03 mayo, 2009

NEUROCIENCIA DE LA RELIGIÓN (III): PALEONEUROLOGÍA, MATEMÁTICAS Y CREENCIA SOBRENATURAL

Por: Antonio Chávez

Hemos visto en «Neurociencia de la religión (II)» la importancia de la dopamina y las subdivisiones prefrontales en el pensamiento mágico (PM) y en la creencia sobrenatural (CSN). Ahora veremos aspectos interesantes de la parte posterior de los correlatos neurales de la CSN. Viendo cómo la evolución del cerebro humano ha proveído las bases neurocognitivas que hacen posible la cognición religiosa, o por lo menos un componente importante de ella en este caso, la CSN, referiré la literatura necesaria para mostrar que los aspectos claves y universales que definen «lo humano» comparten varias de tales bases. Finamente comentaré ejemplos ilustrativos que considero relevantes en este tema.

La paleoneurología y los rasgos distintivos en la evolución del cerebro

La paleoneurología es una multidisciplina joven en la que concursan la biología evolucionista, la neurología, la paleontología y la ciencia cognitiva. Sin embargo, el único objeto físico de estudio son los fósiles disponibles de cráneos, sobretodo interesando el interior de éstos, cuya superficie interna puede conservar las huellas de las circunvoluciones, surcos y vasos sanguíneos cerebrales. No hay otro modo de poder conocer los cerebros de especies fosilizadas en tanto que el tejido neural no fosiliza, sin embargo, el auge del conocimiento del cerebro, absolutamente necesario para completar el cuadro evolutivo de una especie, en especial la humana, ha conducido al empleo de tecnología moderna para escudriñar minuciosamente la morfometría de los endocráneos.

La encefalización es el concepto tradicional al hablar de la evolución del cerebro y aunque hay suficiente evidencia del aumento de su tamaño en homínidos, es necesario saber más detalles de cómo eran esos cerebros durante el proceso. Varios estudios nos resultan interesantes. Primero, se evidencian dos aspectos neuroevolutivos en los homínidos (Weaver 2005): (A) macroscópico – expansión volumétrica de áreas corticales parietal, temporal y en menor grado, frontolímbica (Bruner et al. 2003Bruner et al. 2017Bruner 2019Pearson et al. 2020) y, (B) microscópico – aumento específico de complejidad del tejido neural sobretodo en áreas del córtex cingulado anterior (CCA) y el córtex insular o frontoinsular (CFI) (Nimchinsky et al. 1999; Seeley et al. 2006). Cabe agregar que estos estudios pertenecen a diferentes campos científicos: mientras la evidencia macroscópica es paleoneurológica, la microscópica es neurogenética. Entre tanto, la encefalización en los homínidos en tiempos recientes (a partir del Homo ergaster) tiene un patrón de expansión asimétrica en los hemisferios: una mayor expansión del hemisferio derecho hacia delante en el área frontal, inversa a una mayor del hemisferio izquierdo hacia atrás en el área occipital (Bruner 2003 - artículo no disponible, ver aquí para referencias, o también: Bruner et al. 2003Bruner et al. 2017Bruner 2019Pearson et al. 2020). Tales asimetrías volumétricas y sus aparentes direccionalidades se denominan «petalia» y «torque», respectivamente, ver gráfico. Este fenómeno neuroevolutivo puede considerarse distintivo del ser humano (Falk 2007) y es evidencia de que el cerebro no solo creció sino que también se reorganizó.


Segundo, la expansión de los lóbulos parietal y temporal se ha evidenciado, en términos volumétricos, como el rasgo más notorio de la encefalización en homínidos, en detrimento de considerar tradicionalmente la expansión frontal el rasgo evolutivo humano por excelencia (Semendeferi & Damasio 2000; Semendeferi et al. 2002; Lieberman et al. 2002; Bruner, Manzi & Arsuaga 2003; Weaver 2005). En concreto, analizando mediante imagen por resonancia magnética los cerebros de distintos simios y del hombre actual, Semendeferi y sus colegas obtuvieron los primeros resultados que mostraron que «aunque el volumen absoluto del cerebro y el lóbulo frontal es más grande en humanos, el tamaño relativo del lóbulo frontal es similar en homínidos, y que los humanos no tienen un lóbulo frontal más grande que el esperado en un cerebro primate del tamaño humano.» Sin embargo agregaron que «otros aspectos además del volumen relativo del lóbulo frontal tienen que ser responsables de las especializaciones cognitivas de los homínidos» (Semendeferi et al. 1997).

Efectivamente, continuando en una perspectiva neuroevolutiva y como se estipuló en (B), son las llamadas ‘neuronas en huso’ o neuronas de Von Economo (spindle neurons) uno de los principales responsables, dada su elevada concentración en áreas específicas del cerebro (CCA y el CFI) y su relación con altas facultades cognitivas. Aunque se ha descubierto que las ballenas también tienen tales neuronas e incluso en mayor cantidad y más áreas que en el cerebro humano, con lo que resulta que no son «las neuronas que nos hacen humanos», aún permiten identificar diferencias significativas entre los humanos y los grandes simios. Por otro lado, a pesar que nuestro lóbulo frontal en general no es tan grande como se esperaría, en cambio el área 10 de Brodmann (B10 - áreas frontopolar y dorsolateral) es desproporcionadamente más grande que en cualquier otro simio (Allman et al. 2002).

Asimetría cerebral, neuroevolución y mecanismos inferenciales

Todo lo anterior conduce a ver ambos rasgos distintivos de la evolución del cerebro (A, B) correlacionados coherentemente con las funciones neurocognitivas que han modelado y que confluyen en la emergencia del PM y la CSN:

  1. la asimetría de la expansión volumétrica hacia la derecha es notable en el CPFo, el córtex prefrontal dorsolateral (CPFdl) y más aún en el surco temporal superior (STS) (Watkins et al. 2001 p. 872-873)1. Las áreas CFo y STS forman parte de los correlatos neurales lateralizados hacia la derecha en la detección de meta y la agencia;
  2. la complejidad neurotisular (densidad de neuronas en huso y estructuración de capas corticales) en áreas CCA y CFI se relaciona funcionalmente con las áreas CPFdl y CFo (B10) a las que se conectan, respectivamente. De hecho B10 + CCA se han considerado áreas filogenéticamente especializadas que otorgan rasgos distintivos a las altas capacidades cognitivas humanas (Allman et al. 2002). Las áreas CPFdl y CFo forman parte de los correlatos neurales de la causalidad, la agencia y probablemente del mental time traveling (comentado en «Antropología y religión 2»);
  3. la distribución lateralizada de las funciones cerebrales, aunque no absoluta, correlaciona con la predominancia derecha en la actividad dopaminérgica prefrontal y en las bases neurocognitivas de los sistemas inferenciales asociados al PM y la CSN.

La expansión temporal–parietal y los rasgos humanos distintivos

Como se ha visto, varios estudios han demostrado que la expansión de los lóbulos parietal y temporal en ambos hemisferios es inusualmente desproporcionada, por lo que Lieberman propuso que es la globularidad cerebral el verdadero rasgo distintivo de la encefalización en homínidos. En términos generales, se considera que la encefalización está correlacionada con el aumento en la complejidad funcional, es decir, la expansión volumétrica cerebral significaría mayores redes neurales que interconectan más áreas de procesamiento de la información (Schoenemann 2006). Hay evidencia en otros mamíferos de esta correlación entre mayor volumen neural y mayor especialización conductual (Gibson 2002; Krubitzer 1995). Siguiendo una línea de pensamiento en la que vemos al cerebro humano como un órgano eminentemente social, cobra sentido la evolución volumétrica de las estructuras neurocognitivas destinadas a la categorización, las inferencias causalísticas y agenciales pro–sociales, al procesamiento visuoespacial y al simbolismo, en tanto que facultades útiles de una forma u otra para la cognición social.

Efectivamente, la áreas temporal y parietal han sido y son fundamentales en todos los aspectos humanos más distintivos: el lenguaje (Friederici 2006), el arte (Koelsch et al. 2005; Brown et al. 2006; Fairhall et al. 2008), el manejo y la elaboración de herramientas (Lewis 2006; Stout & Chaminade 2007), la capacidad numérica (Piazza & Dehaene 2004; Masataka et al. 2005; Ansari et al. 2005; Cantlon et al. 2006) y el fenómeno religioso (Mohandas 2008). La literatura que acabo de referir se extiende enormemente, y en términos generales ahora se piensa que los componentes neurocognitivos básicos en todos esos aspectos humanos son innatos y de naturaleza adaptativa, por lo que hay una creciente búsqueda de material genético asociado que ya arroja resultados alentadores (Enard et al. 2002; Pulli et al. 2008; Molko et al. 2003).

También es interesante observar la lateralización hemisférica en todos estos aspectos: en el manejo de herramientas hay predominancia izquierda mientras en las bases de la religión lo hay derecha por ejemplo. Las habilidades artísticas tienen predominancia derecha también, mientras que el lenguaje y la matemática se distribuyen interhemisféricamente según sus propios componentes intrínsecos. Tales distribuciones hemisféricas, nunca absolutas, correlacionan con los aspectos generales de funcionamiento lateralizado del cerebro humano (p.ej. el lado izquierdo analítico y lógico, el derecho holístico e intuitivo). Entre tanto, la lateralización también es un rasgo neuroevolutivo humano, y significó un eficiente uso de la creciente cantidad de redes neurales con mayores interconexiones entre ellas y así llegar al cerebro que ahora tenemos. Sin embargo, dado que hay áreas neurocognitivas específicas que realizan tareas concretas, al quedar interconectadas (bien sea por evolución adaptativa o por desarrollo y aprendizaje) con otras redes funcionales dedicadas a otras funciones, se ha dado y se dan sorprendentes consecuencias a efectos práctico–conductuales. El que estas consecuencias logren tomar forma sociocultural y persistan en la historia co–depende precisamente de factores socioculturales2.

Los correlatos neurales confirman las comunes estructuras neurocognitivas y por tanto, tal y como ocurre, de una forma u otra o en diversos grados de intensidad, los aspectos psicológicos y sociales de todos ellos interactúan y se pueden yuxtaponer, separar o fusionar deliberadamente para construir las columnas de los edificios socioculturales. En este sentido trataré brevemente algunos ejemplos que explicaré precisamente usando los datos pertinentes.



El surco intraparietal: matemática y agencia sobrenatural

El físico Heisenberg dijo en «Los nuevos fundamentos de la ciencia»: «Sigue pues tan viva en la ciencia moderna la fe en la existencia de un núcleo matemático sencillo en todas las leyes naturales, incluso en aquellas que todavía no penetramos, que la sencillez matemática se considera el supremo principio heurístico (…)» (citado de García, «Desarrollo histórico de la teoría de la probabilidad», Revista Estadística Española 1971 p. 55). Heisenberg no se refiere sino a aquella intuición pitagórico-platónica latente de la armonía «que todavía Kepler creía encontrar en las órbitas de los astros», en la ecuación diferencial de la mecánica de Newton y en la mecánica cuántica.

¿Qué significa esto? Por un lado, la historia de la matemática tiene casos sobresalientes de individuos que han buscado o creído encontrar algún propósito trascendental o ente sobrenatural en una explicación matemática total del universo, en una «teoría del todo» puramente abstracta y numérica. Pitágoras, los pitagóricos y su «Uno», que era una teoría del todo con fuerte matiz mágico–religioso, Kronecker, Leibniz, Cantor, Ramanujan, Newton, Gödel, son famosos casos de personas con una inusual capacidad para visualizar «lo infinito» y en ello, de modo puramente imaginario y abstracto mediante la lógica matemática, y justificada en ella, encontrar una «causa intencional» íntimamente vinculada a conceptos religiosos.

Por otro lado, parece que los matemáticos son más propensos a creer en Dios, 2.5 veces más que los biólogos por ejemplo (nota en New York Times 2008), aunque en términos absolutos tal creencia es baja (14.6%), aún así resulta más alta que entre biólogos (5.5%). Más allá de la encuesta y sus resultados lo que aquí es relevante es qué nos puede decir el cerebro:

  1. el surco intraparietal derecho (SIPd) es el correlato crítico del procesamiento o el «sentido» numérico (Dehaene et al. 1999; Dehaene 2002; Piazza et al. 2004; Piazza & Dehaene 2004; Cantlon et al. 2006);
  2. el SIPd correlaciona con el sistema de detección de meta o atribución de intención (Blakemore et al. 2003) y atribución de causalidad (región parietal inferior derecha: Fugelsang et al. 2005)3;
  3. el surco intraparietal izquierdo (SIPi) también está involucrado en el procesamiento numérico (Dehaene 2002; Piazza & Dehaene 2004; Cantlon et al. 2006) y en la representación de meta intencional o la atribución de intención (Hamilton & Grafton 2006; cf. Tunik et al. 2007 para una amplia revisión de estudios del SIP/detección de meta);
  4. el SIP, entre otras áreas se correlaciona con la empatía (SIPd: Moll et al. 2002) y con la ToM (Singer 2006);
  5. el SIPd/i correlaciona con el manejo de herramientas (Lewis 2006; Stout & Chaminade 2007).

Datos tan interesantes merecen discutirse. Si bien está claro que los números son abstracciones, las acciones también lo son para Hamilton (nota de ScienceDaily 2006) y esto es congruente con las funciones del SIP. Así que ¿son los números y las herramientas conceptualizadas como agentes intencionales? Neurocognitivamente es evidente que sí, en el sentido de que la intuición numérica, el manejo de herramientas y la atribución de agencia se traslapan, y además sabemos que para el cerebro es indistinto si el estímulo externo es una persona, un objeto inanimado (Csibra et al. 1999; Montague & Chiu 2007), o incluso ser invisible y no tener presencia física (Bering & Parker 2006), prácticamente basta que el estímulo esté en movimiento para que se disparen las inferencias de patrones e intenciones en tal movimiento. Entonces, el modo de funcionamiento de nuestro órgano pro–social consiste en buscar enfocar las emociones, el pensamiento y la conducta hacia el estímulo (lo que puede bastar con una reacción empática sin necesidad de consumación motora) y para ello cuenta con dispositivos neurocognitivos que conceptualizan automáticamente el estimulo como «intencional». También hemos visto antes en «Neurociencia de la religión (II)» que las áreas prefrontales y la dopamina contribuyen importantemente a ello.

Ahora bien, poder interactuar con «objetos» que no tienen presencia física real está claro que es una capacidad crítica para el sentido numérico y la cognición matemática, pero el traslapado funcional con estructuras neurales de la agencia, la causalidad, la empatía y la ToM implica además una probable predisposición empática hacia ellos. Aunque no se sabe exactamente cómo ocurre esto en sentido computacional (aunque véase aquí una ‘sintaxis sujeto←→acción’ como aparente base computacional), lo que tenemos a disposición son los casos mencionados que sugieren tal conexión. Los números o las herramientas resultan «susceptibles» de ser vistos como agentes intencionales «con contenidos mentales», y aunque parezca extraño, efectivamente así ocurre, de lo contrario, en otro caso ilustrativo, seríamos incapaces de antropomorfizar cuanto objeto o circunstancia nos rodea (ver p.ej. Chaminade et al. 2007).

Pero el asunto es más complejo aún, puesto que el SIP está implicado en la detección/atribución de causa. Esto que también es de gran utilidad para la cognición matemática, al intentar explicar la totalidad de objetos y circunstancias del universo entero, puede derivar en una natural «promiscuidad teleológica» (demostrada en adultos: Kelemen & Rosset 2009). O dicho con mayor fundamento empírico (Kelemen 2003; Kelemen et al. 2005; Lombrozo et al. 2007): se dan las condiciones para que emerja una forma natural de inferencia causal teleológica. Si bien las inferencias causal y teleológica son diferenciables (Csibra & Gergely 1998), la presunción de propósito/diseño claramente se vincula a la detección/atribución de meta y de agencia. Esto explica porqué puede darse esa curiosa relación, en los casos vistos, entre matemática, explicación total y un sentido de propósito con características trascendentales, esto último en el sentido de que tales explicaciones puramente matemático–abstractas pueden resultar imposibles de confirmase empíricamente.

Por último, las áreas adyacentes al SIP (giro angular, lóbulo parietal inferior/superior/posterior, junción temporoparietal) también correlacionan con el procesamiento numérico (córtex parietal inferior), la detección/atribución de meta intencional (córtex parietal superior) y de agencia (SIPd), la empatía y la ToM pero además con el lenguaje y varios tipos de experiencias religiosas. Así, las experiencias extracorpóreas implican la junción temporoparietal (Blanke et al. 2005; Blanke & Arzy 2005), y el lóbulo parietal participa en la experiencia religiosa de «hablar en lenguas» (Newberg et al. 2006) y la meditación (Lazar et al. 2000). Por último, la experiencia mística se asocia entre otras regiones al lóbulo parietal (Beauregard & Paquette 2006, ver imagen de la derecha; cf. Mohandas 2008, ver cuadro de la izquierda; Newberg & Lee 2005 para revisiones de estudios al respecto.)


Conclusión: el cerebro de Einstein

Uno de los científicos que no he citado, Einstein, es un caso aparte debido a que se ha podido estudiar su cerebro y los datos obtenidos son intrigantes (notas en Science 2009; 2012). Lo primero que captura la atención fueron algunas anomalías en el lóbulo parietal: 15% más ancho de lo normal, siendo que, paradójicamente, el peso total de su cerebro es de 1.230gr. Otras anomalías interesantes son la falta del surco que divide el lóbulo parietal del temporal y la falta de surcos dentro del área supramarginal del lóbulo parietal inferior: todo esto implica que hay más área de corteza cerebral en esta zona además de su mayor volumen. No es casual que estos parietales más anchos coincidan con la aguda capacidad visuoespacial que tuvo Einstein, sino que, por otro lado, este rasgo concuerda con los resultados paleoneurológicos que muestran como rasgo distintivo de la encefalización humana, precisamente, la desproporcionada expansión parietal, que nos ha dado nuestras avanzadas facultades visuoespaciales (cálculo, sistemas inferenciales hiperactivos, abstracción, proyección y prospección espaciotemporal). O sea, algo así como que su cerebro es una exageración de tal patrón.

Aunque no se puede afirmar que el cerebro de Einstein y sus parietales anchos sean «el futuro evolutivo del cerebro», en cambio otro asunto emerge: la dimensión de sus parietales también concuerda con su profunda ideación mágico–cósmica, que no era precisamente pues, una fe religiosa y doctrinal. Y aunque tampoco se puede considerar su genialidad como un modelo de inteligencia humana más evolucionada (puesto que se limitaría a un asunto visuoespacial–matemático en detrimento de otros tipos de inteligencia o habilidades) su cerebro-mente no deja de ser ilustrativo de todo lo desarrollado en este artículo.


Notas:

1. El mismo estudio muestra además otro alto grado de asimetría hacia la derecha en la ínsula, área con un importante rol asociativo entre las emociones y la representación sensorial, que está directamente vinculada a las regiones orbitofrontal, temporal y el cíngulo anterior. Entre tanto, hay dos datos importantes asociados: 1) la ínsula derecha tiene una alta densidad de neuronas en huso (Watson, Jones & Allman 2006) probablemente relacionadas con la fluidez adaptativa de las inferencias intuitivas asociadas a la ToM (Allman et al. 2005; Watson, Jones & Allman 2006) y la intuición moral (Woodward & Allman 2007); 2) ésta región (ínsula izquierda) fue encontrada activa en los correlatos neurales de la experiencia mística en monjas carmelitas (Beauregard & Paquette 2006).

2. Precisamente, se piensa que la religión es uno de tales efectos, es decir, es un subproducto de la evolución neurocognitiva: si bien en sí misma no esta preprogramada neurocognitivamente, en cambio es probable que varios componentes que subyacen a ella sí lo estén (p.ej. mecanismos inferenciales) pero obviamente, no están exclusivamente enfocados a generar ideas religiosas. De hecho, al ser tales mecanismos inferenciales fuertemente pro–sociales, es evidente que su origen adaptativo es la cognición social y no la religión, que sería en todo caso una consecuencia no adaptativa. Otros ejemplos son las diferenciales, el cubismo o los idiomas: el cerebro tiene áreas especializadas para el sentido numérico, la capacidad artística y para el lenguaje que nos predisponen a desarrollar la matemática, la pintura y el habla, pero las fórmulas diferenciales, cierto estilo pictórico o el idioma francés en cambio forman parte de la explotación sociocultural de aquellas predisposiciones.

3. Ya se ha comentado que se consideran los sistemas inferenciales estructurales de la creencia sobrenatural (Boyer 2003).


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30 abril, 2009

NEUROCIENCIA DE LA RELIGIÓN (II): DOPAMINA, PENSAMIENTO MÁGICO Y RELIGIÓN

Por: Antonio Chávez

Nuestro artículo «Neurociencia de la religión (I): Correlatos neurales de la creencia sobrenatural» y su «Neuromapa 2», es un punto de partida para discutir y ampliar una serie de datos e hipótesis sobre el estudio neurocognitivo de la religión. Es importante dejar claro para el lector que seguimos viendo solo un aspecto del fenómeno religioso: la creencia sobrenatural, y más propiamente dicho el pensamiento mágico, que es un aspecto cognitivo relacionado con la religión pero independiente de ella. Otros aspectos de la religión como el ritual, las experiencias (meditación, éxtasis místico, etc.) o la moral religiosa, necesitan sendos análisis futuros. Entre tanto, el neuromapa 2 gráficamente señala el sistema de la dopamina (flecha roja): ganglios basales (GB) – córtex prefrontal ventromedial (CPFvm) – córtex prefrontal dorsolateral (CPFdl) – córtex frontal medial (CFm), indicándose algunas funciones asociadas a la creencia sobrenatural (Boyer 2003; Boyer & Barrett 2005). En este artículo intentaré explicar brevemente como se relaciona la creencia sobrenatural con la dopamina y las subdivisiones del córtex prefrontal.

Pensamiento mágico, causalidad y religión

El pensamiento mágico (PM) «primariamente compromete una tendencia a asumir significados ocultos en las configuraciones aleatorias y a insistir en una determinación causal de las coincidencias» (Mohr et al. 2003). En este estudio se empleó una escala de medición de PM en una persona, basado por ejemplo en conceptos a considerarse ‘verdaderos’ como «Yo a veces siento que pierdo o gano energía cuando la gente me mira o me toca» o «Algunas personas pueden hacerme conscientes de ellas tan solo pensando en mi» (Mohr et al. 2003). Al margen del grado de creencia, su variación entre individuos y hablando de personas normales y sanas (de hecho, la elevación de dopamina en individuos escépticos se relaciona con el PM, nota en NewScientist 2002), como demuestran los estudios referidos, tenemos mecanismos específicos y automáticos de reacción ante la percepción de objetos o eventos, infiriendo de manera natural la existencia de conexiones y relaciones causales entre ellos1.

La creencia sobrenatural (CSN), aspecto sobresaliente de la religión en términos generales, se construye en parte sobre la convergencia funcional de ciertos sistemas automáticos e intuitivos, como el de detección de meta y el de agencia (ver neuromapa 2), que en términos neurocognitivos se vinculan directamente al sistema de inferencia causal, cuyos correlatos neurales en el surco intraparietal derecho y el giro frontal medial derecho (Fonlupt 2003; Fugelsang et al. 2005), también participan en detección de meta y agencia (Blakemore et al. 2003Boyer 2003). Existe una íntima relación que es evidente neurocognitivamente y probablemente de tipo jerárquica entre la (inferida) conexión entre objetos, eventos o circunstancias percibidos y la (inferida) propia intención en objetos y entes percibidos. A su vez, estos sistemas2 se integran a los correlatos neurales de la empatía, ToM, modulación emocional y las abstracciones espaciotemporales.

Entre tanto, en la percepción de estímulos externos esa relación direccional y jerárquica de causalidad (~PM) agencialidad/detección de meta (~CSN), se funda en que: (A) hay evidencia de ésta relación entre los sistemas inferenciales de causalidad y agencia, que funcionaría de modo inverso que cuando representamos nuestras propias intenciones (Blakemore & Decety 2001 abstracto/completo), (B) la agencia comprende un mayor y amplio número de subsistemas necesarios para inferir a partir de las conexiones causales una «intencionalidad mental» en un agente. Luego en un más complejo nivel de cognición (agencia + empatía + ToM + moral), eventualmente se realizarán transacciones sociales con dicho agente, esto es, pensamiento/conducta enfocados a la interacción social (ofrecer, solicitar) con un agente intencional. Ahora bien, de acuerdo con Boyer y Sperber «las creencias explícitas de esta clase son interpretaciones de los propios estados mentales de alguien» (Boyer 2003), donde este agente «alguien» con intenciones y deseos, por un lado, no interesa que sea un ente social real ni que esté físicamente presente para estimular los sistemas de causalidad, detección de meta, agencia, etc.: en efecto, tales inferencias son igualmente disparadas ante objetos inanimados (Csibra et al. 1999; Montague & Chiu 2007; Roberts et al. 2020), o aún como se ha visto en infantes, ante la ausencia física del agente en sí mismo (Bering & Parker 2006); y por otro lado, el disparo de tales inferencias a pesar de la ausencia física externa del agente, podría explicarse con la evidencia de que predecimos su intención usando las representaciones de nuestros propios estados mentales/conductuales, función que involucra la CPFdl (Blakemore & Decety 2001 p. 564-565).

Por lo anterior, un concepto típico en el PM como el mencionado arriba de saber sobre una persona tan solo porque ésta piensa en uno, podría además tener un significado sobrenatural–religioso, como en efecto típicamente se da, de atribuir esta relación a la actividad intencional de una entidad superior, como un dios, un espíritu ancestral u otro ente (que por lo general tiene una definición que viola los conceptos intuitivos sobre los objetos, el espacio, el tiempo y la relación entre todos estos, p.ej. entes inmateriales y/o atemporales). Es decir, el vínculo psicológico entre PM y CSN es que comúnmente la causa final es atribuida a la acción intencional de un agente sobrenatural (Bering & Parker 2006). Y entre tanto que este tipo de ideas y creencias son posibles debido a la confluencia de mecanismos neurocognitivos naturales y aprendizaje/modulación/explotación cultural (Atran & Norenzayan 2004), ellas resultan extraordinarias en términos científico-epistemológicos y aún en términos intuitivos cotidianos. Aquí la neuroanatomía y la neurofisiología nos proporcionan otras pistas sobre cómo emergen.

Dopamina, pensamiento mágico, correlatos neurales de la creencia sobrenatural

El neurotransmisor dopamina (DA) se disemina por una red no muy extensa en el cerebro, a diferencia de otras redes de neurotransmisores, sin embargo actúa en áreas importantes para algunas de las más altas facultades cognitivas, y en lo que nos interesa, inerva la parte anterior de los correlatos neurales de la CSN, esto es como se anotó al principio, las áreas ventral, dorsolateral y medial del lóbulo frontal.

Conocido como el neurotransmisor de la expectativa de recompensa, la DA ha sido demostrada, a través de un extenso número de datos empíricos en animales y en humanos (condiciones patológicas y saludables) como regulador clave del proceso de atención, la adaptación de la conducta y la anticipación de acciones consecuentes con su intención (Nieoullon 2002). También es fundamental en la regulación de la percepción de emociones (Salgado-Pineda et al. 2005; Caria 2020), la regulación de las representaciones prefrontales (Frank & O’Reilly 2006) y está relacionada con el desarrollo filogenético de capacidades cognitivas complejas (Nieoullon 2002; Previc 2006). Más específicamente, la DA se relaciona con la orientación/atención hacia patrones y señales en el espacio distante o extrapersonal y la orientación/planificación hacia el futuro (Previc 2006).

Aquí lo relevante de la DA y las regiones prefrontales sobre las que actúa es que le confiere un significado socio–emocional al procesamiento visual y espaciotemporal enfocado hacia un objetivo o un estímulo distante. Esas regiones (CPFvm, CFm, CPFdl y orbitofrontal –CPFo) que integran la parte anterior del neurocircuito de la CSN, están involucradas en el procesamiento de la memoria y la manipulación de la información (visual, espacial, temporal, memórica, emocional) proveniente de los lóbulos posteriores parietal/temporal y de áreas límbicas hipocampo/amígdala (Estévez-González et al. 2000), que es relevante para la cognición social (Adolphs 2001; Abu-Akel 2003). De hecho, hay evidencia (neurogenética) de la participación de la DA en la memoria episódica (áreas hipocámpica y prefrontal: Schott et al. 2006), que hace posible el «mental time travel», una capacidad prospectiva quizás exclusiva del hombre (Tulving 2002) y vinculada a la imaginación contrafactual (Boyer 2008). Entre tanto, una cantidad de datos demuestran la activación integrada frontal/parietal/temporal para los sistemas de inferencia causal (Fonlupt 2003Fugelsang et al. 2005; Blakemore et al. 2001), detección de meta (Blakemore et al. 2003) y agencia (Allison et al. 2000; Decety et al. 2002; Moll et al. 2002).

Aunque en esas funciones que implican otras regiones no prefrontales concursan otras moléculas como serotonina, norepinefrina o acetilcolina, la DA resultaría fundamental para la agencia al regular la percepción de emociones en las áreas CPFvm/CPFo, y de ahí la dotación de un significado socio–emocional. Efectivamente, el correlato neural de la detección de señales socio–emocionales involucra entre otras áreas la CPFo (Allison et al. 2000), que junto con la CPFvm comparten varias funciones aquí relevantes, por ejemplo, que tanto la primera (Adolphs 2001Abu-Akel 2003) como la segunda región prefrontal (Shamay-Tsoory et al. 2003) estén importantemente vinculadas a la empatía, componente estructural del sistema de agencia (Boyer 2003). Como resultado de todo esto, debido a la naturaleza hedónica del sistema de expectativa de recompensa, regulada por la vía mesocortical del sistema dopaminérgico y las áreas prefrontales que inerva, tenemos una fuerte susceptibilidad emocional de recompensa ante la incertidumbre y así una automática propensión a las inferencias predictivas/explicativas. En otras palabras, es satisfactorio ‘ver’ patrones en el mundo que nos rodea, es placentero generar inferencias sobre él.

Sin embargo, alteraciones en la producción de DA se relacionan con hiperactividad, ansiedad, esquizofrenia (Nieoullon 2002) y aún en individuos sanos, con trastornos de la conciencia espacial (Mohr et al. 2003). Así, el espectro neuro- y psicopatológico de la DA y áreas frontales vinculadas también evidencia la relación de estas con el PM, la CSN y la religión: todos aquellos son cuadros patológicos donde precisamente las funciones que estamos viendo están hiperactivas y el resultado ya no es precisamente 'placentero'. El delirio y la alucinación psicótica se relacionan con una anormal hiperactividad de DA (Amin et al. 1999; Morimoto et al. 2002) y se consideran extensiones del PM (Jarosz 1996), entretanto que extensiones patológicas del mismo. El PM es así identificable tanto en la esquizofrenia ('síntomas positivos') como en la personalidad esquizotípica (que se define por el alto puntaje en cuestionarios de PM), la creencia paranormal, las experiencias extracorporales y las creencias religiosas profundas (Lawrence & Peters 2004; Raz et al. 2008; Schmack 2015)3. Estos dos últimos estudios han identificado el gen COMT como un determinante de las fluctuaciones de DA, y a su vez de una mayor inclinación hacia el PM.

Existe además una correlación de la esquizofrenia y la hiperdopaminergia dada por la lateralización de ésta hacia la derecha en el cerebro (Bracha 1989; Laakso et al. 2000; Hsiao et al. 2003) y los correlatos neurales de PM/CSN mayormente lateralizados hacia la derecha (ver neuromapa 2 ref. 2-7), habiendo directa evidencia que relaciona esta lateralización derecha hiperdopaminérgica con el alto puntaje en PM (Brugger & Graves 1997; Nalçaci et al. 2000Mohr et al. 2003; Ribolsi et al. 2013), definiéndose incluso el grado de PM como resultado e indicador del normal desbalance hemisférico, hacia la derecha, en la actividad de la DA (Taylor et al. 2002; Brugger & Mohr 2008 abstracto/completo).

Finalmente, hay que observar que la funcionalidad lateralizada/derecha del cerebro coincide con la lateralización de los aspectos neurocognitivos del PM, y como hemos visto, también coincide con la lateralización hiperdopaminérgica asociada. Esto y todo lo anterior no significa de que la ideación mágica y en consecuencia la religión se «localicen» en el hemisferio derecho, ni que se reduzcan a una molécula (de hecho, aunque directamente vinculadas, entre PM/CSN/religión también habría que observar una relación multi-nivel y/o jerárquica que puede implicar otros y más amplios correlatos neuropsicológicos de acuerdo a cada religión específica4) pero indica que es sobretodo el cerebro derecho holístico-intuitivo y su neurofisiología las mayores bases de tal ideación.


Conclusión

De acuerdo con todos los datos presentados, la DA y las áreas prefrontales relacionadas cumplen un rol de procesamiento de la percepción/inferencias automáticas y generación de significado socio–emocional, mecanismo coherente con un modelo general de funcionamiento posterior/categorial anterior/dimensional correspondiente a la ToM (Tirapu-Ustárroz et al. 2007), que es similar al que se intenta graficar en el neuromapa 2, al margen de que, de acuerdo con Boyer (2003) los sistemas inferenciales de la CSN sean independientes de la ToM. Este sistema neuroanatómico-fisiológico-psicológico es capaz de agregar un significado de «intencionalidad mental propia» a la detección de los estímulos apropiados (p.ej. organismos u objetos complejos), es decir, «como si» el objetivo o el estímulo se tratase de un ente social con el que tenemos la expectativa (placentera) de interactuar. Esto es en términos neurocognitivos lo que sostiene al PM y la CSN.


Notas:

1. En el contexto complejo (tanto natural como social) en el que hemos evolucionado, la ventaja adaptativa de tales mecanismos inferenciales pro-sociales es fácil de ver p.ej. para el establecimiento de coaliciones sociales o encontrar pareja. Y aunque tales mecanismos permiten también el surgimiento de ideas y creencias extraodinarias, todo esto perfila la propia evolución neurocognitiva humana en términos de adaptación social (Dunbar 1998).

2. Es necesario recordar que el efecto de estos sistemas subyacentes es generar explicaciones intuitivas de lo que se percibe, y que además, esto no se manifiesta exclusivamente en la CSN ni en el PM sino que se trata de un aspecto general del funcionamiento cerebromental, identificable desde el arte, la moral, la comunicación y la acción cotidiana hasta el pensamiento científico (Sturm & Gigerenzer 2006; ver «La intuición no es irracional»). Entre tanto, la evidencia experimental demuestra que las inferencias que caen en el campo de lo que definimos como ‘sobrenatural’ son exitosas culturalmente (p.ej. la universalidad de tales creencias en las socioculturas) precisamente porque violan nuestras expectativas y capacidades automáticas de conocimiento intuitivo (cf. «Contraintuitividad mínima»).

3. La literatura científica deja claro que el PM no es sinónimo de esquizofrenia, a pesar de poder identificársele en su sintomatología 'positiva'. De hecho, hay evidencia de PM en científicos mentalmente sanos (Pilette 1983Harris 1997).
4. Veáse p.ej. un reciente estudio de imagenología cerebral sobre conceptos doctrinales específicos dentro de una creencia religiosa específica (Kapogiannis et al. 2009). En los diferentes conceptos se encuentra involucrado un número más amplio y diverso de áreas neurocognitivas dedicadas a otros aspectos mentales/conductuales implicados en una religión específica dada, como moral, premio/castigo, juicio, adherencia, etc.



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Temas relacionados:


26 marzo, 2009

CONCEPTOS ERRÓNEOS SOBRE LA RELIGIÓN

Por: Antonio Chávez
Esta tabla (tomado y traducido de Boyer 2003 p. 120; pinchar para ampliar) recoge las ideas comúnmente sostenidas sobre la religión, en el sentido de intentar expresar su origen, causas, funciones o definirla en general, comparándolas con los conceptos fundados en el estudio cognitivo de la religión. Los sesgos de aquellas ideas consisten básicamente en generalizaciones y extrapolaciones de los rasgos propios (o exclusivos) de una religión respecto a otras religiones. Específicamente, la mayoría de conceptos errados consisten en extrapolaciones de aspectos de las religiones abrahámicas hacia las demás religiones, o bien se emplean como generalización para todo el fenómeno religioso.



Documento original insertado aquí abajo.




Bibliografía:

• Boyer (2003). Religious thought and behaviour as by-products of brain function. TRENDS in Cognitive Sciences, Vol.7 No.3 March 2003

CONTRAINTUITIVIDAD MÍNIMA

Traducción y agregado de Notas: Antonio Chávez hnc.correo@gmail.com
(Documento original aquí. Ver documento original insertado abajo.)  
Cuestiones generales

¿Son ciertos conceptos mejor transmitidos y recordados que otros? ¿Los conceptos religiosos tienen estas propiedades?

Teoría

La cognición intuitiva es un conocimiento fundamental respecto a ciertos aspectos del mundo, el pensamiento en gran parte inaccesible a la inspección consciente de sus principios conductores; emerge relativamente temprano; es altamente invariante dentro y a través de las socioculturas; y, a causa de su bajo impacto en los recursos cognitivos, es comúnmente usada en el razonamiento y la toma de decisiones diarios. Psicólogos del desarrollo y científicos cognitivos han identificado diversos dominios del conocimiento intuitivo (Spelke & Kinzler 2007) tales como aquellos que tratan con la representación de objetos (especialmente las propiedades de cohesión, continuidad, y contacto), agentes (direccionalidad a una meta, eficiencia, contingencia, reciprocidad, y seguimiento ocular), número (imprecisión, abstracción, habilidad de comparar y combinar por adición y sustracción), y la geometría del entorno (distancia, ángulo, y sentido de relación entre superficies del entorno). En adición, hay evidencia de entendimiento intuitivo de biología (Medin & Atran 1999; cf. Atran 1999). El filósofo Robert McCauley (2000) útilmente distingue entre cognición natural de la madurez (es decir, el producto natural de la maduración humana – tempranamente desarrollada, altamente automática y fluida, y de baja variación intercultural) y cognición natural practicada (también automática y fluida, pero que requiere artefactos especiales e instrucción explícita, y es de alta variación intra- e intercultural). La cognición intuitiva es invariablemente del primer tipo. A pesar de la naturaleza ubicua y la alta eficiencia del conocimiento intuitivo, muchos conceptos religiosos parecen diseminarse ampliamente y volverse culturalmente exitosos a pesar de sus aparentes violaciones del conocimiento intuitivo. Pascal Boyer (1994; 2001), siguiendo los principios de transmisión cultural de Dan Sperber (1995; 1996), ha desarrollado una óptima teoría cognitiva de la transmisión de los conceptos religiosos, también conocida como teoría de lo mínimamente contraintuitivo (Barrett 2000; Barrett 2004). 

La idea de Boyer es que mientras los conceptos intuitivos se transmiten bien, aquellos que sutilmente se desvían de la intuición pueden ser transmitidos aún más exitosamente, mientras que aquellos que se desvían de la intuición en gran medida terminan sobre-exigiendo a los procesos cognitivos y por tanto resultan siendo menos transmisibles. Maurice Bloch (2005) ha argumentado que si algunas supuestas representaciones contraintuitivas son repetidamente practicadas ellas se vuelven muy familiares e indistinguibles de las creencias intuitivas. La distinción de McCauley muestra porqué esto no es un problema; Bloch está refiriendo como ‘intuitividad’ los derivados de la naturalidad practicada, mientras los conceptos contraintuitivos no pueden derivar de la naturalidad de la madurez. Barrett (2008) recientemente ha desarrollado un sistema formal de seis puntos para codificar y cuantificar la contraintuitividad de un concepto:
1. Identifica el nivel básico de la categoría (cf. Rosch et al. 1976);
2. Identifica la categoría ontológica intuitiva en la que el objeto cae;
3. Codifica las propiedades de transferencia de la categoría ontológica;
4. Codifica las violaciones de la categoría ontológica;
5. Codifica las violaciones dentro de las violaciones;
6. Incrementa el número de transferencias y violaciones.
Este modo de pensar sobre la contraintuitividad genera un número de predicciones no testeadas: las múltiples violaciones del mismo grupo de expectaciones ontológicas podrían ser menos contraintuitivas que las múltiples violaciones de diferentes dominios; las propiedades de transferencia individuales podrían disparar la asunción de que el entero grupo de propiedades asociadas con este dominio ontológico ha sido transferido; conceptos altamente contraintuitivos podrían ver algunas de sus propiedades contraintuitivas desconectadas en el pensamiento on-line; etc.

Evidencia

Boyer & Ramble (2001) usaron tareas de libre recuerdo en participantes franceses, gaboneses y nepaleses; en todos los tres grupos, las violaciones y transferencias mínimamente contraintuitivas de conceptos de persona y artefacto fueron mejor recordados que sus contrapartes intuitivas. Barrett & Nyhof (2001) obtuvieron resultados similares con estudiantes escolares estadounidenses. Casos de ‘violación de expectativa’ fueron mejor representados después de tres re–narraciones de la misma historia que otros casos bizarros o mundanos, aún cuando el estímulo fuera presentado oralmente y el recuerdo del mismo se diera tres meses después de su exposición. Pyysiäinen et al. (2003) además encontró que las representaciones contraintuitivas, y aquellas que en particular implican un agente consciente, en mayor medida fueron clasificadas como religiosas por un muestreo internacional de estudiantes. Lisdorf (2001) encontró que listas de eventos portentosos, conocidos como prodigios, de los siglos I a III a.C. en Roma son contraintuitivos para la mayoría (aunque muchos bizarros, también fueron reportados prodigios no–contraintuitivos), con 99% de serlo mínimamente. Más recientemente, un grupo de estudios (Gonce et al. 2006; Tweney et al. 2006; Upal et al. 2007) apoyan el rol del contexto en el incremento del recuerdo de casos mínimamente contraintuitivos. Entretanto, los autores no caracterizan la contraintuitividad mínima en los mismos términos de Boyer y Barrett. Barrett (2008)1 nota que es poco claro si los pares de palabras tales como ‘comentario seco’ y ‘parábola durmiente’ (Norenzayan et al. 2006), los cuales refieren abstracciones más que objetos (de amplia interpretación para contener humanos, plantas, animales, seres vivientes, y artefactos) evocan verdaderas representaciones contraintuitivas. Aún cuando los objetos son usados como estímulos, el uso de dúos de palabras libres de contexto –tales como ‘puerta sedienta’- es riesgoso como puedan ser interpretadas metafóricamente (en este caso, como una ordinaria puerta que succiona pintura). A pesar de tales reservaciones, Norenzayan et al. (ibid.)2 encontraron que los pares de palabras intuitivas fueron mejor recordados que los contraintuitivos, pero también que la degradación del recuerdo fue más baja para los contraintuitivos que para los pares intuitivos.

 
Notas: 
1. Aunque la crítica de Barrett es consistente («“Una montaña que oye plegarias” puede ser contraintuitivo, pero no es claramente contradictorio en el modo en que “el soltero está casado” lo es», comentario de Barrett en Atran & Norenzayan 2004 p. 732), A&N responden argumentando que los términos ‘contraintuitivo’, ‘contrafactual’ o ‘contradictorio’ no son estrictamente excluyentes, a la vez que son usados sin advertencia de distinción por Boyer (2003), el propio autor de la teoría de la contraintuitividad mínima (ibid. p. 754). 
2. Junto con Atran en similar experimentación previa (con estudiantes estadounidenses y nativos mayas) obtuvieron los mismos resultados (ibid. 2004 p. 722-723). Sin embargo A&N observan que aunque los resultados antes referidos (Boyer & Ramble 2001; Barrett & Nyhof 2001; Pyysiäinen et al. 2003) son sugerentes, no queda claro porqué entonces los conceptos contraintuitivos ocupan en realidad un espacio mínimo en la estructura narrativa de las religiones, los cuentos populares y los mitos. «Incluso la lectura atenta de materiales culturales exitosos, como la Biblia, el Veda hindú, o el Popul Vuh maya, sugiere que los conceptos y las ocurrencias contraintuitivas son una minoría.» (Atran & Norenzayan 2004 p. 722) Ante esto A&N complementan la teoría de Boyer argumentando que las creencias religiosas se integran como grupos enteros de creencias donde se combinan ideas intuitivas y contraintuitivas. En este sentido y de acuerdo a sus propios resultados A&N sostienen que «la desventaja en el recuerdo [de las ideas mínimamente contraintuitivas] puede ser compensada por la resistencia, así que en generaciones de transmisión, una idea que es menos recordada, pero también menos degradable, puede prevalecer sobre una idea que al principio es recordada bien, pero eventualmente muere debido a un alto grado de degradación.» (ibid. p. 723) Es relevante observar que Barrett & Nyhof hicieron su experimento empleando narraciones envés de dúos o tríos de palabras. Por tanto, y continuando con A&N, «las creencias contraintuitivas en grado mínimo, mientras vengan en pequeñas proporciones, ayudan a las personas a recordar y presumiblemente transmitir declaraciones intuitivas. Una pequeña proporción de creencias mínimamente contraintuitivas da una ventaja mnemónica a una historia sobre las historias sin creencias contraintuitivas o con demasiadas creencias contraintuitivas […] Este aspecto dual de las creencias sobrenaturales y los grupos de creencias –de sentido común y contraintuitivas– las hace compelidamente intuitivas aún siendo fantásticas, eminentemente reconocibles a pesar de sorprendentes. Tales creencias capturan la atención, activan la intuición, y movilizan las inferencias en modos que facilitan enormemente su retención mnemónica, transmisión social, selección cultural, y supervivencia histórica.» (ibid. p. 723-724)


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ÍNDICE TEMÁTICO

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LO HUMANO
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UN ROMPECABEZAS: ANALIZANDO LA RELIGIÓN Y EL ATEÍSMO
Diversas disciplinas confluyen para ello
Generalidades
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