26 diciembre, 2009

DIOS NO NECESITA REALMENTE EXISTIR PARA HABER EVOLUCIONADO

Original en inglés de Edge: «God need not actually exist to have evolved» (Bering1 2009).
Traducción: Antonio Chávez
hnc.correo@gmail.com

¿Qué pasa si le dijera que Dios está enteramente en su mente? Que Dios, como una diminuta especificación flotando en el borde de su córnea produciendo la imagen de una difusa orbe fuera-del-alcance que le acompaña a cada paso, era en realidad una ilusión, un defecto psicológico grabado en el sustrato cognitivo básico de su cerebro? Se puede sentir que hay algo más grande ahí fuera... vigilando, sabiendo, cuidando. Tal vez incluso juzgando. Pero en realidad hay sólo el aire que respira. Considere, brevemente, las consecuencias de ver a Dios de esta manera, como una especie de rasguño en nuestras lentes psicológicas en lugar de la figura enigmática ahí fuera en el mundo celestial donde la mayoría de las personas creen que está. Subjetivamente, Dios todavía estaría presente en nuestras vidas. De hecho, más bien molestando. Como un modo de percepción, él seguiría cubriendo nuestras experiencias con un elusivo significado y dando el sentido de que el universo se comunica con nosotros de diversas maneras. Pero objetivamente, la noción de Dios como una ilusión es una radical y algunos dirían que incluso peligrosa idea, ya que plantea importantes cuestiones acerca de Dios como un agente autónomo, independiente, que vive fuera de las células del cerebro humano.

De hecho, la ilusión de Dios es más plausible como idea que algunos otros experimentos relacionados con el pensamiento, como la posibilidad de que nuestros cerebros están asentados en una cubeta electrificada en alguna parte y que estamos simplemente viviendo vidas simuladas. En contraste con el ejercicio de la cubeta o alguna otra analogía a la película de ciencia ficción The Matrix, es bastante indiscutible que la capacidad de nuestra especie de pensar en Dios –incluso un Dios ausente– sólo es posible en nuestros cerebros muy naturalmente derivados. En particular, en virtud del hecho de que nuestros cerebros han evolucionado a lo largo de los eones en la forma inusual que tienen. En el discurso filosófico, la idea de que Dios es una ilusión podría ser una alternativa científica, inspirada en un debate muy antiguo, ya que se trata de la naturaleza y veracidad del ser real de Dios.

Todo eso está muy bien, puede estar pensando. Pero tal vez Dios no es una ilusión en absoluto. Más que un rasguño en nuestras lentes psicológicas, la capacidad de nuestro cerebro para razonar acerca de lo sobrenatural –sobre cosas como el propósito, la otra vida, el destino– en realidad es la firma personal de Dios en nuestro cerebro. Uno nunca puede descartar la posibilidad de que Dios diseñó microscópicamente la evolución del cerebro humano de manera que hemos llegado a verlo más claramente, una especie de procedimiento Lasik divino, o un raspado de la feroz bestialidad que oscurece la mente de los demás animales. De hecho, algunos estudiosos, como los psicólogos Justin Barrett y Michael Murray, sostienen algo parecido a esta visión de «evolución teísta» en sus escritos. Sin embargo, como un psicólogo científico que estudia la religión, me tomo la parsimonia explicativa en serio. Después de todo, la parsimonia es la premisa básica de la Navaja de Occam, la piedra angular de toda investigación científica. La Navaja de Occam sostiene que, de dos teorías igualmente plausibles, la ciencia rasura la grasa adicional, favoreciendo la que hace el menor número de supuestos innecesarios. Y en ciencias naturales, el concepto de Dios como una fuerza causal suele ser una desagradable masa de cartílago. Aunque el tratamiento de Dios como una ilusión puede no estar completamente justificado filosóficamente, por lo tanto, es de hecho un tratamiento válido científicamente. Debido a que el cerebro humano, como cualquier otro órgano físico, es un producto de la evolución, y como funciona la selección natural, sin recurrir a la previsión inteligente, este aparato mental nuestro desarrollado para pensar en Dios todo sin necesidad de consultar a este, desampara su existencia real.

De hecho, el cerebro humano tiene muchas ocurrencias tan extrañas que sistemáticamente alteran, ocultan o tergiversan enteramente el mundo fuera de nuestras cabezas. Eso no es necesariamente algo malo, ni implica un pobre diseño de adaptación. Sin duda usted ha visto su cuota de ilusiones ópticas antes, como la famosa imagen de Müller-Lyer donde un conjunto de flechas de igual longitud, con sus colas en direcciones opuestas, da la impresión subjetiva de que una línea es en realidad más larga que otra. Usted sabe, de hecho, que las líneas son de igual longitud, sin embargo, a pesar de este conocimiento su mente no le permite percibir la imagen de esta manera. Hay también bien documentadas ilusiones cognitivas sociales que le pueden ser menos familiares. Por ejemplo, David Bjorklund, un psicólogo del desarrollo, razona que el exceso de confianza de los niños pequeños en sus propias capacidades mantiene su participación en tareas difíciles en lugar de simplemente rendirse cuando fallan. En última instancia, con la práctica y con el tiempo, las habilidades reales de los niños pueden irónicamente comenzar estando más próximas a estos tempranos autojuicios, favorablemente deformados. Del mismo modo, los psicólogos evolucionistas David Buss y Martie Haselton sostienen que la tendencia del hombre a sobre-interpretar las sonrisas de las mujeres como insinuaciones sexuales les incita a seguir la táctica de cortejo con más frecuencia, a veces permitiendo oportunidades reales de reproducción con mujeres amistosas.

En otras palabras, tanto desde una perspectiva del bienestar como biológica, si nuestras creencias sobre el mundo ‘ahí fuera’ son verdaderas y exactas importa poco. Más bien, psicológicamente hablando, es si trabajan para nosotros –o para nuestros genes– lo que cuenta. Al leer esto Ud., los científicos cognitivos están avanzando lentamente su recorrido hacia una comprensión más completa de la mente humana como un prisma que comba la realidad. ¿Qué cambiará todo? El consenso que se avecina entre los que toman la Navaja de Occam en serio de que la existencia de Dios es una pregunta para los psicólogos y no para los físicos.


1. Jesse Bering es director del Institute of Cognition and Culture, Universidad de Queens, Belfast; columnista de Scientific American (Bering in Mind).


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Comentarios

Justamente, habiendo comentando que «Hasta ahora, científicamente hablando, ha resultado más fructífero preguntarle a los psicólogos (...), en lugar de a los físicos cuánticos (...) cómo es que puede aparecer la idea de Dios en el cerebro», en el artículo sobre cierto neuromapa de la espiritualidad, me pareció entretenido traducir este corto ensayo de Bering. Este psicólogo, dentro del campo de la ciencia cognitiva de la religión, podría considerarse como una notable excepción del «modelo standard» propuesto por Pascal Boyer: él considera que las creencias en espíritus, en tanto que agentes que sobreviven a la muerte, son ideas estructuradas por un mecanismo cognitivo específico y modular, expresamente dedicado a ello (Bering 2006). A pesar de lo discutible de su hipótesis, ha encontrado sugerente evidencia de que los niños más jóvenes, alrededor de los 4 años de edad y ya no posteriormente, de modo espontáneo y no culturalmente adquirido, ven ciertos aspectos mentales emocionales como disociados de la circunstancia de la muerte (Bering & Bjorklund 2004; Bering et al. 2005).

ÍNDICE TEMÁTICO

FUNDAMENTOS
¿Qué pensamos? ¿Qué buscamos?

LO HUMANO
La unidad cerebro-sociedad-cultura

EL ROMPECABEZAS: EXPLICANDO LA RELIGIÓN
Diversas disciplinas confluyen para estudiar y explicar la religión
Generalidades
Modelos explicativos clásicos
Neurociencia
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