16 febrero, 2011

LA CIENCIA COGNITIVA DE LA RELIGIÓN Y EL DILEMA EPISTEMOLÓGICO DE LA PSICOLOGÍA Y LA PSIQUIATRÍA

Jorge L Tizón1 escribió en 1978 que «Toda ciencia constituye tarde o temprano su propia crítica epistemológica y esto es lo que está comenzando a suceder en el terreno de la psicología y psiquiatría.» Sin embargo, en aquellos años la autocrítica era más bien «cosmética», como lo era la postura anti-psiquiátrica, es decir, estaba realmente dirigida a conceptos que sustentaban las definiciones de «enfermedad mental.» Por ejemplo, la agonizante exclusión de la homosexualidad de los listados de enfermedades mentales, removida por completo del Manual Estadístico Diagnóstico hasta 1987 (fecha de publicación del DSM III-R).  El objeto de estudio de la psicología y psiquiatría no era de momento contendido. Al respecto afirmaba contundentemente Tizón: «Creo que hoy hay que proclamarlo abiertamente: utilicemos la perspectiva y el modelo que utilicemos, el objeto de la psicología (y de todas sus ramas) no es hoy “el alma”, “la mente”, “el psiquismo”, sino la conducta del organismo en tanto que observable.» Para superar el fisicalismo implícito a esta definición la complementó agregando: «La psicología es la ciencia de la conducta (significante), es decir, de la conducta que (automáticamente) está dotada de significación por el mero hecho de existir…» De alguna forma, las críticas de éste autor conservaban el elemento reaccionario para con los modelos biológicos de la conducta, a lo que él llama «imperialismo del modelo médico.»

Y aunque la psicología podía operar relativamente bien con estas definiciones, la psiquiatría –como disciplina médica que es- continuaba reclamando su propio «objeto» (biológico) de estudio. Y evidentemente que no podía ser el cerebro como un todo, dada la diversidad de procesos y funcionalidades que coordina. Si revisamos el listado vigente de «enfermedades mentales» constataremos esta «fractura» neurofisiológica. Algunos desórdenes tienen que ver con la capacidad de aprendizaje, el manejo de información y capacidad cognitiva (ej. Subnormalidad Mental, Trastorno matemático), otros con el impulso sexual, la conducta alimenticia, el procesamiento del lenguaje (ej. tartamudeo), las capacidades sociales, e incluso con la destrucción masiva del cerebro (demencias). Prácticamente el único común denominador que encontramos a lo largo de todos estos criterios consensuados es que se trata de síndromes conductuales descritos en términos de manifestaciones específicas para el ser humano.

La Ciencia Cognitiva de la Religión, materia de este blog, apunta a una posible solución a la confusión epistemológica de psicología y psiquiatría,  en tanto que ha sido una vía alternativa para aislar componentes neurobiológicos que son relevantes al «Cerebro Social.» Es decir, ha puesto de manifiesto que existen un conjunto de funcionalidades innatas sobre los que se desarrolla la singular capacidad ultrasocial del ser humano, la cultura misma. Un buen número de los desórdenes psicopatológicos exhiben de una forma u otra alteraciones de estos submódulos cerebrales: la detección de agencia, la Teoría de la Mente, «Mental Time Travel» (Viaje Mental en el Tiempo) -el desplazamiento alternativo entre la memoria episódica y escenarios futuros hipotéticos- la empatía, la capacidad para establecer vínculos afectivos (bonding), o las «intuiciones morales». En realidad, esta es una propuesta que data cuando menos del 2002, cuando el Group for the Advancement of Psychiatry (GAP) propuso2 lo siguiente:
Tal fundamento [el cerebro social] consideraría a los desórdenes comúnmente tratados por los psiquiatras en términos a la base fisiológica de la cual se desvían, tanto como las enfermedades del corazón son entendidas como desviaciones de la función cardíaca normal. El área fisiológica clave para la psiquiatría es el cerebro social.
[...]
En contraste al modelo biopsicosocial convencional, la formulación del cerebro social enfatiza que todos los factores psicológicos y sociológicos son biológicos. La psiquiatría No-biológica y No-social no puede existir.
Mucho de lo que conocemos como mentalidad es realmente el Cerebro Social en acción. Ciertamente una propuesta de este tipo podaría el dominio material de psicología y psiquiatría, el universo de posibles objetos de estudio a que se refieren,  pero ganarían consistencia interna y un lugar más claro en el conjunto de las ciencias.  El resto de «conductas» exclusivamente humanas irían a sus respectivas áreas en neurociencia, y otras quizás conformarían una verdadera «etología humana» (enfoque conductista).

Notas:

1. Tizón L Jorge, 1978, “Introducción a la Epistemología de la Psicopatología y la Psiquiatría”, editorial Ariel, España.

2. The Social Brain: A Unifyng foundation for Psychiatry. LETTER TO THE EDITOR.


Temas relacionados:

11 febrero, 2011

LO QUE NOS DISTINGUE DE LOS SIMIOS...


Por: Antonio Chávez
hnc.correo@gmail.com

La región frontopolar y los alcances de la Teoría de la Mente

Un estudio reciente que compara 4 regiones del cerebro (visual primaria, frontopolar, somatosensorial primaria y motora primaria) entre las especies homínidas vivientes, enfocando ciertos detalles a nivel celular en estas regiones del córtex, arroja más luz sobre las genuinas diferencias entre los seres humanos y los demás simios. Sobresalientemente, el córtex frontopolar humano resulta tener el más alto índice de organización espacial de las neuronas. Estos resultados perfilan detalladamente el patrón evolutivo del cerebro humano, y en lo que sigue exploraremos el impacto de estas características citoarquitectónicas y su desarrollo ontogénico en la cognición social humana, en tanto que indisociables de ésta, a través de varios aspectos concretos (Agencia, Teoría de la Mente y Mental Time Travel), viendo así cómo éstos permiten extender la cognición humana más allá de la interacción directa entre individuos reales. Así, la sofisticación de la cognición social humana y los aspectos culturales que resultan de la complejidad neural y cognitiva, como la de por sí sobresaliente citoarquitectura, también son prominentemente diferentes respecto a cualquier aspecto cognitivo y conductual que observamos en otros simios.

Lo que se puede apreciar en este cuadro (pinchar para ampliar) es un cladograma de la distancia inter-neuronal en el córtex de los grandes simios (incluyendo obviamente al ser humano). Las barras de los gráficos representan las regiones corticales del polo frontal o frontopolar (Área 10 de Brodmann, o BA10), motora primaria (BA4), somatosensorial primaria (BA3) y visual primaria (BA17). «Esta reconstrucción evolutiva incluye cambios propuestos en el ancestro común compartido con los simios. La mayor parte de la historia evolutiva de los simios y los seres humanos incluye minicolumnas estrechas y un creciente empaquetamiento celular en el córtex visual primario (BA17), seguido de cerca por el polo frontal (BA10) y el córtex somatosensorial primario (BA3), con el córtex motor primario (BA4) teniendo el mayor espacio neuronal. Es sólo después de la separación del último ancestro común con los chimpancés que en el BA10 la separación neuronal se convirtió en la más grande en comparación con las otras áreas del cerebro humano y con los otros simios» (Semendeferi et al. 2010 p. 10 Fig. 7).

«El lóbulo frontal, un sitio común de investigación neuroanatómica comparativa debido a su participación en los procesos cognitivos de orden superior, tales como el lenguaje y la función ejecutiva, es tres veces más grande en tamaño absoluto en humanos que en los grandes simios, pero no es desproporcionadamente más grande en humanos cuando se escala con el tamaño del cerebro (...) Cuando la materia blanca se considera separadamente de la materia gris, el lóbulo frontal humano también sigue siendo indistinguible de los simios en términos de volumen relativo global (...)» (ibid. p. 1). Aún, el índice de circunvolución frontal es 25% mayor en humanos que en simios, y notoriamente, sin embargo, el BA10 humana resultó sí ser desproporcionadamente más grande respecto a las BA10 de otros simios. Más allá de los aspectos volumétricos estudiados en el lóbulo frontal, a nivel celular se descubrieron nuevas diferencias que son significativas. Esto ha sido analizado con mayor profundidad en artículos previos (p.ej. aquí y aquí), y ahora se agregará el interesante dato de que una de esas diferencias a nivel celular consiste en que «en humanos y chimpancés, BA9 y BA32, que están envueltas en la memoria de trabajo y la Teoría de la Mente, respectivamente, poseen un alto número de aferencias dopaminérgicas (...) y mayor densidad de axones transportadores-inmunoreactivos de serotonina» (ibid. p. 1). Esto es de relevancia en el marco de la hipótesis dopaminérgica de la cognición humana de Previc (2006; 2009: ver en Tercera Cultura una buena reseña de su libro The Dopaminergic Mind In Human Evolution And History).

Pues bien, el BA10 juega un interesante papel en la cognición social (Teoría de la Mente – ToM): su región medial está implicada en la atención hacia los propios sentimientos y pensamientos, la adopción de la perspectiva en primera persona vs. tercera persona, la codificación de la memoria en términos de relevancia personal, y también en la atención a los estados mentales de otros (Raposo et al. 2010). De hecho, ya había evidencia de que el BA10 (córtex medial prefrontal) estructura el sentido del «yo» (Moran et al. 2006). Mientras tanto, su región lateral participa en los procesos de sesgo atencional hacia la información internamente generada, la implementación de metas jerárquicamente estructuradas, y la comparación e integración de relaciones abstractas (Raposo et al. 2010). Así, la inferencia de las intenciones y emociones de otros (es decir un agente externo), sobretodo en una perspectiva en tercera persona, requiere el procesamiento y la integración de múltiples relaciones: se trata pues de un proceso de abstracción en la cognición social, de hecho, la ToM sería un logro de la cognición humana «altamente abstracto» (Saxe 2009 p. 12).

Aunque se ha encontrado evidencia sugerente de una posible ToM en bebes, específicamente, de que a los 7 meses de nacidos «la mera presencia de un agente automáticamente dispara fuertes procesos de computación que pueden ser parte de un “sentido social” crucial para las sociedades humanas» (Kovács et al. 2010), de que a los 18 meses parecen representar las metas e intenciones de los adultos (Meltzoff en Hertzig et al. 1996), o de que los infantes de 2–3 años pueden diferenciar una conducta intencional de una accidental (interesantemente pasaron la misma prueba chimpancés y orangutanes, con los niños humanos «presentando los más robustos resultados»: Call & Tomasello 1998), se acepta que la ToM ciertamente aparece entre 3–4 años en el infante; esto basado en que a partir de esa edad logran pasar la prueba de la falsa creencia (cf. Tirapu-Ustárroz et al. 2007 p. 481), es decir, cuando ellos manifiestan ‘saber’ que otra persona no sabe de un engaño hecho sin el conocimiento de ésta –antes de tal edad, los niños erróneamente intuyen que una persona sabe dónde encontrar un objeto sin equivocarse aún viendo el niño que sin presencia de la persona el objeto fue cambiado de lugar (ver video).


Antes de los 4 años un ser humano es capaz de reconocer perfectamente a las personas como diferentes de los objetos inanimados e interactuar muy bien con ellas. Como sabemos, los infantes antes y después de esa edad además son capaces de interactuar con amigos imaginarios como parte fundamental de su desarrollo (Taylor 2001; Trionfi & Elaine 2009). Sin embargo tienen a su vez esa seria limitación inferencial sobre lo que un agente externo puede o no saber sobre su entorno respecto a otro agente, es decir la metarrepresentación de primer orden de la agencia (cf. Valdez 2001). En cambio, los niños de 6–7 años, quienes son ya capaces de un segundo o tercer orden («él piensa que ella cree que él quiere»), también son capaces de «considerar los acontecimientos arbitrarios como simbólicos y declarativos de los estados mentales de un agente sobrenatural» (Pyysiäinen 2009 p. 19), lo cual es un notorio salto de complejidad metarrepresentacional. Evidentemente, la ToM tiene un desarrollo, de tal modo que los niños después de los 7 años de edad son análogamente incapaces de entender la obra El Túnel o los constructos filosóficos como el problema del mal (ambos de hecho fundados en el alcance de la ToM). ¿Qué produce este desarrollo, que bien parece un salto cognitivo? ¿Por qué los infantes menores de 4 pueden tener amigos imaginarios, pero no superar el primer orden de agencia? Atenderé neurocognitivamente estas cuestiones, ya que las respuestas ciertamente están allí en las características tanto celulares como funcionales ya adelantadas de el BA10, y los aspectos neuroanatómicos de conexión de esta región con otras que ayudan a construir la ToM y otros aspectos cognitivos, que veremos determinan qué tan única puede ser la cognición humana respecto a los demás primates.

Teoría de la Mente y neurodesarrollo

La complejización de la ToM está asociada a la maduración neural: esa cronología infantil ciertamente correlaciona con los procesos de mielinización y expansión de la materia gris (el córtex y sus capas) y blanca (el conectoma) en regiones que veremos son cruciales aquí, y que de acuerdo a su desarrollo permiten expandir la ToM. P.ej. «como regla general, la mielinización [...] en los hemisferios es vista primero parietalmente, luego occipital, frontal y temporalmente» (MRI of Neonatal Brain). En efecto, una de las regiones cerebrales que más tarda en madurar, hablando de un lapso de décadas, es el córtex dorsolateral y aún la última región en hacerlo es pues el BA10 (Gogtay et al. 2004). De este estudio extraigo el siguiente gráfico de maduración cerebral entre 5 a 20 años de edad, donde el azul indica las regiones que maduran más tardíamente y hacia el rojo las que ya mostraban mayor madurez:


Como puede notarse en el gráfico de arriba (pinchar en la imagen para ampliarla, véase también la imagen animada de la izquierda), el estado de crecimiento de la materia gris o córtex a los 5 años de edad muestra que en efecto el BA10 aún no está desarrollada lateralmente, pero sus regiones mediales, internándose hacia la fosa interhermisférica, muestran ya algún desarrollo. De hecho, los autores notan que la expansión cortical de las regiones mediales en el córtex temporal y frontal «parece haber empezado tempranamente (ontogénicamente) ya hacia la edad de 4 años» (ibid. p. 8177). La web MRI of Neonatal Brain nos ofrece muy interesantes y abundantes datos e imágenes del desarrollo cerebral durante los 2 primeros años de vida. P.ej. en la Tabla 4.4 vemos que inmediatamente luego del nacimiento, habiendo ya progresado enormemente la migración y la proliferación neural prenatalmente, el desarrollo de la materia blanca muestra un patrón de la médula hacia el cerebelo y luego el cerebro (Barkovich 1988 p. 180), y de la parte posterior hacia la anterior del cerebro. Dentro de este patrón, se ha observado que en los primeros 5 meses de vida se desarrollan rápidamente las regiones motora (surco postcentral), hipocampal y de conexión interhemisférica (el cuerpo calloso, que por cierto se mieliniza empezando por la región posterior y subsecuentemente la anterior: Barkovich 1988 p. 178), a los 6 meses «la mielinización está casi madura en el centro de los lóbulos parietales [...] está presente en las porciones anterior y posterior de los lóbulos parietales y empieza a aparecer en los lóbulos frontales» (MRI of Neonatal Brain, Fig. 4.11). Entre 6–10 meses se arboriza conectivamente el sistema visual occipital y el motor (paracentral); entre 11–12 meses prolifera la arborización del córtex parietal hacia el frontal, y a los 15 meses se inicia el cableado del córtex temporal. Así, al finalizar los 2 años, «el cerebro tiene una apariencia adulta» (ibid. Fig. 4.15).

Todo este desarrollo y sus patrones por cierto son una auténtica recapitulación de la evolución del cerebro homínido. Hill et al. (2010) mostraron que, comparando el cerebro de bebes y adultos, la expansión volumétrica cortical es el doble en las regiones laterales temporal, parietal y frontal, que en la occipital, insular y medial, y comparando los cerebros del humano y del macaco, el patrón evolutivo humano es bastante similar al neurodesarrollo postnatal. Interesantemente, los autores descubrieron que las áreas de mayor expansión muestran por contra un lento desarrollo celular, metabólico y funcional. P.ej., mientras que al término de la gestación, como se dijo arriba, prácticamente toda la migración neural hacia ciertas regiones futuras del cerebro está completa, regiones de baja expansión como las cortezas visual y auditiva (véase por cierto que hay asociación entre STS y córtex auditivo/visual: Ghazanfar et al. 2008; Liebenthal et al. 2010; Nath & Beauchamp 2011 – y también junción tempororoparietal/audición: Knight et al. 1989; Matsuhashi et al. 2004; Plaze et al. 2010) tienen en cambio 50–100% mayor densidad sináptica que una región de fuerte expansión como el giro frontal medio. Consistentemente, los neonatos muestran un fuerte metabolismo (glucosa) en regiones de baja expansión como el córtex visual en comparación con el expansivo córtex prefrontal dorsolateral. «En consecuencia, los circuitos corticales en las regiones de alta expansión pueden ser más sensibles a la experiencia postnatal» (ibid. p. 3).

Siguiendo a Hill et al. (2010), los cerebros adultos comparativamente exhiben una alta complejidad celular en las regiones más expansivas, como el córtex temporolateral y prefrontolateral (BA10), que consecuentemente maduran a menor velocidad. Luego del nacimiento, la madurez de la densidad sináptica y el límite del espesor cortical son alcanzados más tempranamente en las regiones de baja expansión (p.ej. córtex visual/occipital y auditivo/supratemporal), luego en las de expansión intermedia (BA10 y parietodorsal), y al final en las de alta expansión (prefrontodorsolateral). Así, en el cerebro de los bebes de 2 meses de nacidos se puede detectar mediante neuroimagenología las respuestas al sonido (córtex supratemporal) y el reconocimiento facial (córtex temporomedial); o a los 3 meses de nacidos se les puede registrar el aumento de activaciones en el córtex visual primario; mientras que nada notorio se registra en el córtex frontodorsolateral ni en el expansivo sistema motor hasta los 2 años de edad (Hill et al. 2010 pp. 3–4).

Entre tanto, en cuanto a la proliferación de sinapsis Huttenlocher & Dabholkar (1997) mostraron que, igualmente iniciada prenatalmente, ella se incrementa más rápidamente en el córtex supratemporal (auditivo), donde el máximo es alcanzado a los 3 meses de nacimiento; mientras que el giro frontal medio lo alcanza después de los 15 meses. La proliferación sináptica, que se produce concurrentemente con la arborización dendrítica y la mielinización, es seguida de una poda que empieza primero en el córtex auditivo (este estudio comparó solo estas dos regiones supratemporal/prefrontal) y termina a los 12 años de edad, mientras que en el córtex prefrontal este proceso se extiende hasta la adolescencia. Otros datos interesantes tienen que ver pues con la poda sináptica, que es parte importante del neurodesarrollo y cumple una función regulatoria del mismo. P.ej., si la máxima densidad sináptica es alcanzada antes del primer año de edad en las cortezas auditiva y visual, a los 3.5 años lo es en el giro frontal medio (Blakemore 2008 p. 272). Esta autora sugiere que «una posible consecuencia de la relativamente tardía eliminación del exceso de sinapsis en el córtex prefrontal humano y otras regiones corticales es que sea menos eficiente el procesamiento de información en las regiones relevantes del cerebro»; mientras que «el exceso de proliferación sináptica durante la infancia puede resultar en el incremento de los niveles de actividad en la región cerebral relevante» (ibid. p. 274). Estos dos gráficos serán de enorme interés:

El cuadro de la izquierda (pinchar para ampliar) muestra la densidad sináptica en el córtex auditivo primario (rojo), visual primario (verde) y en el giro frontal medio (cruces) en cerebros post-mortem de diferentes edades. El eje x muestra la edad conceptual en días (1500 ~ 4 años, 10000 ~ 27 años). El cuadro de la derecha muestra la diferencia en densidad sináptica entre el córtex auditivo y el giro frontal medio (círculos violetas). Extraído de Blakemore (2008 p. 273, Figure 4.a).

Es evidente que el desarrollo cortical a nivel celular/metabólico debe asociarse al progreso en el orden de metarrepresentación de la agencia (de hecho «la evolución de las sinapsis puede agudizar nuestra visión de la diversidad de especies y la organización del cerebro», Emes et al. 2008). Lo que es pues de interés es que, como de esperarse, tanto la proliferación como la poda sináptica coinciden con la cognición infantil. Por un lado, lo primero explica el poder del así llamado «Núcleo de Agencia», innato y anterior, que ciertamente podría sostener la capacidad infantil de tener amigos imaginarios aún sin una sofisticada ToM. De hecho, ésta «puede emerger más tarde, tal vez construida sobre un más primitivo núcleo del sistema de agencia que se comparte con muchas otras especies» (Horst 2010). Tal como vemos en las imágenes de arriba elaboradas por Gogtay et al. (2004) y luego en las de Blakemore (2008), el correlato neural de este núcleo, en la región supratemporal posterior (que incluye las subregiones inmediatas entre sí del surco temporal superior posterior, el giro temporal superior y el córtex auditivo) no solo está operativo muy tempranamente, sino que dada su elevada densidad sináptica, debe considerarse de funcionalidad hiperactiva. Por otro lado, la poda sináptica, que podemos ver en el cuadro izquierdo de Blakemore (2008), muestra una notoria depresión entre 2–4 años de edad, que es fuertemente consistente con que a esa edad los infantes no puedan superar el primer orden de metarrepresentación de agencia.

Agencia abstracta sin ToM, y alcance de la ToM hasta la agencia sobrenatural–religiosa

Con los datos de los procesos de maduración del córtex y habiendo hecho notar su correlación con el desarrollo de la cognición social, nos acercamos hacia los otros aspectos neurocognitivos que antes señalé como componentes posibilitando la complejización de la ToM. Se trata del propio «Núcleo de Agencia», y el «Mental Time Travel».
En tanto que agencia, ToM y «folk psychology» son conceptos intercambiables (Griffin & Baron-Cohen en Dennett 2002), existe efectivamente un proceso sensorial, la ‘detección~reconocimiento de movimiento biológico’ (MB), que aparece claramente como el núcleo neurocognitivo de todo ello (ver nuestro artículo al respecto), en la parte posterior del surco temporal superior (STS), una región de procesamiento multisensorial en tanto su directa asociación con los procesos visual/auditivo de los que vimos su temprano desarrollo. Una manera de ilustrar qué es el MB consiste en que podamos distinguir sin problemas en esta imagen de la derecha, una forma humana en movimiento. Como Frith & Frith (2010) argumentan, es a partir del STS–MB que la ToM se construye, y posteriormente se extiende hasta muy complejos y sofisticados niveles de metarrepresentación mediante diversos aspectos cognitivos, como desde empezar por reconocer al agente (MB per se), inferir que posee una mente, anticipar su conducta e inferir que infiere lo que sabemos, hasta llegar a la formación de lazos sociales superiores y puramente abstractos p.ej. reciprocidad, mutualismo, cooperación altruista, identificación grupal a través de constructos morales y señalización ostensiva.

En efecto, la agencia~intencionalidad es extraída del MB (Mar et al. 2007), mientras que, otro asunto muy importante: la información emocional también (Dittrich et al. 1996; Clarke et al. 2005). Más aún, el juicio moral se sugiere como «el ejercicio de una capacidad para la agencia» (Gerrans & Kennett 2009) y hay pues evidencia neurocognitiva de la fundamental relación entre agencia y moral (Young et al. 2010). Y aunque esto confirma la naturaleza nuclear del MB sobre la agencia, la ToM, también la moral, y aún la atribución de estados emocionales, ciertamente estas cinco referencias no tratan sobre infantes. Sin embargo, consistentemente con el neurodesarrollo visto, se ha mostrado que a pesar de lo reducida que pueda ser la información disponible para detectar una forma humana, el MB es suficiente para que un niño de 3 años reconozca con exactitud un humano de un no–humano, y aún, los niños de 5 años exhiben un nivel tope de reconocimiento (Pavlova et al. 2001). El MB–agencia luce indiscutiblemente innato y es fácil dilucidar su carácter adaptativo, p.ej. dada su filogenética: detectar depredadores, presas, pareja, congéneres; todo lo que nos dice que «forma–humana», aunque nos parezca de hecho un concepto complejo, parece claramente un concepto preprogramado en el STS (del mismo modo en que otras especies también reconocen una forma familiar con mínima información sensorial), es decir, una predeterminada (neurogenéticamente al parecer) configuración de una red específica de sinapsis que se activa ante específicos estímulos sensoriales.

A todo esto pues, MB–agencia involucra también a la junción temporoparietal (Mar et al. 2007). La región supratemporal del STS, inmediata a la inferoparietal y occipital en una zona del córtex donde limitan los 3 lóbulos, es decir un foco fundamental de procesamiento multisensorial, forma parte de un «sistema nuclear» (identificación inmediata de ‘lo que es una cara’) y «extendido» (aspectos de información cognitiva y emocional y otros aspectos memóricos que dispara la identificación facial) del reconocimiento~detección facial (Todorov et al. 2011 p. 41, Fig. 3-1). Por lógica entonces y como en efecto demuestran diversos estudios incluyendo neuroimágenes, puede haber un número de procesos computacionales cuyos sustratos neurales sean variables aún involucrando al STS, como se puede apreciar en este gráfico.

Por supuesto ya sabemos que la ToM abarca un más amplio número de regiones, como vemos en este esquema superior. En marrón: junción temporoparietal (movimiento biológico, agencia, distinción yo/otros), verde: córtex prefrontal ventromedial (regulación socioemocional), azul: giro frontal medial (incluye BA10), amarillo: córtex prefrontal dorsolateral (también incluye BA10), rosado: cingulado anterior («detector de errores», integración emoción/cognición), y en naranja: cingulado posterior (integración memoria/imaginación/emoción). Como se dijo, esta enorme red también soporta las inferencias y los juicios morales. P.ej. Saxe et al. (2003; 2006a; 2006b; 2010) ha prácticamente aislado dos regiones nucleares, la junción temporoparietal y prefrontal medial, y distinguido las inferencias mentalistas de la ToM o de la moral, que es precisamente a lo que me refiero cuando decía que diversas redes, con ciertamente diversos outputs cognitivos, se elaboran involucrando la región supratemporal (STS/junción temporoparietal). Saxe et al. diferencian la región limítrofe inferoparietal/supratemporal como sosteniendo específicamente la atribución de contenido mental a un sujeto, del córtex prefrontal medial como implicado más generalmente en la representación de información social o emocionalmente relevante de un sujeto. Con toda la evidencia que han obtenido, parece que la representación de la presencia de una persona es algo diferente de la representación de sus contenidos mentales (la ToM propiamente dicha). Adicionalmente, la empatía y la reorientación de la atención también dependen de la junción temporoparietal (Decety & Moriguchi 2007; Hooker et al. 2009).

Nótese pues que la agencia es ciertamente una función pan–cognitiva y que estructura la conducta social humana en cualquiera de sus dimensiones, alcances y sus más elevados niveles de abstracción. Aún, a diferencia de cualquier otro rasgo humano consabidamente exclusivo como el lenguaje articulado o la ciencia, resulta que nuestra capacidad metarrepresentacional agentiva de la cognición social en realidad no solo sirve a esta, sino que más bien parece ser el fundamento cognitivo que hace posible, p.ej., la acumulación de conocimiento que somos capaces de manipular y compartir con otros: precisamente, el lenguaje y la ciencia lucen así como «aplicaciones derivadas» de esta capacidad. El sustrato neural del lenguaje, en las cortezas contiguas y traslapadas con el sistema de agencia y el sistema motor, y así directamente asociado a éstos (p.ej. Pulvermüller 2005), se puede perfilar como una extensión de la agentividad hacia el sistema motor. Como comparación tentativa, mientras un animal que identifica un congénere (MB–agencia) ejecuta cierta acción motriz que funciona como código de comunicación, el ser humano en la misma situación es capaz de hablar y hacer complejas manipulaciones internas de la interacción social en desarrollo. Mientras tanto, en vista por un lado del traslapado de la agencia con el cálculo numérico (y la empatía y la causalidad), y del modo en que el córtex parietal maneja la información, por otro lado, es así como se explicaría nuestra habilidad de «manejar espaciotemporalmente» no solo los números o de rotar imaginariamente objetos, sino así poder construir elaboradas ideas que también manejamos «espaciotemporalmente».

Sin embargo, mientras puede ser menos difícil rastrear los orígenes del lenguaje, el cálculo o el manejo de herramientas en nuestros parientes homínidos vivientes (p.ej. Donald 1991), esto no ocurre con las creencias religiosas. Luego veremos que los chimpancés pueden manifestar ciertas conductas notables ante la muerte de un congénere, pero aún así esto en realidad no es ni remotamente parecido a, por lo menos, las creencias religiosas explícitas sobre la muerte y la vida eterna. Claro que, todo ello se basa en una especie de concepto instintivo de que la mente es independiente de cualquier sustrato material (p.ej. Guthrie y a mi parecer su correcta identificación del animismo con la agencia: «el sentido de atribución de agencia a objetos que no la tienen», con lo que neurocognitivamente ‘animismo = MB–agencia’) y así podemos en efecto retrotraer el animismo hacia los animales cual rasgo cognitivo filogenético, pero aún este evidente fundamento no logra explicar muchas otras elaboradas creencias religiosas. Ciertamente, todavía teniendo en mente que la religión tal como la vemos hoy es un producto cultural reciente, la Ciencia Cognitiva de la Religión y otras investigaciones nos ha mostrado que en efecto existen fundamentos mentales específicos que sin ser religiosos, en cambio podemos justificadamente calificar como ‘dualistas’, ‘mágicos’ o como ‘supersentido’. La ToM como extensión de la agencia estructura la agencia sobrenatural de estricto significado religioso, en tanto que entidades como ancestros, ángeles, dioses o demonios actúan por igual como un agente intencional, una persona, que ‘dirige’, ‘protege’ o ‘castiga’ la vida de quien así lo cree. El papel del BA10 aquí es implícito, así p.ej. Kapogiannis et al. (2009 pp. 2–3) la registraron al observar el cerebro de creyentes religiosos en tales pensamientos sobre Dios; mientras que Schjoedt et al. (2009) lo hicieron durante el rezo, y Epley et al. (2009) en cuanto compararon la autorreferencialidad con la creencia en ‘Dios’ (córtex prefrontal medial). La agencia sobrenatural, que también puede parecernos dramáticamente complicada de idear debido a que está asociada a la metafísica, a las experiencias anómalas de la consciencia, a la doctrina religiosa y muchos otros constructos puramente culturales, no es sino un orden superior de agencia, no algún fenómeno «extraño» del córtex como tampoco algo que no pueda precisamente explicarse mediante la ToM. Definitivamente, este alcance de la ToM es algo totalmente diferente a cualquier indicio de cognición social, aún sofisticada, en otros primates.

De hecho, Bering (2001) analizó extensamente la evidencia empírica disponible respecto a la cognición social del chimpancé y tentativamente concluyó «que los humanos, a diferencia de los grandes simios, podrían representar la distinción entre los objetos animados e inanimados a niveles crecientemente sofisticados de conciencia, con atribución de agencia no solamente dirigida a las cosas vivientes sino también a las intenciones, deseos y creencias de orden superior» (ibid. p. 129). El autor identifica tres vectores cognitivos que hacen posible la emergencia del concepto teísta: agencia–ToM, juego imaginario y cognición de la muerte. Ya hemos visto sobre la ToM, ahora agregaré que los humanos de 34 meses de edad (2.8 años) pueden basar su juego imaginario en un «como si» (representación perceptual) diferentemente de un «parecido a» [«stand for»] (representación segregada), en cambio la evidencia convincente de juego imaginario en los grandes simios indica que este se limita a la similitud perceptual del objeto con su representación (ibid. p. 130). Es decir que el juego imaginario de los infantes humanos es verdaderamente simbólico, y por lo visto, único. Por otro lado, el autor concluye, «dado lo que sabemos [de otras especies] sobre su aparente incapacidad para imputar estados mentales, que su entendimiento [de la muerte] está limitado a la muerte biológica» (ibid.). El autor entre otras anotaciones finales sugiere investigar a diferentes edades infantiles la cognición de la muerte, lo que en efecto realizó posteriormente: mostró que los niños de 4 años ven los estados psicológicos (mentales) como el deseo y los sentimientos, pero no los biológicos, activos después de la muerte (Bering & Bjorklund 2004). Aún algunos niños, de hecho los más jóvenes, negaron inmediatamente que el personaje del experimento estuviera muerto y, como he notado, esto tiene alguna relación con el nexo empático que se establece entre el individuo y el agente que repentinamente muere.

Si bien se han observado recientemente conductas en chimpancés respecto a la muerte de alguien muy cercano (hijo, madre), que son ciertamente sorprendentes (p.ej. se ha sugerido que experimentarían la muerte igual que nosotros), un análisis minucioso plantea que, dado que la ToM humana llega a ser única por razones neurobiológicas, un sistema cognitivo restringido a la convergencia de la agencia y la empatía podría por sí solo sostener la (aparente) agencia de la muerte en chimpancés, similarmente a los infantes humanos de 4 años de edad. En tanto vemos que las emociones y las intenciones son «extraídas» tan solo del reconocimiento de la familiaridad de un objeto, si aún este objeto es de hecho un individuo empáticamente cercano, es entonces del todo posible que el «Núcleo de Agencia» (con su vinculación con la empatía) soporte tal conducta vista en chimpancés, sin necesidad pues de una ToM. Y adicionalmente esto significa que los chimpancés no experimentan la muerte igual que los humanos: una mayor concurrencia de procesos perceptuales, narrativos y ejecutivos brindada por el aporte funcional de una enorme BA10, es lo que dice que definitivamente no podemos experimentar igual la muerte, por lo menos a partir de nuestro cuarto año de vida, creciendo esta diferencia a medida que sigue madurando tal región, así hasta llegar a ser los humanos adultos capaces tanto de disparar espontáneamente como de absorber culturalmente las intuiciones y creencias explícitas (respectivamente) sobre los conceptos ‘alma’, ‘reencarnación’ o ‘vida eterna’.

Con esto llegamos al otro aspecto cognitivo que indiqué como necesario para una ToM verdaderamente sofisticada: el Mental Time Travel (MTT). Se trata de un concepto muy útil que designa de acuerdo con diversos investigadores nuestra capacidad de «viajar mentalmente» en el tiempo, haciendo posible que estemos constantemente ‘proyectándonos’ hacia el futuro (p.ej. Berntsen & Jacobsen 2008, nótese que los autores dicen que las proyecciones más distantes en el tiempo se asociarían más a la cultura). De hecho, cuando digo ‘constantemente’ me estoy refiriendo exactamente a eso: el MTT forma parte de una red siempre activa, por defecto, aún cuando estamos en reposo (es en parte este hecho el que permite ver otras facultades humanas neuroanatómicamente asociadas como las posibles «aplicaciones derivadas» que comentaba antes). Como se mostró en el referido artículo nuestro sobre el MTT, éste se traslapa extensamente con la agencia, la empatía y con la ToM y de hecho, sus aspectos prospectivos más abstractos están íntimamente ligados a la funcionalidad del BA10, así pues entre más hacia el futuro viajemos menos detallado será lo imaginado (más abstracto). Con esta facultad, combinada con la ToM, la agencia y la empatía, o bien sirviéndose mutuamente entre ellas como herramientas, la cognición social llega a ser trascendental (p.ej. como sugerido por King).

«Mientras la memoria implícita (p.ej. condicionamiento, priming) parece ser funcional muy tempranamente en la infancia, la mayoría de estudios indican que la memoria para los episodios del pasado se desarrolla entre 3–4 años [...] A los 2 años y medio de edad [los infantes] pueden invocar algunos fragmentos de remotos eventos pasados, pero solamente a la edad de 3–4 años los niños parecen empezar a viajar mentalmente hacia su pasado, p.ej. a reconstruir mentalmente episodios pasados como narrativas organizadas. Por la misma edad los niños adquieren gradualmente las habilidades de reconstruir mentalmente los episodios pasados y atribuir estados mentales a otros y a ellos mismos» (Suddendorf 1994). «Más tarde aún, entre 4–8 años, los niños adquieren un conocimiento explícito sobre los patrones temporales culturalmente dependientes (p.ej. semanas, meses, años) que soportan la estructuración de las experiencias de uno mismo» (ibid.).

Entre tanto, mientras los monos manifiestan una capacidad de imitación que es en realidad limitada, por su incapacidad para imputar motivos a otros diferentemente de su yo, o aún una falta de consciencia del yo, los chimpancés sí ejercen una imitación verdadera, pueden performar la conducta de otros y aún simular juegos (aunque hay cierto escepticismo sobre esto, ibid. p. 10, ya viendo atrás que no es una verdadera simulación). Los chimpancés parecen pues, al menos, capaces de atribuir algún estado mental a otro; sin embargo, se muestran incapacitados para representar sus propios estados mentales pasados como opuestos al tiempo presente, y en este aspecto nos recuerdan a los infantes humanos de 3 años de edad (ibid. p. 14). El autor elaboró una tabla (p. 15, Table 1) donde compara las etapas del desarrollo mental humano con otros parientes filogenéticos: en un estado de segundo orden de representación, poseer autoconsciencia y una capacidad para imaginar otros mundos, los niños humanos de 2 años son probablemente igualados por los grandes simios adultos; luego, estos son quizás similares a nuestros niños de 3 años en cuanto a agencia pero con interferencia del estado propio presente, y en la reconstrucción de eventos pasados, pero con interferencia del estado propio presente en la simulación; los niños humanos de 4 años, ya mostrando agencia y MTT sin interferencias, serían según el autor igualados por Homo erectus; finalmente, desde los 5 años en adelante los humanos, Homo sapiens, estamos solos en cuanto a la abstracción de la ToM y la concepción abstracta sobre el pasado.

En una perspectiva más amplia sobre los animales, se puede notar una sofisticación de la conducta respecto al medio ambiente: de la anticipación de la conducta de los otros de tipo «instintiva», dependiente del contexto, a la anticipación «inteligente» independiente del contexto en tanto que manipula la memoria para elaborar escenarios futuros. Dado lo observado en chimpancés adultos comparados con los infantes humanos, y entre los propios humanos comparando a los niños con los adultos, es evidente que aún esa segunda modalidad de agencia tiene sus propios estados evolutivos de complejidad, en donde el desarrollo mental humano parece recapitular la evolución homínida, p.ej. también comparando los logros materiales de otros ancestros directos (Homo erectus: herramientas, vivienda, dominio del fuego) con los propios (Homo sapiens: tecnología, ciudades, religión) (ibid. p. 30). Así pues, Bloch (2008) p.ej. sugiere que «los fenómenos que llamamos ‘religión’ en general son una parte inseparable de una única adaptación clave del hombre moderno. Esta es la capacidad para imaginar otros mundos», lo que, aunque el autor no lo explicite, evidentemente se trata del MTT; mientras que este ya se ha propuesto directamente asociado a la religión (cf. Atran 2002; Bulbulia 2009) y aún posibilitando su origen (Suddendorf & Corballis 1997).

Observaciones finales

De entre las conexiones neuroanatómicas del BA10, estudiando las conexiones prefrontales en el macaco (Petrides & Pandya 2007), un importante circuito, la cápsula extrema, la conecta con el núcleo STS–MB–agencia. Esto nos muestra el soporte neural del control ejecutivo (BA10) sobre esta región de procesamiento multisensorial, e implica que ha medida que madura esta región, ya sabemos que posteriormente al STS, en humanos, madurarán la ToM y el MTT. También significa, teniendo en mano las funciones del STS, áreas adyacentes y BA10, cómo el cerebro puede realizar procesos de metarrepresentación abstractiva, dada la conectividad en doble sentido: reprocesando la información y segregando lo relevante autorreferencialmente. Una consecuencia directa de esto es que los outputs metarrepresentacionales que resultan de la combinación del MB–agencia con el MTT son a mí entender implícitamente ‘sobrenaturalistas’: mentalidad abstraída –intencionalidad– imputable a objetos inanimados o meros eventos del entorno. Es ciertamente un asunto conceptual, tanto si como lo define Boyer: agencia invisible, o como Pyysiäinen: mente humana descorporeizada (o aún como se ha discutido en nuestro foro: mente inmaterial), la intuición o ideación espontánea de que hay intenciones y deseos en el medio ambiente que no están soportados por cerebros ni están dentro de cráneos, puede (y debería, salvando los prejuicios conceptuales) legítimamente calificarse como intuición sobrenaturalista (o también se le podría denominar naturalmente mágica).

Hay además que agregar, en el asunto de las neuroconexiones del BA10, que, significativamente, ésta no las tiene con el córtex parietal (ni con el occipital ni inferotemporal, de acuerdo con Petrides & Pandya 2007). Esto redunda en que el carácter abstracto de la agencia (y del reconocimiento facial) es implícito e independiente de los procesos asumidos como propiamente abstractos del BA10 (ibid. p. 11584). Recordemos pues el temprano neurodesarrollo supratemporal–visual/auditivo y parietal (1-2 años de edad), regiones ambas que, respectivamente, detectan agencia y la ubican en el espacio que nos rodea, precisamente en función del input multisensorial que reciben directamente del entorno. La distinción yo/otros involucra además de la junción temporoparietal al córtex frontomedial (p.ej. Yoshida et al. 2011) y recordemos también que esta región (BA10) es fundamental en la autorreferencialidad; así, mientras que esta región madura tardíamente, esto significa que los infantes humanos se representan así mismos de modo precario por lo menos antes de la ToM/MTT, mientras simultáneamente manifiestan una poderosa pan–agentividad: hiper–atribución de intención – juego simulado/amigos imaginarios. Esto especialmente puede dar cuenta de una serie de datos interpretados como p.ej., que «los niños menores de 5 años atribuyen omnisciencia a todas las personas en su ambiente inmediato» y que «piensan teleológicamente» (Voland en Voland & Schiefenhövel 2009 p. 12), que los infantes sean «animistas» de acuerdo con Piaget (cf. Sugarman 1990), o que sean «dualistas natos» (además porque, como Bloom propone para soportar su afirmación, en efecto hay procesos segregados animado vs. inanimado evidentemente innatos: Mahon et al. 2009).

Finalmente, ese mentalismo implícitamente abstracto se redimensiona al madurar el BA10 y el surgimiento del MTT (aparición del reprocesamiento de la agencia): «los niños no ven los eventos inesperados del ambiente como siendo símbolos de intenciones comunicativas hasta que tienen aproximadamente 7 años de edad [...] entre tanto [...] los de 5 años de edad también fueron capaces de detectar agencia intencional detrás de aquellos eventos inesperados. Pero estos niños un poco más jóvenes fallaron al diagnosticar la intención comunicativa de aquellas señales. Por lo tanto, no es la capacidad de detectar agencia detrás de los eventos inesperados lo que es tardío en el desarrollo, sino la capacidad de ver el sentido comunicativo en los eventos inesperados» (Bering & Parker 2006 p. 259). Como de esperarse, los niños entre 3–4 años de edad no vieron ningún sentido agentivo–comunicativo en los eventos inesperados. Los autores suponen que la diferencia entre los niños de 5 y 7 años se debe a la posesión de una ToM de segundo orden, la inferencia de que «los estados epistémicos de otro agente y el yo son recursivamente representados (“Como ella puede ver en mi conducta, la Princesa Alicia sabe [yo no se] donde está realmente la pelota escondida; así, en este evento ella me informa que tengo una falsa creencia”). Antes de alcanzar un segundo orden de entendimiento de los estados mentales, los niños parecen ver los eventos como siendo intencionalmente causados por un agente abstracto pero no captan la naturaleza declarativa o referencial del evento» (ibid. pp. 260-261). Nótese pues que este segundo orden de metarrepresentación en realidad se asocia al MTT sobre un agente: se «proyecta» la mentalidad de un agente hacia un posible escenario futuro/pasado –sin esto no sería posible inferir que un agente sabe de un evento del pasado o que eventualmente brindará información, como en este experimento de Bering & Parker (2006), aún sea que esto se exprese verbalmente en tiempo presente.

Conclusión: la pan–agentividad/MTT

Como ya argumentado antes, la evolución del cerebro humano muestra dos aspectos de mayor relevancia que dan notoriedad a la cognición humana sobre los primates y demás animales: la expansión volumétrica temporoparietal y la sofisticación a nivel celular del BA10 (y el córtex cingulado anterior). Esto resulta en una cognición social de extraordinaria (léase contraintuitiva) abstracción. De hecho, la evolución del cerebro primate y especialmente el humano, es el paradigma de la evolución del cerebro social (Dunbar & Shultz 2007). Entre tanto, la aparición del lenguaje, la matemática, la tecnología de herramientas, la moral, todos correlacionan en mayor o menor grado con tractos perisilvianos que han sufrido un creciente desarrollo en tiempos evolutivos recientes. Ontogénicamente, parece que la proliferación sináptica extrema en la región temporoparietal, durante los 2 primeros años de vida, marcan la hiper–agentividad, al punto que los infantes son capaces del juego simulado y amistades imaginarias aún sin una ToM, por lo menos aceptada como tal (pasando la prueba de la falsa creencia después de los 3–4 años de edad). La agencia es ya una capacidad abstractiva resultante del directo procesamiento de la información visual entrante.

Y en la medida en que sugiero, tentativamente, que otros rasgos humanos notoriamente diferentes de otros homínidos vivientes, lo son precisamente porque de una u otra manera se sirven de la convergencia funcional de agencia, ToM y MTT, el BA10 juega un papel central aquí. Encuentro muy plausible que el MTT permita iluminar cognitivamente la así llamada «mente extendida» (p.ej. De Cruz & De Smedt 2007 respecto al registro arqueológico cual producto de aquella): en tanto que los humanos están en un permanente estado de prospección y tienen un incomparable sentido «espaciotemporal» para manejar la información, su interacción con el mundo externo es verdaderamente «inteligente» como decía Suddendorf (1994). Y aún como nota Saxe (2010; ver video aquí abajo - se pueden activar subtítulos en español), la esencia misma de esta notoria inteligencia es la capacidad «de ir más allá de las estadísticas visibles del medio ambiente para inferir las causas ocultas que explican lo que vemos».


Hay que tener presente, entre tanto, que esta misma «mente extendida», ya viéndola en paralelo al MTT (o mejor aún: como sinónimos), es simultáneamente dependiente del aprendizaje cultural, como arriba notado por Suddendorf (1994) y Berntsen & Jacobsen (2008). Este feedback no habría hecho sino, durante la emergencia del MTT en la hominización y llegando hasta el presente, extender progresivamente nuestra cognición, también entendida más adecuadamente como cognición pan–agentiva (el cerebro social). Sin estos aspectos agencia/ToM/MTT mutuamente traslapados y en principio inmanentes (recordemos que prácticamente conforman la red por defecto, especialmente el MTT: Buckner et al. 2008 pp. 20-24), de nada serviría poseer un pulgar oponible y otras afinaciones motoras: se necesita representar internamente una piedra como una posible (futura) herramienta cortante. Tampoco serviría de mucho poseer capacidad de cálculo numérico: sin el traslapado con la agencia y el MTT no podríamos construir el concepto ‘ley natural’ en el entorno ni concebir alguna ‘direccionalidad temporal’ (de hecho, violando virtualmente cualquier pretensión naturalista, podemos elaborar inferencias sobre el «antes» del Big Bang, incluso incorporando mentalidades propiamente dichas como ‘Dios’). Sin una pan–agentividad/MTT no habría aparecido el precepto moral ni el concepto ‘nación’ o ‘patria’. La cultura humana en términos generales, notablemente inmaterial y virtual pues, es así extensible debido a lo que no es sino una ‘pan–agentividad/MTT por defecto’ que la ha hecho posible.

Más que la neuroarquitectura propiamente dicha de esta red por defecto, en tanto que en principio es la misma en otros primates (ibid. pp. 8-11) excepto el BA10, es la enorme complejidad de sus outputs lo que es un logro exclusivamente humano, debido precisamente a la complejidad citoarquitectónica de tal región. Dentro de lo que por lo menos ahora consideramos un espectro de neurocognición típica, sana y normal, el orden superior de esta extensión intelectiva es pues la agencia sobrenatural–religiosa, extraña o inexplicable solo a los ojos del profano en todo este creciente conocimiento aquí explorado. Ciertamente, es bastante natural representar a ‘Dios’ en el cerebro: los correlatos neurales de ello, en tanto que soportados por la ToM (recordemos los resultados de Kapogiannis et al. 2009; Schjoedt et al. 2009; Epley et al. 2009), están pues ampliamente integrados a la red por defecto. Lo verdaderamente extraordinario aquí y que nos separa totalmente de los demás simios, es que la ‘pan–agentividad/MTT por defecto’ es en sí misma extraordinaria por partida doble: primero, según las leyes naturales el tiempo es irreversible, sin embargo «la excepción singular es proporcionada por la capacidad humana de recordar acontecimientos pasados» (Tulving 2002), y segundo, «cuando vemos algo complicado o extraño la causa invisible que más a menudo se infiere es otra persona o por lo menos otra mente» (Saxe 2010, en el video).

Valga la ironía, la naturaleza de la cognición humana es (virtualmente) sobrenaturalista.


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