importantemente en la elaboración de mapas visuoespaciales de navegación enfocado a ello y junto con el lóbulo temporal (además de integrar el área de Wernicke en el hemisferio izquierdo) estructura la intención y procesa la lectura de señales sociales en el entorno, funciones evidentemente relacionadas con la planificación conductual. Es pues un sitio del cerebro donde se sientan importantes aspectos como la conciencia de ubicación en el mundo que nos rodea y la representación del mismo de tal modo que podamos enfocar nuestra conducta en él.

El lóbulo parietal también es el asiento de un aspecto directamente asociado a la conciencia visuoespacial y la abstracción perceptual, la cognición matemática: «el conocimiento de números y sus relaciones» (Blakemore & Frith, The Learning Brain, Wiley-Blackwell, 2005, p. 53). Este aspecto, como una de las funciones parietales específicas, sería irrelevante para el estudio científico de la religión de no ser porque su sustrato neural más importante, el surco intraparietal (SIP) y adicionalmente las áreas inmediatas que divide (lóbulo parietal superior e inferior), paralelamente se integran a sistemas funcionales de índole agentivo y socio-emocional (imitación, empatía, ToM),1 también asociadas directamente a la conciencia visuoespacial (en tanto que una persona o cualquier agente -intencional- es finalmente un ‘objeto’ en el mundo que nos rodea - por tanto información perceptual susceptible de ser ‘abstraída’). Lo relevante es que esta simultaneidad operativa parece permitir fusionar la cognición matemática con la atribución de intención (meta) y causalidad dentro del SIP/áreas inmediatas bilateralmente, estructurando así ideaciones de índole «matemático-místico» tal y como tratado previamente en «El surco intraparietal: matemática y agencia sobrenatural».

Regiones parietal y frontodorsolateral durante la meditación religiosa: el espacio externo como agente intencional

d’Aquili & Newberg (2000, p. 43) postulan que «el lóbulo parietal posterior superior y ciertas partes del lóbulo parietal inferior, particularmente en el lado no dominante, están envueltos en la imposición de una gran unidad sobre la diversidad». Según estos autores, la progresiva disminución de la actividad de tales regiones en el hemisferio izquierdo (el lado dominante) en relación al resto de la corteza cerebral, induce la sensación, típica en la experiencia religiosa, de fusión del yo con el entorno y la profunda conexión entre los diversos elementos de la realidad. Newberg, d'Aquili y sus colegas escanearon la actividad cerebral de ocho meditadores budistas, encontrando evidencia de que este tipo de meditación correlaciona con el decrecimiento del flujo sanguíneo en esas áreas (Newberg et al. 2001). Específicamente, la experiencia espaciotemporal de profunda unidad cósmica de la meditación consistiría en cierta interacción funcional parieto-frontal (P-F): incremento en la actividad del córtex prefrontal dorsolateral (CPFDL) izquierdo (CPFDLi) y decrecimiento en el córtex parietal posterior superior izquierdo (ibid. p. 118, ver imagen de la izquierda). Entre tanto, Newberg et al. también detectaron decrecientes cambios funcionales en el lóbulo temporal lateral derecho y en el lóbulo temporal inferior izquierdo.

El córtex parietal posterior, bilateralmente, se asocia con la organización y el mapeo topográfico (Silver et al. 2005) y está demostradamente vinculado al direccionamiento de la atención visuoespacial y la preparación para la acción (Rushworth & Taylor 2006; Drew & van Donkelaar 2007). De hecho, estudios sobretodo en monos sientan el área parietal posterior como un mapeador de intenciones, más que una simple área de asociación sensorial, como clásicamente considerado (Andersen & Buneo 2002; Cui & Andersen 2007). Entre tanto, el incremento de actividad en el córtex parietal inferior (CPI) derecho (CPId) subyace a la observación de las propias acciones siendo imitadas por otra persona (mientras la región homóloga izquierda se asocia a la producción de la imitación), sugiriéndose que tal área juega un rol específico en la distinción entre las acciones propias y aquellas generadas por otros (Decety et al. 2002); otros estudios apoyan tal sugerencia al encontrar que la actividad del CPId correlaciona positivamente con el grado de representación autorreferencial (Lou et al. 2004) o que la alteración de su actividad interrumpe la discriminación yo/otros, confirmando su papel esencial en tal función cognitiva, capital para la interacción social (Uddin et al. 2006). Interesantemente, un estudio reciente mostró que esta área se vincula a la intención motriz (Desmurget et al. 2009), viniendo a verificar resultados previos sobre la relación del córtex parietal y la intención de movimiento (Sirigu et al. 2004).2 La atribución de agencia (erróneamente, p.ej. a un objeto inanimado como una computadora) se asocia a los niveles de actividad del CPId, en calidad de «comparador» yo/otros (Preston & Newport 2008). Esta región también participa importantemente en la extracción de causalidad a partir de la información visual dinámica, p.ej. al percibir objetos en movimiento (Fugelsang et al. 2005).

Finalmente, un cuantitativo meta-análisis de 70 estudios acumulados de neuroimagen funcional demuestra que el CPId y su unión con el córtex temporal superior, región denominada junción temporoparietal (JTP),3, 4 se asocian con el sentido de agencia y el redireccionamiento de la atención hacia un estímulo destacado, siendo operaciones críticas para los más altos procesos de cognición social, tales como ToM y empatía (Decety & Lamm 2007). Entre tanto, concretamente asociando el córtex parietal y temporal a la agencia sobrenatural, p.ej. «la representación de agencia no directamente percibida» (Boyer 2003, p. 122 «Table 2. A framework for a cognitive neuroscience of religion»), este autor participó en un estudio de neuroimagenes sobre la detección de contingencia mecánica e intencional, encontrándolas correlacionadas, respectivamente, con el SIP derecho y el córtex parietal superior bilateralmente (Blakemore et al. 2003). Boyer propone una estructura neurocognitiva bastante plausible, abarcando los sistemas de detección de meta o intención y el de agencia sentados en una amplia red temporo-parieto-frontal (T-P-F),5 como el sustrato de las creencias en entes sobrenaturales, en tanto que subproductos cognitivos de la actividad coordinada de tales sistemas.

Toda esta breve revisión de datos deja suficientemente fundado el papel del córtex parietal en la conciencia de nosotros mismos respecto al espacio externo y los objetos en él, proceso indisociable entre tanto, como se muestra, de las funciones de objetivación perceptual y atribución de significado socio-emocional del lóbulo temporal, todo lo que confluye en la construcción de una completa perspectiva intencional propia sobre el mundo con el que interactuamos (en lo que finalmente se involucran las regiones prefrontales para ejecutar nuestra conducta y pensamiento, como veremos luego). El desbalance funcional interhemisférico en este sistema altera el sentido de distinción entre nosotros y el mundo que nos rodea al distorsionar directa o indirectamente las atribuciones de agencia, intención y causalidad, pudiendo llegar a generar la sensación de fusión de la autoagencia (el yo) en «un todo» infinito y atemporal, o la sensación de agentes causales como externos al yo. Esto es precisamente lo que ocurre en los estados alterados de conciencia denominados «experiencias religiosas».

Volviendo al estudio de Newberg et al. 2001 sobre meditación budista, los autores asocian su registro P-F con otros estudios sobre procesamiento espacial (p. 120); siendo tal registro, de hecho, comparable con la red anatómica (incluyendo la JTP) que soporta los mecanismos de atención visuoespacial (p.ej. Kastner & Ungerleider 2000 pp. 328-330). Luego veremos que esta red forma parte de una interconexión más amplia que incluye al córtex temporal medio/superior derecho, teniendo especial importancia para estructurar la agencia sobrenatural, tal y como propone Boyer. Mientras tanto, la asimétrica activación interhemisférica de esta red P-F en la meditación, con su mayor actividad en el lóbulo prefrontal izquierdo y menor en el derecho - menor en el lóbulo parietal izquierdo y mayor en el derecho, nos mostraría un rasgo particular diferente de la habitual cognición visuoespacial que hace precisamente inusual a este estado neurocognitivo: mientras al estar funcionalmente libres las áreas parietales superior e inferior derecha, se espera un consecuente predominio de la atribución de intención, la imitación, la atribución de causalidad, la empatía y la ToM en tanto que todos se sientan diversamente en tales áreas como se ha mostrado.

Ahora bien, la mayor actividad en el CPFDLi, que Newberg et al. 2001 señalan como consistente con otros estudios neurocientíficos sobre meditación (p. 120), indicaría como los autores hipotetizan el enfoque y la alta concentración de la atención. Más interesantemente aún, el CPFDL y ninguna otra región del lóbulo frontal está exclusivamente conectada a los córtex asociativos parietal/temporal/occipital (siendo por tanto la región frontal ejecutiva expresamente dedicada a asociar a su vez la información de tales regiones posteriores del cerebro, ver gráfico a la derecha para ilustrar), al córtex frontal orbito/ventromedial (regulación socio-emocional, expectativa de recompensa, toma de decisiones, «hot ToM», evaluación de creencias), al córtex frontomedial - giro cingulado anterior (detección de errores asociada a significado emocional) y al hipocampo (memoria, navegación espacial) (Estévez-González et al. 2000, p. 575 Tabla VIII), involucrándose así paralelamente en la manipulación espacial, la memoria y la imaginación (como el llamado «mental time travel») para el planeamiento conductual. Por ejemplo, se asocia a la formación de conceptos (ibid. p. 570), aspecto cognitivo consistente con que el CPFDL abarque porciones correlacionadas con la semántica lingüística en el hemisferio izquierdo, el área 45 de Brodmann o de Broca, que por cierto además juega un papel en la interpretación lingüística de las acciones (Fadiga et al. 2006), las metas y las intenciones de otros (Gentilucci et al. 2006).

Evidentemente, el CPFDLi, debido a sus conexiones anatómicas y sus funciones ejecutivas, no solo enfoca la atención sino que interpreta las alteraciones visuoespaciales y agentivas parietales en el estado meditativo, identificando los implicados estados alterados de conciencia con el esquema religioso propio de la persona (Mohandas 2008, pp. 67-68; Azari et al. 2001), precisamente en virtud de ser un centro final de asociación cognitiva y emocional modulado dopaminérgicamente.6 Entre tanto, la región más anterior del CPFDL, el área frontopolar (área 10 de Brodmann), que resultaría crítica para distinguir al hombre de otros primates (Allman et al. 2002), es fundamental para el razonamiento, la planificación (Estévez-González et al. 2000, p. 570) y los mayores grados de abstracción en la toma de decisiones (Hollmer 2009, nota de prensa Brown University News; Badre et al. 2009). Está claro que el CPFDL se involucra en la evaluación tanto de la experiencia como de las creencias religiosas, estando de hecho directamente asociado (área frontopolar) a la afirmación de las creencias religiosas (Harris et al. 2009).

Como se decía, Newberg et al. 2001 indican que las fases más profundas de la meditación correlacionadas con una hiperactividad en el CPFDLi, es un hallazgo consistente con diversos estudios de neuroimagenes como puede verse en este cuadro de la izquierda (pinchar para ampliar) que reúne estudios la mayoría sobre meditación entre 1990-2006 (tomado de Mohandas 2008 pp. 66-67; Cahn & Polish 2006 p. 197). Sin embargo, hay que notar que la evidencia disponible muestra que esta hiperactividad no es interhemisféricamente regular (sugiriéndose incluso que las experiencias religiosas se deban a una transitoria hipofuncionalidad frontal: Dietrich 2003), lo que acentúa doblemente el carácter inusual de la experiencia: alteración en la función interpretativa prefrontal de las propias alteraciones de la información sensorial proveniente de las regiones parietal y temporal.

Entre tanto, mientras en la meditación predominan las representaciones espaciotemporales alteradas: sensación de trascendencia, de ser uno con el infinito, pérdida de sentido del tiempo,7 el éxtasis místico o divino es más consistente con procesos agentivos socio-emocionales, en tanto que representa un «contacto» más o menos explícito con un agente sobrenatural (hecho consistente además, como vimos previamente aquí y aquí, con la ideación de Dios en creencias religiosas comunes). El estado neurocognitivo en la meditación es pues un tanto diferente del éxtasis místico o divino (de acuerdo a los datos de Beauregard & Paquette 2006; ver «NEUROCIENCIA DE LA RELIGIÓN (VI): EL PAPEL DEL LÓBULO TEMPORAL»): aquí hay un mayor involucramiento del lóbulo temporal medio derecho y una práctica ausencia de actividad en el CPFDL contrastando con el fuerte registro orbitofrontal (también registrado por Newberg et al. 2001, p. 118, siendo esto consistente con el sentido emocionalmente placentero de la experiencia mística que sugieren Beauregard & Paquette 2006, p. 189), mientras que, en cambio Newberg et al. detectaron hipofunción temporal lateral derecha.8

Un sistema T-P-F derecho como base para la cognición agentivo-religiosa

Las regiones posteriores del cerebro, los lóbulos parietal y temporal, son el asiento de un nivel «básico» de la conciencia del mundo que nos rodea y de los objetos en él, en tanto que áreas de asociación sensorial inmediatas al córtex visual occipital. Las áreas inferiores del lóbulo parietal y superiores del temporal, con predominancia derecha, están estrechamente vinculadas en esto y resultan directamente implicadas en la atribución de significado (socio-emocional) al mundo e intuir intenciones en los eventos del entorno, lo que, en un nivel «elevado» de cognición sentado en la parte anterior del cerebro, en el lóbulo prefrontal sobretodo, resulta en la elaboración específica y el manejo de ideas y creencias de carácter mágico y sobrenatural (ver «Neuromapa 2» a la derecha, pinchar para ampliar).

De hecho, repasando el artículo «NEUROCIENCIA DE LA RELIGIÓN (VI): EL PAPEL DEL LÓBULO TEMPORAL», a nivel cortical todo lo anterior conforma una distinguible red anatómicamente interconectada de modo directo y para ilustrarlo tenemos nuevamente este gráfico (a la izquierda): un sólido cableado de fibras nerviosas paralelas estructuradas por una conexión supra/mediotemporal-inferoparietal,9 otra segunda inferoparietal-laterofrontal y una tercera, el fascículo arqueado, supratemporal-inferoparietal-laterofrontal (Gharabaghi et al. 2009; Karnath 2009). Mientras que las propiedades funcionales de esta red son mejor conocidas en el hemisferio izquierdo (ampliamente aceptado como el sustrato neural del lenguaje), en el hemisferio derecho son aún poco conocidas (aunque también se ha sugerido involucrado en el lenguaje: Catani et al. 2007, p. 17166), sin embargo, es altamente probable que sea esta compleja red del hemisferio derecho, homóloga a la izquierda pero diferentemente asociada a una especialización en orientación espacial y exploración (Karnath 2009), cuyo desarrollo evolutivo posibilitó la emergencia de la ideación mágico-sobrenatural, y no solo por tal especialización, sino precisamente porque a su vez sirve a la atribución de significado social y emocional al espacio exterior percibido. Insistiré en sugerir este neurocircuito como el sustrato anatómico de una hipótesis cognitivo-evolucionista (p.ej. hiperactividad agentiva como animismo) sobre el origen de la religión (cf. Kanazawa en Crespi & Badcock 2008, p. 272).

Así pues, un esquema global T-P-F derecho puede verse reflejado no solo en la experiencia religiosa o mística sino también en las creencias religiosas comunes, sin embargo, el manejo de tales creencias (p.ej. aceptarlas o rechazarlas) implica algunas áreas diferentes en este esquema, tendiendo en cambio a involucrar más al hemisferio izquierdo o de hecho con predominio de este, y mayor relevancia de áreas prefrontales mediales y ventrales. Por ejemplo el reciente estudio de Harris et al. (2009) (ver «CORRELATOS NEURALES DE LAS CREENCIAS RELIGIOSAS Y NO RELIGIOSAS»), explorando las bases neurales de las creencias religiosas (y no religiosas) cristianas, encontró que la aceptación o el rechazo de una creencia que implica representar a Dios, p.ej. «el Dios bíblico es un mito», involucra el CPI, especialmente en el hemisferio izquierdo, como única región posterior del cerebro activa (ibid. p. 3, p. 5 Fig. 3 «Reponses to blasphemy in both groups»). De modo global, la evaluación de afirmaciones religiosas correlacionan con una actividad bilateral que es notable en el lóbulo parietal (precuneo y SIP, ibid. p. 4 Tabla 3, Fig. 2A), asociándose así con procesos autorreferenciales-espaciales y agentivos, mientras la no-creencia es predominantemente izquierda y correlaciona con áreas implicadas en la memoria y la modulación socio-emocional (p.ej. áreas temporomedial, retrosplenial, orbitoventromedial).

Conclusiones sobre Neurociencia de la religión VI y VII

Es considerablemente claro cómo es que el cerebro puede elaborar la agencia sobrenatural, sea que hablemos de experiencias inusuales como de creencias masivas. Primero, es evolutivamente sugerente la especialización del circuito T-P-F en el hemisferio derecho en la cognición espacial y el enfoque de la conducta hacia el espacio exterior. Es necesario poder percibir el entorno con un intrínseco significado social para así sustentar una conducta social adaptativamente efectiva y plástica. Nada de esto es sugerido como «religión», en tanto que no lo es, sino como el sustrato neurocognitivo que va a permitir la emergencia de ella, pero aún no como «un todo», sino a la vez como la integración de diversos aspectos neurocognitivos relacionados emergiendo de todo esto.

Segundo, el circuito homólogo izquierdo, predominante y dedicado al lenguaje, debe trabajar conjuntamente para poder planear y expresar nuestras conductas. La coordinación de ambos ejes parece darse en el lóbulo prefrontal, en donde a la vez se integran los procesos perceptuales ventrales del lóbulo temporal, el «qué», y dorsales del lóbulo parietal, el «dónde» (p.ej. Rao et al. 1997). El lenguaje pues, servirá para dar forma comunicativa a los aspectos emergentes que constituyen la religión, cosa que mientras en un nivel evolutivo básico puede permitir el surgimiento de los mitos, a su vez permitirá el surgimiento de nuevos y más complejos aspectos religiosos como las doctrinas y los preceptos.

Tercero, mientras que tal estado típico de balance interhemisférico podría explicar la formación y evaluación de las creencias religiosas, en cambio los estados atípicos o extremos de predominio derecho inciden en experiencias y conductas asociadas a la hiperactividad del sistema de agencia incluyendo el espectro patológico asociado, siendo una de las consecuencias más notorias la fuerte agencia sobrenatural (p.ej. es difícil distinguir entre un agente invisible y maligno que persigue, en el caso del delirio paranoide, y que se afirme la existencia de demonios en el caso de las personas religiosas sanas). Antes se ha discutido que es muy probable que un natural desbalance hacia la derecha, dopaminérgicamente modulado, sustente el pensamiento mágico. Esto tampoco es en sí mismo «religión» pero sí un fundamento nuclear.

Los entes sobrenaturales (dioses, espíritus, hadas, demonios, etc.) no parecen surgir como ideas directamente a partir del sistema de agencia, sino que es necesario el concurso de otros aspectos neurocognitivos (p.ej. cognición espacial, empatía, ToM, juicio moral) para representarse su «ubicación», «apariencia» o «conducta» (véase al respecto esta discusión en nuestro foro). Es precisamente en la variedad de estados alterados de conciencia llamados «experiencias religiosas» donde más claramente se evidencia la hiperactividad de tales sistemas. Así, en un éxtasis místico (como en la epilepsia del lóbulo temporal derecho) se puede «escuchar» y aún «ver» a Dios, o en la profunda meditación se puede tener un repentino «conocimiento» de todo el universo.

Mientras tanto, aunque eso no se da en la vida religiosa cotidiana (salvo considerando que las «vivencias» y el «conocimiento» obtenidos en tales experiencias religiosas son transmitidos bajo la forma de ritos y creencias masivamente) y aunque en la práctica le ocurre específicamente a una minoría de personas, existe un notorio continuum consistente en la activación visuo-espacio-agentiva, similarmente a como sugiere Persinger. Es decir que es ciertamente lo mismo que cotidianamente un creyente religioso piense o imagine a Dios y la sensación real de ver a Dios durante un éxtasis divino, mientras que ésta se diferenciaría por su desborde emocional o en la alteración de la conciencia espacial.

Para terminar, notaré que el diseño del Neuromapa 2, propuesto como una guía gráfica y referencial en base a la que se han desarrollado los artículos enfocados a estructurar una neurociencia de la religión, es ampliamente consistente con el modelo T-P-F de Gharabaghi et al. 2009 y Karnath 2009 aquí sugerido como el asiento neurocognitivo de la creencia sobrenatural.


Notas:

1. Imitación: Decety et al. 2002, p. 269; Iacoboni & Dapretto 2006, p. 943. Empatía: Moll et al. 2002, pp. 2731-2732; Leibenluft et al. 2004, p. 230; Decety & Moriguchi 2007 pp. 9-11; Akitsuki & Decety 2009, p. 725 Table 1. ToM (Teoría de la Mente): Corbetta et al. 2008, p. 4; Young et al. 2007, pp. 8237, 8239; Singer 2006, p. 857.

2. Tales resultados inciden en el tema del llamado «libre albedrío» (Haggard 2009) y periodísticamente se han difundido como el sustrato neural de tal aspecto, quizás exclusivamente humano. Por lo pronto, el CPId resulta implicado en diversos asuntos religiosos.

3. Región también involucrada en la distinción yo/otros (Vogeley et al. 2001), estando «activamente implicada en mantener un coherente sentido del propio cuerpo, distinto de los objetos externos no corpóreos» (Tsakiris et al. 2008). La alteración funcional de la JTP «conduce a la interrupción de varios aspectos fenomenológicos y cognitivos de autoprocesamiento, causando duplicación ilusoria, autolocalización ilusoria, punto de vista ilusorio, y agencia ilusoria que son experimentados como una experiencia extracorporal» (Blanke & Arzy 2005; cf. Blanke et al. 2005).

4. Otro experimento, en la JTP izquierda, induciendo la sensación de una presencia cercana (Arzy et al. 2006), nos remite a la hipótesis de Cook & Persinger (1997) sobre el desbalance funcional interhemisférico temporal/parietal sosteniendo la sensación de una presencia extraña como el «homólogo hemisférico derecho del sentido del yo del hemisferio izquierdo», o al caso del derrame en el hemisferio izquierdo con la subsecuente «liberación» funcional del hemisferio derecho de J.B. Taylor, con sus efectos muy similares a las experiencias religiosas. Nos remite, también, al reporte citado de Newberg et al. (2001), por lo menos en cuanto a una hipofuncionalidad en las regiones parietal y temporal inferior del hemisferio izquierdo, ya que apunta al consecuente dominio de las áreas homólogas del hemisferio derecho y sus funciones agentivas socio-emocionales, tal como se comentó arriba y anteriormente.

5. Detección de meta o intención: surco temporal superior (STS) y modulación del córtex parietal superior en la detección de agencia reactiva. Agencia: córtex frontomedial y regiones dedicadas a las señales sociales (STS, amígdala, orbitofrontal), imitación (STS, parietal inferior) y empatía emocional (STS, amígdala, orbitofrontal, frontomedial) (Boyer 2003, p. 122 «Table 2. A framework for a cognitive neuroscience of religion»; «NEUROCIENCIA DE LA RELIGIÓN (I): CORRELATOS NEURALES DE LA CREENCIA SOBRENATURAL», Gráfico 2. Esquema detallado de las bases neurales de la creencia religiosa).

6. La dopamina es el mayor neurotransmisor en el CPFDL y las regiones prefrontales a las que se conecta (orbital, ventromedial y medial). Es de particular importancia para la religión (tanto creencias comunes como experiencias inusuales) la modulación dopaminérgica prefrontal, ya que confiere un sólido significado socio–emocional a la conciencia visuoespacial enfocada hacia un objetivo o un estímulo distante (ver «Dopamina, pensamiento mágico, correlatos neurales de la creencia sobrenatural») en tanto que regula los aspectos conductuales/ideacionales vinculados a la expectativa de recompensa (Arias-Carrión & Pöppel 2007 p. 485). Como de esperarse, la modulación dopaminérgica en las regiones prefrontales (ventromedial), que no es otra cosa que el significado placentero de lo que hacemos o pensamos, se ha mostrado fuertemente vinculada a la aceptación o el rechazo de las creencias religiosas (Harris et al. 2009; ver «Correlatos neurales de las creencias religiosas y no religiosas»).

7. Por tanto, habiendo mencionado la consistencia en los diversos estudios «neuroteológicos» realizados, las áreas superior y medial temporal, y superior e inferior parietal resultan cruciales en tanto que sostienen la conciencia espacio-agentiva, p.ej. en el cristianismo (recitación de Salmos: Azari et al. 2001; franciscanos en oración profunda: Newberg et al. 2003), budismo (meditación tibetana: Newberg et al. 2001; meditación ‘insight’: Lazar et al. 2005), yoga (Lou et al. 1999; Lazar et al. 2000) y aún en otras escuelas de meditación (Baerentsen et al. 2001; 2004).

8. Aunque, al registrar también hipofunción inferotemporal izquierda, nos vemos con que, por tanto, la región homóloga derecha, vinculada a la agencia, el reconocimiento facial y corporal, jugaría un papel neurocognitivo predominante, acentuando así el sentido de agencia y corporeización en la percepción del espacio externo.

9. Un aspecto que resulta interesante en esta red es la conexión entre el lóbulo parietal y el hipocampo (región mediotemporal, que además incluye el giro parahipocámpico y la amígdala), en tanto que sus interacciones se asocian a la cognición espacial como demostrado en animales (Burgess et al. 1999; Save & Poucet 2000; Whitlock et al. 2008). Adicionalmente, en humanos es conocida la importancia de la red prefrontal-mediotemporal en la memoria de largo plazo (Simons & Spiers 2003), donde están involucrados el CPFDL y el área frontomedial (ibid. Fig. 1). Esto podría sugerir que las asociaciones mnémico-emocionales sean capaces de afectar la cognición espacial, modelando así significados puramente subjetivos en nuestra percepción del entorno, que bajo ciertas circunstancias, como precisamente en los estados alterados de conciencia, provoque la percepción de aspectos familiares en el espacio externo, tal y como si se tratase, p.ej. según el psicoanálisis, de la «proyección» de la figura paterna (es decir, su representación en la memoria) en el entorno. Como es bien sabido, esta es la explicación psicoanalítica de los dioses, que es muy popular, sin embargo, tal sugerencia es especulativa, siendo discutible que la memoria esté lo suficientemente involucrada aquí, como se discutió previamente.

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