13 abril, 2011

SOBRE GENÉTICA, NEUROCOGNICIÓN, PENSAMIENTO MÁGICO Y RELIGIÓN (PARTE 1)

Por: Antonio Chávez
hnc.correo@gmail.com

Lo que denominamos ‘cognición religiosa’, es decir, ‘la religión’ «como un tipo de interpretación del mundo» (Guthrie en Andresen 2001, pp. 94-95), implica «una colección entera de comportamientos y representaciones mentales que son encontradas en muchos grupos humanos diferentes» (Boyer & Bergstrom 2008), incluyendo, sobresalientemente, las creencias en dioses y espíritus y los rituales asociados.1 Como tal, la cognición religiosa abarca un número amplio de capacidades, funciones y estados neuropsicológicos (p.ej. agencia, Teoría de la Mente, reconocimiento facial, empatía, cf. Boyer 2003 p. 122 Table 2: A framework for a cognitive neuroscience of religion). En esta primera parte se explorarán y discutirán brevemente algunos aspectos neuro-genéticos relevantes a estas capacidades y funciones.

Entre tanto, para efectos de aclarar algunos principios argumentales en este artículo en general, se asume que cualquier entidad sobrenatural de significado y definición religiosa, esto es, un agente sobrenatural personificado con el que interactúan de modo específico las personas individual o colectivamente (plegarias, sacrificios, ritos, dirigidos a ellos esperando algo a cambio: Dios -Yahvé, Alá-, dioses~deidades, ángeles, ancestros, espíritus, etc.) y que están más o menos involucrados en la observación de su conducta y/o el control del mundo que les rodea, son representaciones agentivas cuya descripción, definición y «perfil psicológico» están estrictamente construidas culturalmente, y son culturalmente transmitidas, adquiridas y asimiladas al esquema cognitivo de las personas. Que quede claro entonces: se rechaza el concepto «gen de Dios» (Hamer 2004; cf. Zimmer 2004). Y cuando se sugiere que «la religión es natural» (Bloom 2007; en contraste p.ej. con el ateísmo), se hace referencia a que existen predisposiciones cognitivas (automatismo, mecanicismo y/o innatismo sugiriendo fuertemente una neuroanatomía/funcionalidad bajo mayor o menor control genético) que ayudan de modo más o menos directo a una, a veces extremadamente, fácil adquisición de los conceptos culturales religiosos (agentes sobrenaturales-religiosos, cosmovisión religiosa - nuevamente en comparación con el ateísmo o alguna ausencia absoluta de atribución agentiva sobre la vida y el mundo). No se hace referencia al concepto de que la religión es innata, ni a que exista algún aspecto genético-neural enfocado exclusivamente a ella.

Volviendo al asunto del cerebro y los genes, en un sentido global ahora se sabe que están bajo influencia genética diferentes funciones cognitivas (cf. Plomin & Spinath 2002, 2004; Koten et al. 2009) o los rasgos de la personalidad (Penke et al. 2007), y que la neuro-arquitectura que sostiene ambos aspectos, obviamente también (Chiang et al. 2009). De modo más específico, una capacidad tan vital para el hombre como la Teoría de la Mente (ToM), de importancia en la cognición religiosa (p.ej. Boyer 2003 p. 120; Pyysiäinen 2009 pp. 12-13), de hecho se puede considerar una especialización filogenética (p.ej. Allman et al. 2002). En pocas palabras, la atribución o detección de agencia (uno de los núcleos de la ToM; incluso se trata de conceptos intercambiables: Griffin & Baron-Cohen en Dennett 2002 p. 3) sería un mecanismo reflejo de tipo generalista (es subyacente tanto a la religión como a la ciencia, al arte o a la vida cotidiana) bajo algún grado de regulación neuro-genética, mientras que las creencias y los rituales religiosos específicos (p.ej. la Trinidad, la reencarnación cíclica o el ramadán) dependen del aprendizaje cultural. Esto en razón de que tales aspectos culturales aglutinan simultáneamente desde simples funciones cognitivas hasta elevados niveles abstractivos tanto respecto a las representaciones mentales como a los pensamientos y la interacción social, abarcando complejamente desde procesos básicos como la percepción y las reacciones visceromotoras, hasta la elaboración de creencias y el automonitoreo de la conducta con referencia a las expectativas de un agente sobrenatural y la comunidad religiosa. Es decir, todo esto, que es lo que constituye el aparentemente simple hecho de creer y pensar en la Trinidad o de participar en el ramadán, está dirigido por muchas partes del cerebro en muchos niveles jerárquicos de funcionalidad y así variadas modalidades de interacción intracerebral como extracerebral con el medio sociocultural en determinado momento y circunstancias. Evidentemente, no es concebible que exista «una región», «una función», y en consecuencia «un gen», ni aún muchos, que puedan abarcar todo eso como una idea o una conducta unitaria sobre que los musulmanes disfruten del ramadán y así den sentido a su vida y al cosmos, simultáneamente rechazando la Trinidad. Existe sí una idea unitaria de todo eso (el Islam), pero que no es más que una invención cultural.

Sobre el cerebro y la influencia genética: relaciones con la cognición religiosa

Fig. 1. Imagen extraída de Thompson et al. 2002 p. 529, sobre el mapeo de las influencias genéticas en el cerebro. «Nótese el significante control genético en una franja anatómica abarcando las cortezas parietal, sensoriomotora y frontal

Estando en pleno crecimiento la genética y la identificación del papel preciso del genoma en la formación del cerebro, y en consecuencia en la conducta y las capacidades cognitivas, la más fuerte evidencia previa a esta identificación proviene del estudio de gemelos (hermanos formados de un solo cigoto - MZ en la Fig. 1, siendo por tanto extrema la identidad genética, en contraste con los mellizos, que provienen de cigotos diferentes - DZ). P.ej., la elevada similitud que tiene el grosor del córtex (materia gris) o del conectoma (materia blanca) entre dos gemelos, se entiende como un formidable indicador, quizás el único que nos provee la naturaleza de un modo fácilmente accesible, de mayor determinación genética de aquellos. Entre tanto, desde el Proyecto Genoma Humano (1990-2003) se ha progresado hasta haber identificado toda una región de nuestro genoma que es significativamente diferente al resto de vertebrados, el HARs (Human Accelerated Regions). Varias de estas regiones muestran altos índices de mutación y se asocian al desarrollo cortical, como la HAR1 (Pollard et al. 2006). Entre tanto, los estudios recientes han podido ya identificar patrones cerebrales exclusivamente humanos, p.ej. el córtex perisilviano y el prefrontal, cuyos desarrollos se vinculan a cierta expresión genética que también va siendo perfilada (Clowry et al. 2010 p. 279).

De los no muchos estudios pertinentes, se ha mostrado que el volumen del hipocampo está menos asociado a regulación genética (Sullivan et al. 2001). Esto sugiere que el entorno puede influir fuertemente en su estructura anatómica, consistentemente con sus capacidades neuroplásticas y su papel central en la consolidación de la memoria y el aprendizaje (Toga & Thompson 2005 p. 10). Esto a su vez es consistente con el papel de esta región temporomedial del cerebro en aspectos como el mental time travel (MTT), puesto que es necesario que sea funcionalmente susceptible de modulación de acuerdo a los cambiantes estímulos externos que deben ser metarrepresentados espaciotemporalmente. P.ej. la maduración del MTT hacia una consciencia del tiempo dividido en períodos fijos implica la asimilación de conceptos culturales como el calendario (cf. Berntsen & Jacobsen 2008; Suddendorf 1994). Análogamente, este rasgo hipocampal tiene una especial importancia en el desarrollo de las creencias religiosas, en tanto que se conecta recíprocamente con el córtex prefrontal dorsolateral, cuya área frontopolar (área 10 de Brodmann) sustenta los mayores grados de abstracción cognitiva (Badre et al. 2009).2 Así pues, «la arquitectura psicológica responsable de la cognición religiosa es mejor vista como un mental time travel autoilusorio» (Bulbulia 2009), en tanto que existe una extrema facilidad confabulatoria para racionalizar y auto justificar simples inferencias, posibilidades meramente imaginarias, o por falta de acceso a procesos de hecho inconscientes y emocionales que soportan las elaboraciones lógico-narrativas en la autoconvicción o creencias «lógicas». En efecto, una confluencia de aspectos mnémicos, emocionales y de automonitoreo soportados por el córtex temporomedial, inferoparietal y prefrontal (también el correlato neural del MTT), con predominancia prefrontal izquierda en casos extremos (delirios), es el «intérprete» del cerebro, «un mecanismo para hacer interpretaciones y formar hipótesis» (Miller & Valsangkar-Smyth 2005; ver «EL HEMISFERIO IZQUIERDO: PATRONES, HIPÓTESIS E IDEAS DELIRANTES»).

La región temporomedial juega un papel importante en la consciencia espacial en conjunción con el córtex parietal medial/posterior (mientras la primera provee un sentido alocéntrico del espacio, el segundo provee uno egocéntrico), aportando la elaboración de un auténtico «mapa» donde se «ubican» representaciones de objetos, conceptos y recuerdos, probablemente en función de cómo sus «células de lugar» representan el espacio físico (Bird & Burgess 2008). Adicionalmente, el hipocampo está fuertemente conectado al córtex cingulado, formando ambos parte de un circuito que incluye los cuerpos mamilares y el tálamo, denominado Circuito Papez. Éste fue originalmente bautizado como el «cerebro visceral» en 1911 (Besada 2010 p. 135) y forma parte del llamado «Sistema Límbico», habiéndose extendido posteriormente para incluir la amígdala y el córtex prefrontal. Es aquí de interés que, estudiando la genética neurofisiológica de la depresión (el SLC6A4, gen transportador de serotonina), se ha encontrado que el acoplamiento amígdalo-prefrontomedial depende de la variación de este gen (Heinz et al. 2004). Ciertamente, se trata de un sistema no solo de representación visceral, sino de la emoción. Como analizado previamente respecto al córtex cingulado anterior (CCA), todo este sistema juega un papel importante en la religión, precisamente como soporte emocional (que es el aspecto que enfatiza p.ej. Ramachandran).

Nótese entonces cómo una representación agentiva (p.ej. Dios) puede en efecto poseer una dimensión más o menos emocional, una gradación de imputación emocional, y cómo esto mismo depende de qué tan abundantes sean las conexiones (o la abundancia de neuromoduladores) dentro del Circuito Papez. Aunque de hecho juegan un papel importante la lectura de símbolos religiosos de fuerte significado socioemocional (de lo que hay evidencia sugerente de tener un rol en la religión: Alcorta & Sosis 2005) o la indoctrinación (es decir el ambiente, que juega un evidente papel en tanto ya se comentó la neuroplasticidad hipocámpica y su menor regulación genética), la predisposición a imbuir de mayor o menor profundidad emocional un proceso cognitivo, adquiere una importancia primaria. Una ilustración de esto es que un aspecto específico como la meditación religiosa está soportada por una compleja interacción, neuroquímicamente mediada, entre el hipocampo y el córtex (cf. Newberg & Iversen 2003 p. 286): lo más probable es que tal mediación sea un rasgo fenotípico (neurofisiológico) variable entre individuos, y adquisiciones culturales como una específica técnica en meditación (que por cierto bien puede tener significado religioso como no tenerlo) simplemente la modulen.

El cuerpo calloso en su región anterior, denominada genu y que interconecta los lóbulos frontales izquierdo/derecho, es más susceptible a las influencias ambientales que p.ej. su región posterior (que interconecta los lóbulos parietales), «quizás reflejando la prolongada maduración del córtex frontal bien entrada la adultez» (Toga & Thompson 2005 p. 11, respecto a estudios de Pfefferbaum et al. 2001; Sowell et al. 1999; Gogtay et al. 2004). Este es un dato que resulta interesante respecto al natural desbalance prefrontal hacia la derecha en cuanto al sistema dopaminérgico y el pensamiento mágico (ver aquí) y hacia la izquierda en cuanto a interpretaciones narrativas como se comentó arriba. Nuevamente, resulta plausible pensar que la interrelación entre tales aspectos neurocognitivos puede ser fácilmente modulada socioculturalmente, p.ej. para así canalizar la funcionalidad prefrontal respecto a la evaluación de creencias hacia un esquema religioso dado.

Precisamente, antes en «EL VIAJE MENTAL EN EL TIEMPO (‘MENTAL TIME TRAVEL’) Y LA COGNICIÓN RELIGIOSA», se refirieron estudios mostrando que el grado de influencia genética varía en diversas regiones del cerebro. Resulta de fundamental interés que haya mayor tal influencia en lo que respecta al sistema espacial y motor (fronto-parietal), visual (occípito-temporal) y límbico (Schmitt et al. 2008 pp. 1742-1744). También, como de esperarse, Toga & Thompson (2005) mostraron que las clásicas áreas del lenguaje (Broca: habla, Wernicke: comprensión) tienen similares características neuro-genéticas, mientras que, por otro lado las regiones sensoriomotora y occípito-parietal, pero no frontal, aparecieron adicionalmente más influenciadas genéticamente en mellizos que en gemelos (ibid. p. 10); lo que indica que dentro de estas regiones mismas hay grados de asociación genética. Del mismo artículo sobre el MTT hay que recordar necesariamente que el conectoma o materia blanca, esto es el conjunto de fibras neurales que viajan de una región a otra y de un hemisferio a otro del cerebro, conformando un muy denso y complicado sustrato de auténticos cables orgánicos, muestra un patrón de incremento de la influencia genética de un menor grado en la parte anterior o frontal del cerebro, hacia un mayor grado en la posterior, justamente en el córtex parietal y visual (occipital) (Chiang et al. 2009), mientras que la interconexión entre el córtex parietal izquierdo y derecho también está bajo mayor influencia genética que el córtex frontal de ambos hemisferios (ver también la Fig. 3 del artículo mencionado).

Al respecto, se pude notar fácilmente que la selección natural ha resultado en un sistema ‘discriminación visual → acción motora’ rápido y efectivamente adaptativo a costa de interesantes errores como la ilusión óptica o los exagerados sesgos agentivos/causales bajo ciertas circunstancias, como ante la sensación de pérdida de control. Efectivamente, p.ej. respecto al grosor cortical se ha encontrado que el córtex visual primario (V1) tiene fuertes correlaciones genéticas con las regiones sensoriales posteriores y las áreas motoras; mientras la región temporal anterior correlaciona con la frontal anterior pero no con V1; y la frontal media con la parietal inferior (Rimol et al. 2010). En la segunda parte de este artículo se argumentará esta perspectiva de fundamentación biológica mediante el análisis de una demostrada «necesidad motivacional de control», que es lo que, en última instancia, nos predispone inadvertida, cotidiana y espontáneamente hacia el pensamiento mágico (Pronin et al. 2006), independientemente del marco sociocultural, geográfico, de edad, o de la educación científica (cf. Shweder 1977; Diaconis 1986; Harris 1997; Rosengren & Johnson 2000; Elkan 2001; Schultheiss & Brunstein 2010).

Se ha notado previamente (aquí y aquí) que el cerebro humano (con claros indicios filogenéticos observados en primates) muestra especializaciones lateralizadas para la conciencia espacial (hemisferio derecho) y el lenguaje (izquierdo), que responden a específicos tractos conectivos perisilvianos. En conjunto esto lo vengo sugiriendo como base neurocognitiva-evolutiva de la agentividad sobrenaturalista en tanto que consiste en un traslapado entre cognición espacial y social: atribución de significado social y emocional al espacio exterior (‘mente inmaterial’). Pues bien, este sistema perisilviano resulta correlacionar con la red por defecto (infra la Fig. 2 nos ilustra la correspondencia). En efecto, se trata de un asunto muy sugerente puesto en relieve también en ese artículo y en otro más reciente, la importancia que tiene para la agencia y el MTT la red por defecto: un circuito temporoparietal-frontomedial que tiene notoria actividad cuando no realizamos ninguna tarea mental o aún mientras estamos en reposo. Esto, sumado al amplio traslapado entre agencia/MTT/red por defecto sugiere que la agentividad es un proceso fundamentalmente automático (involuntario: Dennett 2011), espontáneo y constante.

Ciertamente, va a ser inevitable agentivizar mucho del mundo que nos rodea, cuando no enteramente y con alcances trans-espaciotemporales (debido a ese traslapado), tal como pasa en muchas cosmovisiones religiosas. Una función neurocognitiva de tal naturaleza compulsiva debería estar bajo regulación genética: en efecto, la red por defecto muestra una doblemente compleja influencia genética, tanto para la conectividad entre las subregiones que la componen, como para la variación neuroanatómica de las subregiones mismas (Glahn et al. 2010). Con un considerable muestreo de 333 individuos pertenecientes a árboles genealógicos vinculados (lo que otorga mayor precisión a la identificación del grado de herencia de los rasgos cognitivos), los autores concluyen que «factores genéticos, más que ambientales, influencian la conectividad a través de la red» (ibid. p. 1226). Este estudio abre las puertas al trabajo de identificar los precisos genes causales aquí, como p.ej. sobre el eje tálamo-cortical (Lokmane & Garel 2011). Luego de algunos comentarios retomaré este punto.

Fig. 2. Compárese (A) la red perisilviana del hemisferio derecho (adaptado de Gharabaghi et al. 2009) con (B) las regiones identificadas como genéticamente heredables en la red por defecto (adaptado de Glahn et al. 2010; amarillo: cingulado posterior/precuneus, rosa: temporal/parietal, azul: prefrontal medial, verde: parahipocampo, rojo: cerebelo), y a su vez con los sustratos neurales de (C) la prospección y (D) la ToM (adaptado de Buckner & Carroll 2007).

Fig. 3. Por cierto, nótese además en Gharabaghi et al. 2009 p. 3-4/Fig. 2, cómo la red perisilviana, presente en todos los 12 individuos estudiados, muestra sin embargo variaciones individuales ciertamente notorias (p.ej. Catani et al. 2007) respecto a qué tan conectadas están unas regiones con otras dentro de esta red: esto podría dar cuenta, importantemente sobre la agentividad y su base neural, de las diferencias entre individuos respecto al ‘espectro agentivo-sobrenaturalista’ (p.ej. pensamiento mágico, agencia de la muerte, presencia extraña) y su determinación de la mayor o menor propensión hacia aspectos asociados a lo religioso (p.ej. experiencia místico-religiosa, hablar en lenguas: Newberg et al. 2006). Evidentemente, lo que llamaré el ‘espectro agentivo-sobrenaturalista’ estaría bajo mayor influencia genética en vista de los datos de conectividad asociados a los sustratos neurales de la agencia, ToM y MTT, cuyos directos outputs son entendidos como implícitamente contrafactuales (p.ej. Boyer 2008 p. 1) o violando las leyes naturales como científicamente definidas (p.ej. Tulving 2002 pp. 1-2), tratándose entonces de un asunto cognitivo generalista, mientras que las creencias y los conceptos religiosos explícitos (p.ej. tener una experiencia de «contacto con Dios» en el cristianismo o el «juicio del karma» hinduista) aunque construcciones culturales posibles según la configuración anatómica (regulada genéticamente) del córtex y su conectividad, pertenecen más bien a la esfera de la influencia cultural sobre el cerebro y sus fenotipos debido justamente a lo explícito y específico de su contenido.

Todo esto, directa e indirectamente conforma nuestra capacidad de agencia. Adaptativamente, esto debe depender mucho de un mecanismo rígido con rutas y funciones preestablecidas previamente ya seleccionadas; p.ej. la «fórmula» seleccionada sería de acuerdo con Shermer así: «si usted cree que el susurro en la hierba es un depredador peligroso cuando es sólo el viento (...), tiene más probabilidades de sobrevivir que si usted cree que el susurro en la hierba es sólo el viento cuando se trata de un depredador peligroso (...).» ‘Sospechar y huir’ es un mecanismo sensoriomotor de patrones fijos de funcionamiento neurobiológico, codificables genéticamente. Esto no es un hecho demostrado, pero es del todo probable y me parece que necesariamente posible, del mismo modo en que los jugos gástricos se liberan al ingresar el bolo alimenticio al estomago o más dramáticamente palpable: como cuando ante un repentino ruido fuerte se pone en marcha todo un mecanismo de alarma. El que tal ‘sospecha’ se extienda a la atribución (‘sospecha’) de agencia sobre las tormentas eléctricas dado un cerebro social bastante complejo como el nuestro, es precisamente un asunto de exaptación (similarmente, Boyer & Lienard 2006).

Si enfocamos a esas regiones del cerebro social como estando bajo mayor control del genoma puesto que son el asiento de las capacidades locomotrices y comunicativas del hombre, se hace más fácil aún ver lo estratégicamente adaptativo de ello —todo lo que tiene que ver pues con eventos evolutivos cruciales como la bipedestación y el origen del habla. Pero más importante aquí es que, y me parece que subestimado a diferencia del valor dado al caminar erguido y al habla mismo, el circuito fronto-parietal no solo es la base de la cognición espacial, sino que dado que este proceso también se vincula a los procesos de categorización visual del córtex temporal, todo esto determina que veamos el «espacio externo como agente intencional». Hay muy buenas razones para pensar que venimos con un «numenware», un cableado neural que sostiene lo que sería un reflejo de atribución y detección de patrones, causalidad, intención y continencia de mensajes socioemocionales en el espacio que nos rodea. Esto es algo más que un efecto inevitable, un subproducto o una exaptación del carácter hipertrófico de la conducta social humana: parece que tenemos programada neuro-genéticamente esta espacio-agentividad, pero el significado evolutivo-adaptativo de ello aún es discutido. Esto debería implementarse en la teoría exaptacionista de la religión (que ésta es un subproducto evolutivo), en lugar de interpretarse como una teoría adaptacionista de la religión.

Ya que las referencias que usamos en nuestros artículos son en su 99% en inglés, ayudará saber que F. Rubia (catedrático de la Universidad Complutense y quizás el más importante divulgador neurocientífico en nuestro idioma) sugiere que «la espiritualidad parece ser algo inherente al ser humano desde que se pueden provocar experiencias espirituales o místicas estimulando determinadas regiones cerebrales.» Ciertamente, esto es algo bastante consistente con el estudio de Urgesi et al. (2010), quienes lograron aislar el córtex parietal posterior/inferior como el sustrato de la autotranscendencia o espiritualidad.3 Sugiero el concepto de «modularidad» en esto, apoyándome además en la alta similitud del grado de espiritualidad en gemelos y el probable factor neuroquímico (serotonina) asociado, como los autores notan. En otras palabras, la espiritualidad es pues inherente al ser humano y aquí es entendida como parte de la agentividad (el espacio como agente): tendría una base genética en tanto que sabemos de un fuerte grado de influencia genética en el córtex parietal. Siguiendo a Rubia y como se sostiene en nuestros artículos, el asunto de conceptualizar las experiencias espirituales atañe en cambio a aspectos de aprendizaje sociocultural, y se trata por tanto de un asunto de adquisición no biológica: «si es cierto que no existe religión sin espiritualidad, sí existe, por lo contrario, espiritualidad sin religión».

Tengo que hacer un paréntesis respecto a eso de «modularidad». Tomando como ejemplo a Chavez et al. 2010: «los estudios empíricos también han dado cabida a la hipótesis de que las funciones cerebrales dependen de la coordinación de un mosaico de regiones dispersas del cerebro funcionalmente especializadas (módulos), formando una estructura similar a una red de ensambles neuronales [...] Un módulo se define usualmente como un subconjunto de unidades dentro de una red, de manera que las conexiones entre ellos son más densas que las conexiones con el resto de la red.» Entre tanto, dada una clasificación de la conectividad neural en «estructural» (conexiones físicas como sinapsis y el cableado que conforma la materia blanca), «funcional» (patrones de interacción dinámica) y «efectiva» (efectos causales entre elementos neurales), «mientras que la conectividad estructural (al menos en escalas de tiempo de segundos a minutos) se mantiene bastante estable, la conectividad funcional y efectiva pueden someterse a una rápida reconfiguración del orden de cientos de milisegundos en el curso de la actividad espontánea o evocada mediante tareas» (Sporns 2010). Esto puede darnos una idea de cómo el sistema de agencia, claramente modular, puede funcionar mecánicamente disparando outputs de categorización perceptual a nivel de conexión puramente estructural (p.ej. con cierta información sensorial del entorno construir/disparar una atribución de mentalidad), y sin embargo este mismo mecanismo no verse paralizado por la construcción de outputs mucho más elaborados o dependientes del aprendizaje, ya de naturaleza conectiva funcional o efectiva dado que implican la interacción entre varios módulos (p.ej. agencia + memoria + emoción + narrativa en el caso de asimilar una nueva creencia).

Con esto pretendo ilustrar, por un lado, que hay una influencia genética sobre la estructura física de la conectividad (de hecho es algo demostrado), pero que puede decrecer según el tipo, nivel de complejidad o la organización jerárquica de la conectividad (funcional y efectiva) y depender más fuertemente de la influencia del medio. Por otro lado, todo esto explica muy bien cómo es que un mismo cerebro podría internamente sostener esquemas de creencias dispares y cómo es que la investigación psicológica ha logrado identificar pensamiento mágico o conductas supersticiosas (‘espectro agentivo-sobrenaturalista’) en individuos calificados como escépticos y de abierto rechazo a lo sobrenatural. La hipótesis subyacente es pues que, primero, la agentividad tiene un carácter conceptualmente sobrenaturalista,4 y segundo, que es un mecanismo puramente reflejo soportado por conectividad estructural regulada genéticamente. Valga la contradicción semántica, la sobrenaturalidad de la agencia es natural.5
El circuito o eje fronto-parietal (FT) (aunque no excluyentemente sino también involucrando al córtex temporal y occipital) puede verse desde diversos enfoques jugando un papel importante en la hominización, sobretodo en la línea evolutiva directamente sapiens, es decir, en tiempos bastante recientes geológicamente. Aquí, las presiones de la selección natural se deducen en parte (1) por los datos de neuro-genética asociados a la estructura del conectoma (materia blanca) ya vistos, luego, (2) porque el córtex parietal de modo general sufrió una expansión volumétrica general más fuerte que el córtex frontal (de hecho mientras la diferencia es en cuanto a ‘cantidad’, en cambio ciertas regiones frontales, p.ej. cíngulo anterior y frontopolar o área 10 de Brodmann —BA10—, son notorias en cuanto a ‘calidad’ —complejidad celular, ver «aquí» y «aquí»), y (3) porque se sugiere que este eje, precisamente asociado a nuestra reciente evolución, sea el sustrato biológico de la inteligencia humana (definida como la «habilidad de entender complejas ideas, adaptarse efectivamente al entorno, aprender de nuevas experiencias, emplear diversas formas de razonamiento, superar obstáculos mediante la reflexión»: Jung & Haier 2007, ver gráfico de la derecha).

Dando por sentado que no necesariamente el tamaño sino sobretodo la efectividad del cerebro humano es lo que determina nuestras altas capacidades cognitivas (p.ej. lenguaje) e inteligencia, es así fundamental la estructura del conectoma respecto al FT, por un lado, en tanto sabemos que, si precisamente las ballenas tienen cerebros más grandes (o que los elefantes tienen un córtex más grueso) que el nuestro, en cambio el cerebro humano gana en cuanto a cantidad total de neuronas y el modo más eficiente en que se envía la información entre éstas (ibid. pp. 136-137). Dos factores neuro-evolutivos aparecen pues como necesarios determinantes al respecto: la globularización parietal/temporal y la configuración del conectoma. Y al menos dos genes, microcefalin y ASPM, se han identificado como candidatos de la regulación de ello debido a que, una mutación del primero causa reducción del tamaño del cerebro (comparable al de los primeros homínidos) y retardo mental, mientras que el segundo también se asocia a la microcefalia, aparentemente asociado a la proliferación/diferenciación neural (ibid. p. 136). Es por tanto probable que estos genes, aunque seguramente no sean los únicos, regulen el conectoma y así las capacidades funcionales del FT. Adicionalmente, hay evidencia de presión selectiva sobre estos genes en tiempos tan recientes como entre 37,000 y 5,800 años, así «existe tentativo apoyo vinculando discretos genes candidatos, el tamaño cerebral, y el desarrollo cronológico de las habilidades cognitivas asociadas con los logros humanos relativamente modernos sobre el curso de la historia evolutiva» (ibid. p. 136).

Fig. 4. Esquema de la direccionalidad funcional del córtex en cuanto al procesamiento de la información: la información visual ingresa al córtex occipital y es categorizada (conceptuada) en una doble (o aún triple) modalidad ciertamente disociada a través del «dorsal stream» (vía dorsal: el «dónde» procesual) extendiéndose hacia el córtex parietal superior (SPL), y del «ventral stream» (vía ventral: el «qué») hacia el temporal inferior (IT). Como ya notado tanto en cuanto a influencia genética como a neurodesarrollo, este proceso está soportado por regiones cerebrales bajo fuerte influencia genética, mayor que ambiental, que consistentemente con esto ontogénicamente se desarrollan más temprano, en tanto que filogénicamente se trata de regiones antiguas p.ej. en comparación con la BA10. Es posteriormente a esta primera etapa de procesamiento que se desarrolla el control ejecutivo (córtex frontal), con lo que se da un reprocesamiento de la información de tipo retroalimentativo (p.ej. en este caso sobre la preparación y el monitoreo de una respuesta conductual). Así es pues como se ilustra neurocognitivamente la agentividad (~ mente inmaterial) como un automatismo (es decir, una función genéticamente mediada) nuclearmente temporo-parietal.

Este modelo de la biología de la inteligencia humana de Jung & Haier (2007), es altamente consistente con el modelo propuesto en el artículo «EL VIAJE MENTAL EN EL TIEMPO…» (y antes en «NEUROCIENCIA DE LA RELIGIÓN» «VI» y «VII») como el sustrato neural de la cognición agentivo-religiosa, en buena parte conformado por el MTT, que se fundamenta directamente en un ‘sistema temporo-parieto-frontal’ (de acuerdo al sentido direccional del procesamiento de la información, ver la Fig. 4 supra) del hemisferio derecho del cerebro como contrapuesto y paralelo al sistema izquierdo enfocado en el lenguaje (Gharabaghi et al. 2009; Karnath 2009). Como muestran Jung & Haier (2007), la inteligencia humana está, precisamente, lateralizada hacia el hemisferio izquierdo. Ahora bien, dado que se discute si el MTT es una facultad exclusivamente humana o no, como fuere, por un lado se ha sugerido como causal neurocognitivo de la religión (Suddendorf & Corballis 1997; también Bulbulia 2009), mientras que por otro, podría también vérsele como indisociable del desarrollo de la inteligencia humana, tal y como se piensa así del lenguaje (Suddendorf & Corballis 1997; Suddendorf, Addis & Corballis 2009). De hecho, en el modelo de Jung & Haier (2007) lenguaje e inteligencia están directamente asociados. Así, y de acuerdo al concepto vertido arriba, no parece que pudiera definirse la inteligencia humana sin considerarse como asociada al MTT. No podría, estimo, no ser vista la relación íntima entre la capacidad visuoespacial (básicamente del lóbulo parietal), el lenguaje (lóbulos temporal, parietal y frontal) y el MTT como «el zumo» que llamamos ‘inteligencia humana’, sin a su vez contemplar la fundamental importancia del modo en que se conectan estos lóbulos cerebrales para el efecto y la influencia del genoma en esto.

En consecuencia, en tanto he propuesto también el FT como el sustrato del «espacio externo como agente intencional», y se ha mostrado que la región temporoparietal soporta de manera específica (¿modular?) la espiritualidad o autotrascendencia (Urgesi et al. 2010), y ahora vemos que la arquitectura y funcionalidad neural involucrada (tanto la estructura y regionalización del córtex como la materia blanca que lo interconecta) están regulados genéticamente, en este artículo sugiero que estos «canales» cognitivos (‘espectro agentivo-sobrenaturalista’) que propician y/o facilitan el aprendizaje de la religión, están de modo notable determinados neuro-genéticamente. Empero, la religión tal como definida al principio de este articulo no es un asunto biológico. En tanto que tales canales o ya el espectro entero están ciertamente caracterizados como ‘pensamiento mágico’, que demostradamente se vincula a una motivación instintiva (necesidad de control), en la segunda parte se desarrollará precisamente el asunto de las bases biológicas de ello, explorando finalmente en una tercera parte interesantes relaciones entre el pensamiento mágico, la esquizotipia y la cognición infantil, todo esto intentando iluminarse con un (aparente) hecho evolutivo no muy bien estudiado: la neotenia. Con todo, esperaré haber argumentado plausiblemente que el pensamiento mágico, y no en cambio así la religión, tiene raíces biológicas adaptativas, y que puede que no sea mera o al menos estrictamente un subproducto neurocognitivo (ya dando por hecho poder descartarlo como un mero subproducto cultural).

Notas:

1. Recientemente, Boyer discute sobre el término ‘religión’, que, en tanto refiere a un fenómeno cultural reciente y aún visto en términos de religión occidental (p.ej. las diversas religiones definidas de modo cristianocéntrico), además de entendida como idea/conducta adaptativa por un sector académico (una supuesta base genética para un sistema entero de diversos aspectos desde neurobiológicos hasta puramente culturales pero que servirían exclusivamente a la religión), es un término vacío científicamente. Ver en Aletheia y en nuestro foro.

2. La memoria y el mapeo espacial hipocampal conforman un circuito junto con la región frontopolar, mediante el que convergen en la toma de decisiones. Y como ya sabemos, el área frontopolar está vinculada directamente a la evaluación de creencias religiosas (ver «CORRELATOS NEURALES DE LAS CREENCIAS RELIGIOSAS Y NO RELIGIOSAS»). Este circuito temporomedial-frontodorsolateral, evidentemente, confiere al sistema de agencia una enorme capacidad de extender la atribución de intencionalidad a través de ideaciones altamente abstractas, p.ej. entidades que trascienden el tiempo y el espacio, pudiendo así haber jugado un papel decisivo en la aparición de las creencias religiosas (Suddendorf & Corballis 1997).

3. La definición de Urgesi et al. es: «la tendencia duradera de trascender las representaciones sensoriomotoras contingentes e identificar el yo como una parte integral del universo en total» (p. 310).

4. Véase en nuestro foro una discusión pertinente.

5. P.ej. Bulbulia (2009 p. 2) sugiere que lo sobrenatural «es un género natural». (Aún, esto implica que las proposiciones categorizadas como de contenido sobrenatural pueden de hecho ser testeadas científicamente: Fishman 2009).



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